MADRID / Martha Argerich, alto voltaje

MADRID / Martha Argerich, alto voltaje

Madrid. Auditorio Nacional. 26-XI-2019. XXIV Ciclo de Grandes Intérpretes. Martha Argerich, piano. Mate Bekavac, clarinete. Kremerata Baltica. Obras de Bach, Bach-Busoni (arr. Kremer), Weinberg y Liszt (arr. Colliard).

Justo es que se recupere la música del ruso, de origen judío-polaco, Mieczyslaw Weinberg, cuyo centenario se conmemora el próximo 8 de diciembre. Aunque sé que hay quien discrepa, creo que la música de Weinberg tiene evidentes ramalazos de influencia de Shostakovich, pero también sin duda una personalidad propia, y entre otras cosas, menos aristas, menos tendencia al amargo sarcasmo que a menudo impregna las partituras del autor de La Nariz. La Sinfonía de Cámara nº 4, obra tardía (1992) diseñada para orquesta de cuerda con clarinete (en funciones solistas) y triángulo, tiene en su Lento inicial un carácter doliente, con un tinte melancólico que no oculta sus raíces judías, de hecho acentuadas por el canto del instrumento de viento. El clima cambia notablemente en el agitado Allegro molto, en el que el clarinete recurre a su registro agudo, casi hiriente, y que marca el punto de más alto voltaje de la partitura. Los dos últimos tiempos recuperan el carácter de sereno lamento inicial, con el clarinete ejerciendo de nuevo como portavoz de la melancolía dominante, y sólo ocasionalmente con fugaces raptos de mayor desgarro y otros algo más frecuentes de cierto misterio. Obra de intensa emoción, no tan rica en contrastes como otras de su autor, pero de indudable belleza e interés. Estuvo bien traducida por la Kremerata Baltica, con buen matiz, adecuada intensidad de expresión y acertadas contribuciones de algunos solistas de cuerda y sobre todo del excelente clarinetista Bekavac.

Creo, no obstante, que la formación que fundó Gidon Kremer echó en falta su liderazgo (que sí ejerce en la grabación de tres de las cuatro sinfonías de cámara de Weinberg para ECM; curiosamente, la cuarta está dirigida en esa grabación, por cierto de manera estupenda, por la directora de moda, Mirga Gražinyte-Tyla, con el mismo solista de clarinete), lo que no deja de sorprender teniendo en cuenta que el famoso violinista se encontraba en la audiencia, apenas un par de filas delante del que suscribe. En todo caso, la prestación de la orquesta báltica fue superior en esta obra a la observada en el arreglo del propio Kremer de la Chacona de Bach-Busoni. La famosa Chacona del Cantor ha sido, muy justificadamente, “carne de transcripción”, porque casi cualquier músico querría toca esta música maravillosa y no todos se dedican al violín. Brahms abrió el fuego con su arreglo endemoniado para la mano izquierda, y Busoni le siguió con su arreglo post-lisztiano, el más evidentemente romántico y aparatosamente pianístico.

En nuestros días, clavecinistas como el danés Lars-Ulrik Mortensen (que transcribió la Partita íntegra, partitura editada en un precioso libro editado por Christopher Hogwood titulado “The Keyboard in Baroque Europe”) o el legendario Gustav Leonhardt (que hizo lo propio en una partitura que se negó a editar pero que ahora ha visto la luz gracias a sus herederos, ed. Bärenreiter), han realizado preciosos trabajos para teclado. Desde mi modesto punto de vista, realizar un arreglo del arreglo no tiene demasiado sentido. Para llevar la Chacona a una orquesta de cuerda, quizá mejor haber ido al original directamente. El generado por Kremer, que se inicia con una grabación pianística e incorpora otra de violín prácticamente al final, tiene un diseño muy “democrático” y participativo, pero tanto que termina pareciendo, al menos a quien esto firma, un tanto deslavazado, con frases en las que se echa en falta la continuidad de que la termine quien la inició.

La segunda parte nos reservaba la explosión de la velada. Es, permítanme la expresión, literalmente asombroso que Martha Argerich, con sus 78 años a cuestas, con signos visibles en las manos de una artrosis de la que a la postre ninguno nos libramos, despliegue la misma volcánica erupción a que nos tiene acostumbrados desde hace décadas. Nos regaló una segunda Partita de Bach que fue, sí, decididamente pianística, pero que tuvo genuina grandeza en el inicio de la Sinfonía, delicioso fraseo cantable en la segunda parte de esta y en la Allemande, magnífico dibujo contrapuntístico en la parte final del primer movimiento, delineada con un nervio rítmico envidiable, y energía sin concesiones en la Courante, en cuya segunda repetición tuvo lugar el único fugacísimo lapso de la tarde. Extraordinaria, elegante y muy expresiva Sarabande, y trepidantes dos últimos tiempos, con un Capriccio lleno de la misma vitalidad que recordamos en su grabación de esta obra hace ya un montón de años. Todo ejecutado en attacca, sin respiro material (los tosedores supongo que ya no sabían que hacer, ¡no tenían hueco para toser!). Y si fue magnífico el Bach, no puede decirse otra cosa del Primer Concierto de Liszt, sustituto del inicialmente previsto homólogo de Chopin.

Personalmente hubiera preferido el del polaco, no solo porque me resulta musicalmente más interesante, sino porque creo que el acompañamiento “sufre” algo menos en la reducción a orquesta de cuerda, dado que la orquestación de Liszt demanda piccolo, 2 flautas, 2 oboes, 2 fagots, 2 clarinetes, 2 trompas, 2 trompetas, 2 trombones tenor, trombón bajo, timbales, triángulo, platillos y cuerda. La de Chopin requiere menos instrumentos de viento y percusión, y es, además, menos importante y contundente como complemento, y por ende, el resultado padece menos con el adelgazamiento instrumental. De toda la parafernalia descrita para la orquesta de Liszt, en el arreglo de Colliard, por aquello de la necesidad, solo sobreviven la cuerda y el triángulo (supongo que porque se utiliza en la obra de Weinberg también y hay que aprovechar), que por cierto por momentos pareció ejercer el papel de director (aquí habría que volver a preguntar por Kremer…). El resultado, bien evidente desde el comienzo, es que cuando el pianista ataca las contundentes octavas iniciales, el acompañamiento resulta un tanto anémico. Da igual, para entonces nuestros oídos y ojos han sido ya captados por el volcán Argerich, capaz de una agilidad y precisión inverosímiles en alguien de su edad, y al mismo tiempo autoras de una línea de canto exquisita, sensible (maravilloso el del primer tiempo con la viola y luego con el concertino, pero igualmente impagable el del Quasi adagio) y de una intensidad expresiva emocionante, con el sonido siempre cuidado. Alegres, animados los dos últimos tiempos y un final arrebatado, de esos que, como dirían los ingleses, te llevan al borde de la silla.

El éxito de Argerich, como antes en el Bach, fue apoteósico. El público (buen aforo el de ayer) explotó en ovaciones y bravos interminables y muy bien justificados. La argentina regaló las dos Gavottes de la Tercera Suite Inglesa de Bach, dibujadas de manera exquisita en su ritmo, aunque con alguna realización peculiar de ciertos adornos en la segunda de ellas, y la deliciosa Sonata K. 141 de Scarlatti para cerrar con broche de oro este ciclo de Grandes Intérpretes. No siempre gozamos de una “dosis” suficiente de Martha Argerich en estos conciertos “compartidos” que ofrece desde hace años, huyendo del recital solista. La de ayer fue una dosis más generosa, pero sobre todo de un nivel pianístico y artístico excepcional. El volcán Argerich, a sus 78 años, mantiene el voltaje intacto. Y les aseguro que no es alto, es altísimo.