MADRID / Nagano firma un magnífico Beethoven en el segundo sinfónico de la OCNE

Madrid. Auditorio Nacional. Sala Sinfónica. 25-IX-2026. Concierto sinfónico 2 de la temporada 2026-27 de la OCNE. Director: Kent Nagano. Solista: Veronika Eberle, violín. Obras de Sibelius, Giménez-Comas y Beethoven.
Tras el gran éxito de la Segunda de Mahler en la inauguración de la temporada, repetía el nuevo titular para el segundo sinfónico de la OCNE, con otro programa en el que volvía a reunir el gran repertorio pasado con la creación contemporánea. Abría la sesión el Concierto de Sibelius, una de las grandes partituras concertantes para violín. Sometido por Sibelius a serias revisiones tras el fracaso de su estreno (1904), la obra conocería mejor éxito tras el estreno de la versión revisada (1905). La original, más extensa y de virtuosismo más acentuado, fue recuperada más recientemente tras la autorización de la familia de Sibelius, y Leonidas Kavakos la llevó al disco en 1991 (en el sello BIS). La obra combina resonancias de nostalgia y libertad en el primer movimiento, con muy bello lirismo en el segundo y un frenético virtuosismo en el tercero, esa “polonesa para osos polares”, como la denominaba Donald Tovey y que, como bien apunta Pablo L. Rodríguez en sus notas al programa, es de casi obligada mención. Es página que une con éxito evocación, muchas veces ensoñadora, y vibración temperamental, esto último especialmente en el mencionado tercer movimiento.
La solista de la ocasión era la muniquesa Veronika Eberle (1988). La bávara es una de las figuras destacadas de su generación, y hemos podido disfrutarla en esta misma sala, y con el mismo director (Nagano), junto a la Filarmónica de Hamburgo, en una excelente interpretación del Concierto de Brahms. La hemos escuchado también una estupenda traducción del Concierto de Beethoven. Eberle posee un sonido de gran presencia y notable redondez y belleza, capaz de una gama considerable de matices y colores. Canta con gusto y no regatea (algo muy evidente ya en la exposición inicial de la obra) un rubato generoso pero manejado con gusto. En la velada de ayer, sin embargo, la precisión de afinación y la claridad de articulación no alcanzaron los niveles que nos ofreció en la comparecencia anteriormente mencionada. Se adivinaba una intención musical plausible, buscando en el primer tiempo ese clima un tanto evanescente de misterio que tan caro es a mucha de la música de Sibelius. Un impulso bien dirigido, con buena intensidad de expresión en el vibrante movimiento final, pero materializado con más imprecisión de la deseable. Quien esto firma desconoce si el Concierto de Sibelius es una incorporación reciente a su repertorio, pero lo cierto es que la prestación de Eberle distó de lo que la hemos visto en otras ocasiones. La Nacional, con una disposición idéntica a la de la semana pasada (violines primeros y segundos enfrentados, chelos y violas en el centro y contrabajos atrás a la izquierda del escenario), que tiene toda la pinta de que va a adquirir carta de naturaleza, acompañó con solvencia un concierto que (ya sabemos el poco tiempo que hay para cuadrar las piezas concertantes) no es fácil de ensamblar. El público recibió con un calor más cordial que entusiasta la interpretación de la bávara, y no hubo propina.

La obra contemporánea del programa no figuraba al principio (como tantas otras veces), sino como apertura de la segunda parte. Nostalgia for light, Yearning for… es una pieza que la gerundense Núria Giménez-Comas (1980) escribió durante la pandemia. Estrenada por la OBC aún bajo las restricciones pandémicas, la propia autora se ha referido a la nostalgia de la luz que la propia reclusión física y emocional del confinamiento pandémico nos impuso como un factor inspirador esencial de la pieza, pero refiere también la influencia de los versos de The Sorrow of love, del poeta irlandés William Butler Yeats. La obra, que contiene abundantes efectos de glissando, intenta sucesivamente recrear la idea de la luz, para dar paso después a lo que Rodríguez describe en las notas como “unos ‘pequeños bosques sonoros’, ensamblados con murmullos que trazan una melodía microtonal”. La coda, enérgica, se construye, según comenta Giménez Comas, a partir de unos acordes de la Cuarta sinfonía de Brahms, “reorquestados”. Página en la que hay a la vez misterio y momentos de desgarro, hasta esa coda última más afirmativa, y en la que cabe apreciar variados efectos tímbricos. La dirigió Nagano, en la misma pauta que el estreno de la semana anterior, con gesto firme y nítido, y la reprodujo la Nacional con impecable soltura. Hubo cálidos aplausos para la autora, presente y llamada al escenario para recibir el reconocimiento del público.
Se cerraba el programa con una de las más arrebatadoras y geniales sinfonías de la historia: la Séptima de Beethoven, creación magistral desde el primer compás de la larga introducción lenta de la obra, que crece de forma incontenible en energía, hasta el frenético final, de irresistible vibración. Todo en esta obra es una fiesta del ritmo. Lo expresa con rotunda claridad Wagner, que en su ensayo La obra de arte del futuro se refiere a la colosal sinfonía con unas palabras que no dejan lugar a duda: “Todo el tumulto, todo el anhelo y la agitación del corazón se convierten aquí en la insolencia dichosa de la alegría, que nos arrastra con fuerza bacanal… La Sinfonía es la apoteosis de la danza misma: es la danza en su aspecto más elevado, la hazaña más sublime del movimiento corporal, incorporada a un molde ideal de sonido”. Una danza que es enérgica en el primer tiempo, serena en el bellísimo segundo (en el que, más que nunca, es la armonía lo que nos conmueve), agitada en el tercero y exultante en el trepidante cuarto.

La entendió a las mil maravillas Nagano, que lleva décadas transitando por este repertorio. Combinó el nuevo titular de la Nacional la tradición (nada de plantillas esqueléticas, que responderían quizá a sesudos criterios filológicos, pero están fuera de lugar en una sala capaz para 2000 personas: utilizó una plantilla de cuerda de 14/12/10/8/6; no se utilizaron trompas ni trompetas naturales) con el guiño a lo históricamente informado, con práctica ausencia de vibrato en la cuerda. El inicio del Poco sostenuto fue ya toda una declaración de intenciones: acordes rotundos, nitidez de planos, cuidadísima atención a las voces intermedias, y en especial al diálogo de violines primeros y segundos, tan importante en esta obra. Pudo observarse la semana pasada en Mahler y de nuevo ayer en Beethoven. El Nagano de indicaciones ultraprecisas en los estrenos y obras poco habituales se vuelve un líder que, más que demandar o indicar, sugiere, incluso solicita, más con la cara que con las manos. Cabe imaginar que es uno de los rasgos a los que la orquesta se irá, sin duda, acoplando. Porque, por lo demás, el mando decidido, firme y claro, surge cuando el maestro lo considera necesario.
La energía que transmitió la Nacional con su nuevo titular fue contagiosa desde el principio. Se sumergió Nagano en el Vivace con un impulso rítmico envidiable, acentos de incisividad justa y absoluta claridad de planos. Repitió la exposición del primer movimiento (se respetaron de forma escrupulosa todas las repeticiones prescritas en la partitura) y dibujó un desarrollo rico en intensidad y contrastes, elaborando una coda sobresaliente en la que la dinámica (como en realidad a lo largo de toda la sinfonía) estuvo admirablemente manejada.
Sereno, con el punto justo de misterio, el allegretto, bien resaltado por el pp delicadísimo de la cuerda en la reiteración de la segunda mitad del motivo inicial. Magníficamente planteada la exposición inicial, con la entrada progresiva de las distintas secciones de la cuerda, y con un dibujo muy bello y expresivo del protagonismo que adquieren en cada momento violas, violines segundos, primeros o violonchelos. No hizo ninguna concesión a la tranquilidad en el Presto, planteado a tempo muy vivo y, de nuevo, con un impulso rítmico contagioso, contrastado con un Assai meno presto que llegó con grandeza, pero sin pesantez. Lucieron en este movimiento las dos trompas y los dos trompetas, con una redondez y precisión envidiables.

El allegro con brio es uno de esos movimientos beethovenianos que le ponen a uno al borde de la silla. De un nervio electrizante, casi obsesivo en la reiteración de ese motivo vibrante, frenético (aunque el genio de Beethoven se las apaña para que esa reiteración no solo no sea monótona, sino que provoca en el oyente casi la sensación de ansiar aún más), este tiempo final es la apoteosis de esa “insolencia dichosa de la alegría” a la que con tanto acierto aludía Wagner. Nagano no regateó voltaje, una vez más. Construyó el movimiento de forma impecable, graduando la tensión con sabiduría, hasta una coda en la que demandaba de forma visible la mayor intensidad en el dibujo de la cuerda grave, sobre el que crece la irresistible erupción final.
La Nacional sonó otra vez como la de las grandes tardes. Impecable viento, cuerda ágil, de preciso empaste y sonoridad redonda. El pequeño desajuste por una entrada solo mínimamente adelantada en el final del tercer tiempo es una mera anécdota. Lo que pudimos escuchar ayer fue una magnífica, trepidante interpretación de esta genial Séptima de Beethoven, traducida de forma sobresaliente por una Nacional que ha empezado la temporada en el gran estado de forma en que ya culminó la anterior. Este concierto, como el de la semana anterior, marcan un comienzo realmente prometedor de esta “era Nagano”.
Rafael Ortega Basagoiti
Foto: Rafa Martín


