MADRID / Lucieron los solistas de viento de la Nacional en el Concierto de Frank Martin

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 30-V-2025. Concierto sinfónico 23 de la temporada de la OCNE. Director: Jordi Francés. Solistas: José Sotorres, flauta. Víctor Manuel Ánchel, oboe. Javier Balaguer, clarinete. Enrique Abargues, fagot. Pedro Jorge, trompa. Adán Delgado, trompeta. Juan Carlos Matamoros, trombón. Obras de Esplá, Martin y Dvorák.
El penúltimo concierto sinfónico de la temporada de la OCNE ocurre cuando aún no ha terminado el Focus Festival (el último concierto se celebra el próximo viernes), y quizá la coincidencia no es casual: el programa se abría con el poema sinfónico El sueño de Eros, de Oscar Esplá, de quien se han escuchado en el citado festival Dos tonadas levantinas y se ofrecerá su más conocida Sinfonía Aitana en el citado concierto de clausura. Como apunta Carmen Noheda en sus notas al programa, El sueño de Eros no es música que cuenta una historia sino “evocación poética del levante español para experimentar, en las propias palabras de su autor, ‘sus escasas fuerzas sinfónicas’”. El Esplá que aún se asoma a la edad adulta cuando compone esta obra, la recordaba más tarde con afecto, y acertaba al apuntar que “se apartaba del viejo folklorismo”, como destaca Noheda. No lo hay en una música de plausible sugerencia evocadora, con guiños a su admirado Debussy, inspirada por un texto del mismo título de su amigo Gabriel Miró. Es fácil, natural, recordar el bello solo inicial de flauta con las palabras iniciales de Miró: “En lo más abrupto y apartado del monte, duerme Eros. El sueño de Eros es como el sueño del mundo sumido en la paz y negrura de la noche inmensa”.
De 1949 data el Concierto para siete instrumentos de viento, timbales, percusión y cuerda del suizo Frank Martin, un muy bien armado homenaje que puede considerarse neobarroco en cuanto a sus resonancias con el concerto grosso, y que transpira un singular colorido rítmico, con combinaciones muy bien armadas en las que las maderas (flauta, oboe, clarinete, fagot) no batallan frente a los metales (trompa, trompeta y trombón), teniendo todos, eso sí, brillantes papeles protagonistas. Especial atractivo tiene el adagietto, subtitulado con acierto misterioso ed elegante, porque ambas características se encuentran en una música que contiene algunos de los pasajes más tensos de una obra que, por lo demás, resulta generalmente luminosa y con una contagiosa sensación de movimiento. La interpretación, además, tenía un carácter, recogido en el programa de mano, de homenaje al fagotista Enrique Abargues Morán ante su próxima jubilación.

Cerraba el programa la que, para muchos, es la mejor creación sinfónica de Dvorák: su Octava Sinfonía, que hemos podido escuchar, en el último año y medio, en dos interpretaciones sensacionales: las de Semyon Bychkov con la Filarmónica Checa y la de Andris Nelsons con la Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig. El propio Bychkov se expresaba con contundencia sobre esta obra en entrevista con quien firma estas líneas: “una absoluta obra maestra”. Lo es, desde luego. Nos gana desde el emotivo tema inicial y nos capta sin remisión en el trepidante y arrollador tiempo final, de un ímpetu tan irresistible como su alegría. El enorme talento de Dvorák tiene en esta obra muchos ejemplos. Sirva el del motivo principal del último tiempo, iniciado de forma grácil y amable, y transformado después, no solo por una aceleración del tempo, en una expresión exaltada y jubilosa cuando aparece la indicación un poco più mosso.
Los solistas de viento de la Nacional citados en la ficha lucieron su gran clase en el Concierto de Martin, en una labor sobresaliente que sin duda resultó lo más destacado de la tarde. El director invitado de la ocasión, Jordi Francés, planteó la obra de Esplá con plausible intención, y obtuvo una respuesta correcta de la Nacional, cuyo ajuste, sin embargo, especialmente en la cuerda, no resultó tan redondo como en otras ocasiones. Cuidado el acompañamiento del Concierto de Martin, que tuvo tal vez su mejor momento en el vibrante final. La sinfonía de Dvorák se planteó desde el podio con más energía que sutileza en los matices o cuidada precisión. No careció la interpretación de buenos propósitos en cuanto al carácter, con estimable intención cantable en el segundo tiempo y el principio del cuarto, pero se echó de menos más finura en el dibujo de los reguladores y matices, mejor empaste y más conseguido dibujo en las transiciones (la que precede a la coda final hubiera admitido más sutileza en la expectación que crea). Concierto, pues, con mejores intenciones que resultados, en el que lo más destacable fue la sobresaliente labor de los solistas de viento de la Nacional en la obra de Martin, pero que recogió al final un notable éxito en la conclusión de la sinfonía de Dvorák.
Rafael Ortega Basagoiti
Foto: Rafa Martín


