MADRID / Manuel Muñoz e Ismael Campanero: talento joven para inaugurar la cuarta temporada de La Stravaganza

Madrid. Iglesia Alemana. 1-XI-2026. Ciclo de conciertos La Stravaganza. Manuel Muñoz (violín), Ismael Campanero (violone). Obras de Locatelli, Vivaldi, Senaille y F. Couperin.
En relación con un concierto reciente en el Festival Encuentro Silva de Sirenas , comentábamos de pasada que las influencias musicales italianas se introdujeron en Francia por dos vías: la cantata profana y la sonata para violín. De la cantata francesa disfrutamos bellas muestras en el reseñado concierto de La Violondrina y no hemos tenido que esperar mucho para poder escuchar algún ejemplo de sonatas galas con perfume italiano. Que estas oportunidades nos las ofrezcan intérpretes españoles constituye una suerte de anomalía histórica que habla muy bien de la versatilidad y curiosidad de nuestros músicos. Que esto ocurra en conciertos marginales, lejos de las programaciones “oficiales” y los ciclos consolidados, nos indica, al menos, dos aspectos a tener en cuenta: por una parte la importancia y el mérito de estos conciertos o festivales alternativos; por otra, la paradoja —quizás sólo aparente— de que, contando con más medios y estabilidad, los programadores y gestores de los grandes ciclos corren menos riesgos en sus temporadas.
Y es que la calidad de la vida musical de una ciudad o un país no se mide sólo por los grandes eventos o las temporadas y ciclos estables —tan necesarios, nadie lo discute— que traen a las grandes estrellas y los nombres consagrados, por sus orquestas o grupos residentes, sino también por esos conciertos e iniciativas menos resonantes en conservatorios, iglesias o auditorios municipales que ofrecen la oportunidad de escuchar a músicos jóvenes movidos fundamentalmente por el entusiasmo y las ganas de tocar.
La Stravaganza, el ciclo de conciertos que comenzó su andadura hace tres años de la mano del contrabajista Ismael Campanero, es una de esas iniciativas que enriquecen la vida musical madrileña desde la modestia de medios pero la excelencia artística. Aquí no hay compromisos con agentes o rendición de cuentas a instituciones. La precariedad otorga una gran libertad. Conciertos íntimos, de pequeño formato, con programas ambiciosos y frecuentemente originales, que permiten escuchar a músicos de primer nivel en una atmósfera cercana y relajada.
El concierto que inauguró su cuarta temporada reunió a un joven violinista, Manuel Muñoz, y al citado Ismael Campanero. El programa —y aquí retomamos el inicio de nuestra reseña— giró en torno a la sonata para violín barroca, en su doble vertiente italiana y francesa, o para ser más precisos, alrededor de la sonata italiana y su influencia en Francia. Porque como ya hemos señalado en alguna ocasión el gusto francés, el bon goût que se fue forjando durante el largo reinado de Luis XIV, abominaba de algunos “excesos” italianos tales como el virtuosismo, el protagonismo de la melodía o las libertades que se tomaban los intérpretes en la ejecución de las obras en cuanto a rubato u ornamentaciones. El bastión de la música francesa empezó a sufrir sus primeras grietas con el cambio de siglo, cuando el reinado de Luis XIV inició su declive, coincidiendo con la Guerra de Sucesión española, y el dictado del gusto se relajó. Las grietas permitieron la entrada de los aires italianos y autores como François Duval o Elizabeth Jacquet de la Guerre publicaron en los primeros años del siglo XVIII sonatas para violín en las que la tradición francesa se conjugaba con evidentes influencias italianas, especialmente corellianas. Un paso más allá, a partir 1720 ya, lo dieron otros compositores como François Francoeur y, sobre todo, Jean-Marie Leclair, en el que apreciamos un enfoque distinto que, sin abandonar la elegancia, va relajando progresivamente la contención para ceder a un virtuosismo manifiesto.
Pero antes de Leclair nos encontramos con otro autor que no ha merecido mucha atención por parte de los intérpretes hasta ahora. Un disco monográfico a cargo de Odile Edouard, otro con sonatas en trío en trío interpretado por el enigmático y apreciable Ensemble Grafitti y uno más reciente con Théotime Langlois de Swarte acompañado por William Christie —éste compartido con música de Leclair—, es todo lo que se puede escuchar de Jean-Baptiste Senaillé, quien ya en 1710 publicó un libro de sonatas para violín y bajo continuo, el primero de cinco que daría a la imprenta hasta 1727. Pues bien, Senaillé es uno de los compositores que comparecieron en el programa junto a Locatelli, François Couperin y Vivaldi.
El concierto comenzó con la Sonata op. 6 nº 12 de Pietro Locatelli. Tampoco hay muchas oportunidades de escuchar su música en conciertos, por lo que no podemos si no alabar el buen gusto de incluir una obra tan interesante como esta, en la que la exigencia técnica se conjuga con un lirismo incuestionable, lirismo en el que Manuel Muñoz se recreó desde el adagio con el que se abre la sonata, con un tiempo pausado, resaltando la cantabilità del tema inicial y mostrando una solidez técnica que se manifestó particularmente en la afinación y la facilidad en los pasajes con dobles cuerdas de la cadencia final, lo que sería una de las señas de identidad a lo largo de todo el concierto. Bello sonido, agilidad en los tiempos rápidos y respiración en los lentos —delicioso ese tercer movimiento con el uso del grado napolitano— fueron las piedras angulares de una interpretación notable, virtudes que volveríamos a disfrutar en una serena lectura de la más conocida Sonata op. 2 nº 12 de Vivaldi.
Entre medias la parte francesa comenzó con la Sonata op. 4 nº 5 del citado Senaillé, obra de italianidad contenida, o dicho sin ambages, de indudable aroma francés porque Senaillé, a pesar de viajar a Italia, como tantos compatriotas —si no echen un vistazo a lo que ocurrió en la música francesa del siglo XIX— no podía desprenderse de su estilo nacional aunque pretendiera revestirlo de ropajes extranjeros. Hay toques transalpinos, especialmente en los movimientos vivos, pero lo galo prima sobre lo italiano. A esa mixtura sonó lo que escuchamos y es hora de hablar del continuo de Ismael Campanero, quien con su violone —un instrumento del que se ha convertido en principal abanderado en la actualidad— consiguió que no echáramos de menos el clave. Su capacidad para conjugar la parte de la viola da gamba y la del clave con un solo instrumento es admirable, consiguiendo un bajo continuo rico, que empastó muy bien con el violín. Campanero es un enamorado del uso del violone en estas labores de continuo —también lo ha reivindicado como instrumento solista con resultados sorprendentes— y sabe aprovechar su gran resonancia en el registro grave para conseguir contrastes muy atractivos.
François Couperin, último compositor del programa, fue el gran defensor de la unión del estilo francés y el italiano, los “gustos reunidos”, aunque su música suena inequívocamente francesa. De él se interpretó el Concert royal nº 3. Hay que destacar la capacidad de los intérpretes para con tan sólo dos instrumentos recrear esta música sensacional y su afán por dotar a cada movimiento de un carácter diferenciado. Quizás fue aquí donde notamos a Muñoz un poco fuera de estilo, lo cual ni es grave ni puede extrañar porque se trata de una música mucho más compleja de lo que parece. La paradójica mezcla de levedad y profundidad que requiere la interpretación de la música de Couperin es una alquimia cuyo secreto se resiste a ser revelado. No nos cabe duda de que la adecuación estilística en este caso llegará con el trabajo y el estudio porque me consta que el joven violinista está en las mejores manos posibles. De momento, lo que es incuestionable es su buen gusto, rehuyendo efectismos que buscan el aplauso fácil y poniendo de relieve una voluntad de ponerse al servicio de la música que encontró en Campanero al cómplice perfecto —no se puede tocar el acompañamiento de la musette con más delicadeza, rehuyendo el recurso fácil de exagerar los bordones para resaltar el aroma campestre—.
Este concierto nos deja el descubrimiento de un muy prometedor violinista, Manuel Muñoz, que ha dejado muy gratas sensaciones, al que habrá que seguir la pista porque le auguramos un gran crecimiento. Y la constatación de un músico sensacional, Ismael Campanero, que también sigue creciendo y al que siempre es una delicia poder escuchar. Pero también nos reafirma en la suerte que es para los amantes de la música en Madrid contar con un ciclo como el de La Stravaganza, que tanto enriquece, casi desde el anonimato, la vida musical de la capital. Cuidemos como público iniciativas como esta.
Imanol Temprano Lecuona


