MADRID / Marino Formenti, el piano arrollado y acariciado en CentroCentro

Madrid. CentroCentro. 21-III-2026. Marino Formenti, piano. Obras de Couperin, Ustvolskaya, Le Roux, D’Anglebert y Feldman.
El pianista italiano Marino Formenti (1965) con una extensa trayectoria como especialista en el repertorio contemporáneo (ahí están sus grabaciones de autores como Lucier, Kurtág y Lachenmann, entre otros) protagonizaba el segundo concierto del octavo ciclo VANG, Músicas en vanguardia, que se desarrolla hasta diciembre en CentroCentro. Llegaba con una propuesta dudosa sobre el papel pero de la que él estaba firmemente convencido. Ahora nosotros también.
A Morton Feldman (1926-1987) se le intenta a menudo poner en conversación con músicas pretéritas y de su tiempo. Con la experiencia ya hemos comprobado que funciona mal con compositores románticos como Chopin y Schubert, tampoco —más allá de las muchas concomitancias biográficas— su música complementa a la de su colega John Cage. Verificamos sin embargo en este concierto que el radical contraste con la música furibunda y obsesiva de Galina Ustvolskaya (1919-2006) es acertado. Pese a la obviedad de la complementariedad por sencillo antagonismo, la escucha de las últimas Sonatas nº 5 y 6, las más intensamente personales y sobresalientes de cuantas compuso, generaron un impacto por su resonancia en la que minutos después discurrió con una levedad incandescente Palais de Mari de Feldman. Como si estas partituras disímiles dialogaran de forma natural, se entendieran.
Formenti hiló todo el recital, interpretado sin pausas para aplausos, con piezas barrocas que, de alguna manera, servían como bálsamo, como preparación a la escucha. Los respectivos Prélude non mesuré que abordó de Couperin, Le Roux y d’Anglebert fueron tocados desde la total libertad, sin intencionalidad estilística alguna, casi como pasajes impresionistas de una mágica ingravidez: las teclas eran acariciadas, no pulsadas. Por oposición, la Sonata nº 5 de Ustvolskaya, con sus bloques de sonido repetidos obsesivamente, fueron ejecutados con una sequedad imponente; preso Formenti de un tono casi ritual, ascético, en consonancia con el gesto mínimo y emocionalmente compulsivo de la compositora. Con la Sonata nº 6, el pianista —cercano en su biografía a propuestas ligadas a lo performativo— se empleó masivamente en los clusters que centran el condensado discurso. Hubo mucha intencionalidad en el paso de lo inaudible a lo explosivo, también en la ausencia de ornamentos; de las embestidas al teclado el piano se desplazó unos inquietantes pasos en el escenario.
La audición de Palais de Mari resultó poco previsible. Marino Formenti entroncó visualmente la versión con el yacimiento arqueológico sirio al que referencia el título. Fue entonces el suyo un acercamiento desde la evocación, desde el subrayado de una imagen que parece suspendida en el tiempo, idealizada, presa de una bruma. Nunca habíamos escuchado a Debussy reivindicándose en el espacio sonoro feldmaniano, todo un hallazgo este; el italiano tendió a una cierta premura que no supuso amago de ahogamiento, la música respiraba en cada compás, aunque no fuera su opción la más asertiva posible, tampoco la más meditabunda. Ninguna vacilación en cambio en la breve La Muse Plantine de Couperin, con una articulación más marcada que las piezas barrocas previas. Una curiosa forma de cerrar un recital difícilmente olvidable.
Ismael G. Cabral


