MADRID / Ludovic Tézier y Markus Merkel: Un dúo estelar

Madrid. Teatro Real. 4-X-2024. Ludovic Tézier, barítono. Orquesta Titular del Teatro Real. Director: Markus Merkel. Obras de David, Offenbach, Saint-Saëns, Massenet y Wagner.
Si bien la estrella de la función era Ludovic Tézier, un cantante ya muy conocido y reconocido por el público madrileño, cabe hablar de un recital a dúo. En efecto, la orquesta jugó fuerte entre un número vocal y otro, ambientando epocal y personalmente a los diversos autores.
Tézier es uno de los grandes nombres del mundo lírico actual. Lo es ante todo por su categoría vocal, de imponente volumen y una riqueza de timbre que se presenta y establece sin la menor dificultad de tesituras. En efecto, el cantante francés reúne a la vez al bajo barítono de graves inusualmente anchos y oscuros, con el centro baritoal tópico y un agudo tanto de barítono lírico como de belísono barítono heroico. Con este instrumentario lo estelar de la noche estuvo asegurado.
Por otra parte, Tézier es un intérprete dúctil, culto, imaginativo y elegante. Pasa de una lengua a otra – francés, alemán e italiano – con la misma propiedad, saltando de la ópera francesa tardorromántica hasta Wagner para añadir como propinas el aria final del Macbeth verdiano y la proclama quijotesca de una opereta, El hombre de La Mancha, de Mitch Leigh. Fue el brujo de Los cuentos de Hoffmann, sensual y malévolo; el doliente monarca Enrique VIII de Saint-Saëns y el monje de Massenet, deslumbrado por el tumulto brillante y pecador de la ciudad donde lo espera la cortesana Thaïs, aspirante a santa. En la segunda parte encarnó al visionario Wolfram de Tannhäuser y al Wotan de la Tetralogía, tanto en su ascenso al Wallhala como en una despedida paternal donde volvió Tézier a imponerse, aunque con un lenguaje de empaque mitológico opuesto al mundo francés, de trémula carne y sutil osatura.
Si el barítono era conocido (aunque un gran artista siempre sorprende), el descubrimiento de la velada fue el director de orquesta, un joven artista capaz de pasar del academicismo de David a la chispa offenbachiana, al cancán bíblico y orientalista de Don Camille, la exaltación decadente de Massenet y la monumentalidad wagneriana. Así nos halagó con páginas consabidas y hogareñas como la Bacanal, la Barcarola y la Meditación para ofrecernos una memorable obertura de Los maestros cantores de Nuremberg, limpia de planos, equilibrada de voces y, en especial, cimera de alturas cantables y melódicas. Tampoco faltó íntima conmoción y énfasis expresivo a la despedida de Wotan. La orquesta, como siempre, mostró su brillo de conjunto, su riqueza de timbres, la soltura de sus solistas y un afiatamiento de primer nivel.
Blas Matamoro
(fotos: Javier del Real / Teatro Real)


