MADRID / ‘Maria Stuarda’, segundo reparto

Madrid. Teatro Real. 16-XII-2024. Silvia Tro Santafé, Yolanda Auyanet, Airam Hernández, Krzysztof Baczyk, Simon Mechlinski, Mercedes Gancedo. Director musical: José Miguel Pérez Sierra. Director de escena: David MacVicar. Donizetti: Maria Stuarda.
Esta segunda crítica sobre Maria Stuarda continúa la que hace un par de días se publicaba en estas páginas con la firma de Ricardo de Cala, con la que el firmante está en general muy de acuerdo en relación con la calidad de la producción, evocadora, bien contrastada, de un realismo poético espléndido; sencilla pero servidora sin ambages de la tremenda historia que se cuenta e iluminada magistralmente por Lizzie Powell. Se trata de una puesta en escena coproducida con el Liceu, el Festival Donizetti de Bergamo, La Moneda de Bruselas y la Ópera Nacional de Finlandia.
Aprobamos asimismo sus comentarios en torno a la gran actuación del Coro, el aplomo de la Orquesta y el excelente trabajo con la batuta, siempre enhiesta y circulante, clara en las divisiones y subdivisiones, de José Miguel Pérez-Sierra, que supo llevar todo bien encajado, medido y cantado; quizá en alguna ocasión a falta de una mayor depuración sonora; aquí y allí. En la obertura, por ejemplo, la original descubierta mucho después de la muerte del compositor; y que es una pieza bastante floja.
El director supo acentuar como se debe el magistral Sexteto que cierra el acto II. Figlia impura di Bolena!, clama la aherrojada Maria contra su contrincante, que la ha encerrado durante años. El fragmento, el célebre Dialogo delle due Regine, resulta de una modernidad violenta, como opina Chantal Cazaux. Un momento de alta tensión bien subrayado por una música fustigante, de limpio trazado.
En esta ocasión Maria fue cantada por Yolanda Auyanet, una antigua ligera y lírico-ligera desde haca algún tiempo una lírica en toda regla, que aquí estuvo verdaderamente en su salsa; mejor que en otras descubiertas hacia partes de rango más dramático, Norma, por ejemplo. Desde su primera aparición, en la escena descrita más arriba, agarró el toro por los cuernos y se fue a por todas. El centro, bien armado y asentado, de buen volumen, el grave ligeramente desvaído pero de cierta consistencia, el agudo firme, atacado de forma ortodoxa. La a veces exigente coloratura no tuvo problemas para ella marcando, en ocasiones a media voz, los melismas y atacando con bravura los pasajes más arduos.
Con estos mimbres pudo salir airosa en la famosa plegaria Deh! Tu un’umile preghiera, un Andante cómodo en 3/4 y Mi bemol mayor. En el larghetto subsiguiente, Di un cor che more, alcanzó una sufriente intensidad expresiva, con lo que el drama de Maria se nos ofreció con la deseada con crudeza e inmediatez. De tal forma que pudo alcanzarse aquello a lo que había de aspirar, según el gran estudioso de la obra donizettiana, William Ashbrook, cualquier interpretación: “golpear al oyente con la fuerza de la verdad”. Porque verdadero fue el canto, y el esfuerzo, de la soprano canaria. Aunque a su voz, episódicamente, pueda faltarle algo de brillo o de terciopelo.
Frente a ella disfrutamos del canto fino y bien dibujado de Silvia Tro Santafé, una mezzo lírica espejeante y soleada que canta bien apoyada, que frasea con intención, que calibra las agilidades, que va de arriba abajo con aplomo y que ataca la zona alta con valentía, sin aparente esfuerzo, cosas que puso ya de manifiesto en su aria de salida. Quizá le falta algo de envergadura vocal y física para proporcionar una imagen más vigorosa de la antipática reina, pero estuvo siempre valiente y decidida. Lo que no es poco.
Encontramos en la parte de Leicester algo dubitativo e irregular a ese buen tenor lírico que es Airam Hernández, sobre todo al principio, quizá preocupado por alguna flema. Se le vio cuidadoso. Buen centro, de agradable tinte, agudos a veces algo mates, emitidos como con miedo; o al menos muchas reservas, sin el timbre deseado. Pero su fraseo, siempre generoso y decidido y su calor tímbrico, hicieron olvidar aquellas máculas.
Irregular, no siempre afinado, de emisión variable, el bajo-barítono, que. no bajo, Krzysztof Baczyk (un hombre de casi dos metros), bastante desdibujado en su dúo con Auyanet de la escena octava del segundo acto. Cumplieron Simon Mechlinski, de buen centro baritonal, como Lord Cecil (el que anima a Elisabetta a firmar la sentencia de muerte. Mercedes Gancedo cumplió a satisfacción en el papel secundario de Anna.
Arturo Reverter
(fotos: Javier del Real)


