MADRID / Mahler, ORCAM y Alondra de la Parra: tensión y buena intención

Madrid. Auditorio Nacional. 2-VI-2025: Serena Sáenz, soprano, Fleur Barron, mezzo. Orquesta y Joven Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid, Coro de la Radiotelevisión Española. Directora: Alondra de la Parra. Mahler: Segunda Sinfonía.
La Sinfonia nº 2, “Resurrección”, de Mahler, ha puesto punto final a la temporada de la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid. La directora mexicana Alondra de la Parra ha conseguido probablemente su mejor actuación al frente de los conjuntos madrileños que gobierna desde hace unos meses. Ha mantenido el mando firme y ha exhibido su gesto franco, amplio, de brazos muy abiertos, sus cimbreantes movimientos y su efusión y entusiasmo habituales, con frecuencia contagiosos para los músicos a sus órdenes.
El primer movimiento, que fue redactado como obra independiente en un principio, una especie de poema sinfónico al que Mahler denominó Totenfeier (Exequias o Funerales), fue expuesto con raro apasionamiento y decisión, de una manera seca y terminante, lo que no impidió la exposición aleteante del muy lírico segundo tema. Volúmenes en general bien controlados. Se trabajó a conciencia el turbulento desarrollo y se especificó lo irreconciliable de las fuerzas opuestas. Muy bien las trompas en la reproducción de las primeras cuatro notas del famoso Dies irae de Tommaso da Celano.
Es evidente que este movimiento es fundamental y grandioso y que contiene, como afirma Silbermann, un tanto literariamente, cuatro elementos en mutua contradicción: la grandeza trágica de una marcha fúnebre; una vehemencia inspirada en la nostalgia; una tristeza doliente y momentos de triunfo. Lo que quizá no sea suficiente para establecer a continuación cinco minutos de reposo hasta el segundo movimiento con el fin de reposar y meditar la grandeza de lo escuchado, como impuso y explicó la directora en su previa y no sabemos si necesaria explicativa alocución.
El segundo movimiento, lento, Andante moderato, un ländler en La bemol de estructura ABABA bastante convencional, expone un tema de inusitada longitud. El episodio, estima Nicastro, posee trazos de sinuosa frescura Art Nouveau y podría ser tachado de schubertiano. Variaciones ligeras, pizzicati conforman el fluente discurso. De la Parra hizo una recreación elegante, muy lenta con un trazado de líneas mejorable. Al Scherzo, que se desarrolla sobre el lied en el que San Antonio da de comer a los peces, le faltó fantasía y ese toque de insania que une lo grotesco, lo popular y lo sentimental. De la Parra consiguió en buena medida mecerse en el constante 3/8, base firme de una especie de perpetuum mobile, al que le falto negrura.
Enorme contaste con la canción Urlicht (Luz primordial), del Wunderhorn, que ocupa el cuarto movimiento cantada en esta ocasión por la mezzosoprano Fleur Barron, que delineó bien las mágicas frases, pero a su voz, dotada de un relativo vibrato, le falta oscuridad, solemnidad y cuerpo. Luego se abre el paisaje para afrontar las innúmeras turbulencias, los horrísonos fortísimos, las marchas abracadabrantes, definitorias de un verdadero gigantismo sinfónico en el que se emplea una orquesta reforzada y ampliada en todas sus familias. Continuo juego de tensiones encontradas, de éxtasis pasajeros.

De la Parra mantuvo firmes las riendas y consiguió una muy aceptable prestación de un conjunto en el que tocaban muchos instrumentistas de la Joven Orquesta. Es cierto que no hubo siempre la conjunción, la afinación, la claridad –por acumulación de planos e innúmeras borrosidades que la batuta no supo clarificar–, pero no lo es menos que hubo tensión, agitación, pasión, emoción y, al final, con la entrada del Coro, un momento mágico gracias al maravilloso y entonado pianísimo. Intervino también la exquisita soprano lírico-ligera Serena Sáenz, a la que se oyó regular por falta de tacto de la batuta.
Esperado crecimiento final con la Oda a la Resurrección de Klopstock, un texto que el compositor había escuchado en febrero de 1894 en la Iglesia de san Miguel de Hamburgo durante el funeral por el pianista y director Hans von Bülow. La directora llevó en volandas todo ese maravilloso cierre, en ocasiones con algo de atropello y relativa claridad, pero coronando ya el esplendente Mi bemol mayor que prevalece al cierre –y que es catapultado a los cuatro vientos por el postludio orquestal, repiques de campanas incluidos–, en el que algunos han creído ver ecos seráficos del final de Parsifal. Un acorde perfecto de doce compases, con trompetas y trombones difundiendo la última llamada a la resurrección, dio remate a la procelosa composición, un primer ejemplo de lo que se llamará más tarde tonalidad evolutiva mahleriana y que en esta ocasión, irregularidades y motas como las expuestas aparte, ha supuesto un hermoso cierre a la primera y promisoria temporada de doña Alondra.
Arturo Reverter
(fotos: David Mudarra)


