MADRID / Maravillas de Schubert y Chopin, sobre todo en las mágicas manos de Volodos

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 1-VI-2026. Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. Arcadi Volodos, piano. Obras de Schubert y Chopin.
Es difícil para el crítico, en la misma noche de un evento como el vivido en la sala sinfónica del auditorio nacional, describir con mínima fidelidad lo presenciado, lo escuchado y lo sentido. Lo intentaremos. Se trataba del feliz y bienvenido retorno del gran Arcadi Volodos al Ciclo de Grandes Intérpretes. Lo hemos repetido en muchas ocasiones: el ruso, por muchos motivos tan ligado a nuestro país, es mucho más que un pianista formidable. Es un artista de esos que se sitúan en otra dimensión. Capaz de decir, de transmitir la música de una manera que nos engancha desde el primer segundo, y que nos lleva por todo un caleidoscopio de emociones que nos mantiene en una rara mezcla de asombro y admiración.
Estamos ya acostumbrados, aunque siga dejándonos con la boca abierta, a su facilidad pasmosa para superar como el que no quiere la cosa las dificultades más endiabladas (bien conocida por quienes le seguimos hace décadas). Pero es que, en cada ocasión, despliega una capacidad de matices, colores e inflexiones que parece inalcanzable, por mucho que él demuestre repetidamente que para él no lo es. Y lo hace, además, con esa misma facilidad con que desgrana los pasajes más imposibles. Es desde ese manejo, tan magistral como inverosímil, del sonido, desde el que edifica unas interpretaciones que remueven como pocas el alma del oyente.
Decía Volodos, en una entrevista realizada en el programa Estudio 206 de Radio Clásica hace unos días, que cada pianista saca un sonido distinto del mismo piano. Tiene, por supuesto, toda la razón. Pero pocos hay que sean capaces de extraer una variedad de colorido, una gama de sutilezas que nos impresione como lo hace la suya. Y, a juzgar por esas declaraciones, ese sonido de cada pieza es algo que él ya tiene asumido en su cabeza antes de empezar a trabajar sobre el teclado. Una suerte de meta sonora previamente identificada con total claridad a priori. Bien puede decirse después que lo consigue con el mayor de los éxitos.
El programa propuesto se centraba en dos de los compositores preferidos por el ruso: Schubert y Chopin. La primera parte se centraba en la Sonata D 894 en Sol mayor de Schubert, compuesta en 1826, tercera y última de las publicadas en vida de su autor (las otras dos son las D 845 y D 850), que fue recibida con entusiasmo por Schumann («perfecta en forma y espíritu») y que luego ha sido (no es de extrañar, dado su carácter) favorita de esa leyenda del piano que fue Sviatoslav Richter. La serenidad con que se abre ese Molto moderato e cantabile, de ambiciosa dimensión, domina el movimiento, y aunque la tensión crece considerablemente en el principio del desarrollo, el final nos recuerda que la calma solo nos abandonó de manera fugaz.
Desde este movimiento, con el escenario en semipenumbra, creó Volodos el clima de tensión que puso al público en vilo y que se mantendría en toda la velada. Un acorde en pp llevado al límite de la resonancia, con el énfasis en el Molto moderato, haciendo esperar el siguiente, como si el tiempo se detuviera con un dibujo inefable de una serenidad que no quiere escapar. Momentos después, por si alguien creía que una delicadeza mayor no era posible, Volodos demostró de inmediato lo contrario: asomó un nuevo acorde, ahora en un ppp adelgazado hasta lo imposible, y sin embargo con una resonancia larga, un eco sobrecogedor.
El discurso llegaba con tanta fluidez como consistencia, con tanto encanto como libertad en muchos momentos en que el énfasis, la inflexión, se antojaba necesaria. Casi como una suspensión del tiempo, como cuando Celibidache recreaba tantos momentos con sonoridades y frases que escapaban a la rigidez y el encorsetamiento, situándose en el extremo de lo posible. Uno tenía la sensación de que, sin ese sonido, sin esa plena resonancia, sin esa gama de colores, el tempo escogido no sería viable. Un sonido que, quizá más que nunca, era cimiento irreemplazable.
La tensión crecía en el desarrollo de este movimiento, de nuevo con muchos momentos en que ese “hágase esperar” creaba momentos de una tensión única. Hay que recordar de nuevo aquella inolvidable afirmación de Harnoncourt, que suena exagerada, pero es en realidad muy cierta: la auténtica belleza solo es posible cuando uno se sitúa en el límite. Y sí, en el límite se situó Volodos continuamente. Asumiendo riesgos desde la sutileza, desde la suspensión del tiempo, desde una serenidad aparentemente imperturbable. Los acordes, exprimidos en toda su resonancia, el tramo final del movimiento con una gradación dinámica sobrecogedora, para desvanecerse, de nuevo en un ppp que otra vez pareció hermanar la extrema delgadez con una sonoridad que llega con plenitud.

El apacible canto inicial del Andante se dibujó con exquisita delicadeza, pero el segundo motivo, rotundo y afirmativo, fue presentado con la deseable afirmación. Lo hizo también el Menuetto, decidido en su comienzo, derivado hacia territorios más líricos en la respuesta, y sobre todo en un Trio que maravilla en la sencillez casi imposible con que nos hace llegar su fina delicadeza. Pero si algo asombró tanto o más que el movimiento inicial fue el Allegretto final. Un rondó alegre, que tiene de todo, lirismo, vitalidad, alusiones de danza. Un festival de la invención, en el que Volodos desplegó toda la panoplia de climas y caracteres que este movimiento reclama, hasta el susurro de los acordes finales en pp, como si dejara que la alegría desplegada se desvaneciera.
Lo que habíamos presenciado era un Schubert especialísimo, con su gran carga emotiva del tiempo inicial. Y con cada acento, matiz, inflexión, pedal o regulador como herramientas perfectamente ensambladas de un discurso que era mucho más que algo hermoso. Era algo profundamente emocionante. Algo que muy pocos consiguen en el panorama musical actual.
Chopin ocupaba la segunda parte del recital. Antes de la obra central, la Sonata op. 35, cuatro piezas que demuestran con contundencia la genial maestría del polaco en el manejo de la forma breve. De la soberbia colección de Mazurkas, a menudo citada justamente como uno de los principales sellos de identidad de su autor, nos dio Volodos tres ejemplos, a cuál más sabrosos. Abría la serie la cuarta y última de las op. 33 (1836-38), en Si menor. Una gema maravillosa: lírica, evocadora, en unos momentos nostálgica, en otros aparentemente afirmativa, pero siempre sugerente, elegante, refinada.
La siguiente, segunda de la op. 41, en Mi menor (1838-39), tiene también mucho de añorante nostalgia. Y breve, muy delicadamente melancólica, con apenas un atisbo de mayor impulso en la sección central, la segunda de la op. 63 en Fa menor, escrita ya en el tramo final de su vida (1846). Otra obra maestra cerraba este grupo de piezas breves, el Preludio op 45 en Do sostenido menor, escrito en 1841 y que, como sugiere Mieczysław Tomaszewski, parece una bellísima y magistral improvisación trasladada al pentagrama. Hay una rara mezcla de nostálgica serenidad y extática emoción en este precioso Preludio.
Las tres Mazurkas, muy especialmente la tercera, llegaron con la mezcla adecuada de emotiva sugerencia y ese ritmo que tantas veces reclama la insinuación, la declamación más que el énfasis. Qué maravillosa, inalcanzable delicadeza la del final de esta pieza. El Preludio nos trajo una inefable mezcla de serenidad, libertad y fantasía. No hay palabras para describir lo que el ruso consiguió sobre la cadencia del tramo final, pocas veces trazada con un leggierissimo de levedad comparable.

Cerraba el recital la Sonata nº 2 en Si bemol menor op. 35, obra archiconocida, que hemos escuchado mil veces, algunas en interpretaciones memorables (aún recuerdo el estremecimiento provocado por Krystian Zimerman en esta misma sala). Y, sin embargo, lo que Volodos nos reveló anoche en esta obra fue, literalmente, de otro mundo. Vale la pena recordar que el tercer movimiento, la célebre Marcha fúnebre, fue concluida en 1837, un par de años antes que el resto. Es el núcleo de la obra.
Y es cierto que la escucha de la sonata parece también dirigirnos en ese sentido: diríase que los dos primeros movimientos (ya desde los rotundos acordes de los cuatro primeros compases del primer tiempo, Grave) comienzan el drama y que, tras el fúnebre lamento de la marcha, con el sorprendente (por el cambio que supone), sencillo y hasta casi luminoso trío, encuentran el epílogo en el visionario final, ese Presto con el unísono de las dos manos, a la vez tenebroso, siniestro, espeluznante y, sin la menor duda, visionario y anticipatorio de lenguajes que serían muy posteriores.
Los cuatro compases del Grave inicial crearon ya un clima tan lúgubre como solemne. El Doppio movimiento no trajo el arrebato fulgurante de tantas otras ocasiones; impactó con fuerza, pero con una suerte de urgencia contenida, de rara tensión interna, sin precipitación. Otra vez ese “hágase esperar”, pero poderoso, siniestro, intensamente dramático. El segundo motivo, solemne, inicialmente triste, luego apasionado. Y un tremendo, este sí, apabullante stretto para culminar la primera parte de este movimiento. Ominoso, profundamente dramático, el desarrollo, y de tremenda intensidad el final.
Atacó sin respiro Volodos el Scherzo, que sonó en sus manos tenebroso, aterrador, con unas octavas de la mano izquierda en el registro grave de un poderío que estremecía en cada una de sus apariciones. Todo seguía un hilo conductor especialmente consistente. El drama contenido de muchos momentos del primer tiempo asomaba con espeluznante intensidad en el segundo, y el Trío quedó dibujado por Volodos de forma que, como pocas veces, lo sentimos hilvanado con la sección más dulce de la Marcha fúnebre. Ésta, como no podía ser de otra manera, fue trazada con serenidad, con una lentitud genuinamente doliente, pero tan extraordinariamente emocionante que no se antojó en ningún momento morosa. Contribuyó a ello el inalcanzable despliegue de matices dibujado por Volodos, capaz de que en el auditorio hubiera un silencio casi sepulcral.
La levedad, la hondura de expresión de la bellísima sección central nos hicieron llegar esa sensación de serena y doliente tristeza con una intensidad que pocas veces se consigue. Y sí, también aquí asomó el Volodos que toma riesgos y libertades. Los ff de los compases 76-77 y su posterior reiteración fueron sustituidos por un gran arco de diminuendo desde el compás 75 al final. Escuchando el resultado, uno no puede sino entender y aplaudir la decisión. Ese desvanecimiento final de la marcha es emocionalmente impactante, y conecta, además, con el turbulento y tenebroso Presto final, aquí dibujado de manera vertiginosa y que consiguió algo especialmente inconcebible: que esta enigmática y estremecedora pincelada visionaria se contemplara con nitidez.
Ni siquiera un par de criminales del móvil consiguieron aplacar la oscuridad aterradora que llegaba con aquella música. El golpe de efecto final fue el énfasis destacado sobre las dos notas que, en el medio del torbellino, recuerdan el principio del Doppio movimiento. Aquella manera de cerrar en este final del escalofriante Presto el círculo de muerte que se había iniciado con ese Doppio movimiento tuvo, sin duda, un demoledor efecto.
El entusiasmo más que justificado del público se desbordó. Reclamado al escenario una y otra vez, Volodos empezó a regalar propinas, todas ellas admirables: el Intermezzo Op. 117 nº 1 de Brahms, el Preludio op. 40 nº 3 de Liadov, las apabullantes Variaciones sobre temas de Carmen de Bizet, de Horowitz-Volodos, y el último número de la Música callada de Mompou. Entre estas dos últimas, una cuarta propina que no pude identificar.
Decía hace unos días Volodos que el mayor elogio que podía recibir es que dijéramos “qué maravillosa es la música de (póngase aquí el nombre del compositor de turno)”. Pues sí, cuando nos llega de esta manera tan formidable, cuando nos quedamos sin palabras para describir lo vivido es cuando somos más conscientes que nunca de que la música de Schubert y Chopin, protagonistas de este concierto inolvidable, es una verdadera maravilla. Más cuando nos llega expuesta de esta forma.
(fotos: Samuel Mejía)

