MADRID / Lozakovich y Peltokoski: Impresionante talento de dos jóvenes extraordinarios

Madrid. Auditorio Nacional. 3-III-2026. Ciclo de Conciertos Impacta. Deutsche Kammerphilharmonie Bremen. Director: Tarmo Peltokoski. Solista: Daniel Lozakovich, violín. Obras de Kodály y Mendelssohn.
El siguiente concierto del ciclo Impacta venía de la mano de la Deutsche Kammerphilharmonie de Bremen. La agrupación alemana, una estupenda orquesta autogestionada cuyo director artístico es, desde 2004, Paavo Järvi (que también es titular de la Tonhalle de Zürich y, a tres años vista, lo será de la Filarmónica de Londres, según se anunció este martes), se presentaba bajo la dirección de quien es su principal maestro invitado desde 2022, el finlandés Tarmo Peltokoski (Vaasa, 2000). El solista de la ocasión era el también joven pero ya asentado violinista sueco Daniel Lozakovich (Estocolmo, 2001). Concierto, pues, presidido por la juventud de sendos veinteañeros de muy destacado talento. Si no falla mi memoria, era la primera presencia madrileña del director finlandés (que ya se presentó en el Festival de Granada en 2024). Lozakovich, en cambio, había actuado con anterioridad en la capital. Recordamos, entre otras, dos actuaciones con la orquesta Nacional, en 2021 (el Concierto de Mendelssohn ofrecido también esta vez) y 2025 (Concierto de Schumann).
El programa (por cierto, sensación como poco extraña la de ver un programa de mano que no incluía, aparte de los títulos, comentario alguno sobre ninguna de las obras, solo las biografías de solista, director y orquesta) se abría con las Danzas de Galánta del húngaro Zoltán Kodály, su partitura más conocida junto a Háry Janós. Inspirada en música folclórica que el compositor pudo escuchar en su infancia en la ciudad húngara de Galánta, la partitura está llena de colorido y ritmo, con indudables ramalazos de la música zíngara. La interpretación escuchada permitió en poco tiempo apreciar varias cosas. En primer término, la calidad contrastada de la formación germana, con solistas de gran clase (el clarinete, que se convertiría en una de las estrellas de la velada, a la cabeza, pero también oboe y fagot), estupendo ajuste, gran implicación y bella sonoridad. Muy sólida en todas sus familias, quedando la pequeña pifia de la trompa en el inicio de la obra de Kodály como mera anécdota.
En segundo lugar, el gran talento y el sorprendente aplomo y madurez de Peltokoski. Quien esto firma había escuchado su disco de debut para Deutsche Grammophon (tres sinfonías mozartianas con esta misma orquesta) y había quedado con la impresión de una labor nítida e incluso imaginativa en su manera de adornar profusamente las repeticiones, pero que dejaba un sabor un tanto aséptico. Su escuela es la misma que la del mediático Mäkelä (con Jorma Panula en el trasfondo), pero sus maneras se antojaron más centradas, sobrias y menos teatrales. Peltokoski evidenció una diáfana claridad gestual, pero sin aparato ni especial preocupación por eso que podríamos llamar “estética de podio”. Su atención, con una mano izquierda atenta a las indicaciones de entradas, acentos y matices, estaba en la música. Y consiguió una interpretación de cuidadísimos matices, notable impulso en la vibración rítmica, absoluta claridad de planos y envidiable riqueza de contrastes, con exquisito manejo de la dinámica.
Se ha comentado en alguna ocasión que, para Joseph Joachim, dedicatario del Concierto para violín de Brahms, y pese al aprecio que sentía por este, la joya entre los conciertos para violín del repertorio alemán es… el Concierto de Mendelssohn. El que suscribe es entusiasta incondicional del compositor de Hamburgo, así que, pese a lo que le apasionan los conciertos de Beethoven y Brahms, debe confesar que el de Mendelssohn es una debilidad muy especial. No hay introducción orquestal, el solista ataca inmediatamente (segundo compás) con una melodía de una belleza inefable. La música fluye con esa efusión inundada de elegancia y pasión que la genial pluma de Mendelssohn era capaz de dibujar como nadie. El virtuosismo está ahí, es endiablado y sin embargo no aparatoso. El canto tiene siempre una riqueza de expresión extraordinario. La cadencia es una obra maestra, y su final, con un bellísimo pasaje de ricochet para acompañar la entrada de la orquesta, es un momento memorable. Es, además, toda una novedad que Mendelssohn la sitúe no al final del movimiento, sino antes de la reexposición. El efecto es grandioso. También lo tiene el hecho de que tras el acorde final el fagot quede con una nota alargada que enlaza con el segundo movimiento. Quizá habría que decir que el efecto hubiera sido grandioso en teoría, porque un impertinente (y con amenaza de alcanzar lo pertinaz) aplauso en ese final obligó al solista de fagot a una prolongación inusitada de esa nota hasta que el aplauso se apagó y la música pudo seguir. Una prueba de que los pulmones del solista en cuestión están en buena forma.

El espigado violinista, suponemos que con el Stradivarius “ex-Sancy” de 1713 que menciona el programa de mano, puso de relieve las cualidades ya apreciadas en ocasiones anteriores: sonido precioso, generosa utilización de un vibrato que sin embargo no distorsiona entonación ni carácter, amplísima gama dinámica, articulación y afinación exquisitas y arco de envidiable agilidad. Tiene personalidad y, como tal, a menudo se aleja de la literalidad y la convención. Sin embargo, el firmante tiene la impresión de que ha modulado en estos años las inflexiones que impregnaban su lectura de esta obra de hace unos años. Su acercamiento al primer movimiento fue decididamente apasionado (como pide la indicación de Mendelssohn) y en todo momento se hizo evidente que el entendimiento con Peltokoski era perfecto, tanto en el encuadre como en el matiz. El finísimo sempre più piano que Mendelssohn prescribe en el tramo inmediatamente anterior a la cadencia y que fue traducido en esta ocasión con total fidelidad.
Fue también dibujada con personalidad, acusados contrastes y variadas inflexiones la mencionada cadencia, de envidiable intensidad, que nos gana por encima de alguna mínima y puntual aspereza. Preciosa lectura del tramo final del movimiento y transición al segundo que prometía lo suyo y el impertinente aplauso malogró. Muy bien cantado el Andante, con impecables octavas y dobles cuerdas, y emocionante pp en la reiteración del canto inicial. El tramo final del movimiento estuvo admirablemente dibujado y matizado por batuta y solista. Tras la elegante introducción (allegretto non troppo) del tercer tiempo, el allegro molto vivace se afrontó a un tempo muy veloz, en el que quizá (pese a la nítida articulación de Lozakovich) se sacrificó algo de claridad en favor de una vibración, una urgencia de contagiosa intensidad. Imposible resistirse, claro está, a ese nervio tan especial, sobre todo cuando el arco que la traduce es de una agilidad sobresaliente, como era el caso. Peltokoski confirmó que, con una facilidad aparentemente pasmosa, está en absoluto control de la nave que gobierna. El acompañamiento fue preciso, ajustado, matizadísimo.
El éxito fue comprensible y merecidamente muy grande, y Lozakovich regaló una de esas piezas que encantan a los amantes de la pirotecnia violinista en estado puro: la Paganiniana de Nathan Milstein, en la que el sueco desplegó todo el virtuosismo con apabullante brillantez.
Ocupaba la segunda parte otra obra de Mendelssohn (este concierto era fiesta mayor para quienes tanto admiramos la obra de este genio), la Sinfonía Escocesa, quinta y última del ciclo en cuanto al orden de composición, pero conocida como tercera puesto que ese fue el orden que ocupó en cuanto a publicación. Otra obra maestra, desde el melancólico inicio hasta la majestuosa finalización con la que culmina, de forma casi inesperada, el allegro vivacissimo postrero. Coda solemne, casi un himno lleno de grandeza, para una obra que transpira una bellísima efusión lírica en el primer tiempo, una luminosa animación rítmica en el segundo y una delicada nostalgia en el tercero.
La afrontó Peltokoski, de memoria, con una cuerda suficiente, pero nada sobredimensionada (8/7/5/5/3). Y reiteró las cualidades antes descritas: mando claro, atento, de los que transmite con entusiasmo, pero sin teatro, y absoluto control de lo que tiene en las manos. Y mando al servicio de una intención musical tan evidente como impecable. Una Escocesa muy bien construida, nítida en los planos, cuidadísima en los matices y reguladores, bien respirado el elegante fraseo (qué hermosura el inicio de la repetición, respetada, de la exposición del primer movimiento, con un pp de escalofrío).
Sacó el sueco el mejor partido de la agrupación de Bremen. Dibujó con vivacidad y ligereza el segundo tiempo, de envidiable vibración rítmica, en el que el clarinete se lució nuevamente (como luego también flauta y oboe). Precioso el canto del tercer tiempo e impecable construcción del movimiento final, con una perfecta transición (presidida por magníficos matices ppp de fagot, clarinete y cuerda) a la conclusión (allegro maestoso assai), apropiadamente exaltada y triunfal. Como antes en el concierto con Lozakovich, éxito muy grande y merecido, aunque Peltokoski, como su compatriota Mäkelä en el primero de los conciertos ofrecidos el pasado año, no ofreció propina. Nos queda la gran impresión de dos veinteañeros poseedores de sendos talentos extraordinarios, que permiten adivinar un porvenir, salvo imprevistos, de una brillantez fuera de duda.
Rafael Ortega Basagoiti


