MADRID / Los Schumann y los Mendelssohn, por los Schumann

Madrid. Círculo de Bellas Artes (Teatro Fernando de Rojas). 26-II-2023. Ciclo Círculo de Cámara. Katharina Konradi, soprano. Schumann Quartet (Erik Schumann y Ken Schumann, violines; Veit Hertenstein, viola, y Mark Schumann, violonchelo. Obras de Obras de Fanny Mendelssohn, Felix Mendelssohn, Clara Schumann y Robert Schumann.
El Círculo de Cámara brindó el pasado domingo una nueva cita ineludible para los amantes del género en ese marco tan adecuado y especial que es el recoleto teatro Fernando de Rojas. El joven pero ya ampliamente laureado Cuarteto Schumann (su nombre se debe a los tres hermanos que lo integran y llevan ese apellido) junto a la soprano Katharina Konradi brindaron un magnífico programa dedicado a los Mendelssohn (Fanny y Felix) y los Schumann (Clara y Robert).
La programación de una obra de cámara de Felix Mendelssohn supone, de por sí, un acontecimiento. Aunque parezca extraño, pues Mendelssohn es el autor de algunas de las obras de música clásica más populares, es muy difícil que esté presente en las salas de conciertos. A pesar de la ingente cantidad de partituras de todos los repertorios y de la calidad correspondiente a su indiscutible genio, es raro que salgamos de unos cuantos hits. Fíjense bien y verán que son pocos los pianistas que lo incluyen en sus recitales, por ejemplo. Mi teoría, un tanto frívola y tendente a la boutade, es que la posteridad no le ha perdonado que fuera guapo, rico, exitoso y hasta feliz en buena parte de su vida (y encima llevaba ese nombre, qué desvergüenza). Claro, con esos mimbres y a pesar de su temprana muerte, no hay manera de construir una leyenda romántica en condiciones.
Por supuesto, hay razones de mayor peso: se trata de una música que requiere de una claridad y precisión de ejecución mozartianas y de una técnica muy depurada por lo expuesto de su escritura, y que a pesar de su innegable belleza y encanto no contiene el efectismo y el virtuosismo evidente y arrollador de otros autores. Vamos, que el esfuerzo quizá no resulte tan rentable. Y, por último, el hecho de que sea un romántico de estructura y armazón clásica, que esté entre Pinto y Valdemoro y que el carácter de su música sí contenga Drang pero quizá no tanta Sturm, ha hecho que no se le valore en su justa medida incluso por parte de los propios músicos. Curiosamente, quizá sea ahora, de la mano de la recuperación de las obras de su hermana mayor, cuando su obra sea considerada en su totalidad. En cualquier caso, es una gratísima sorpresa escuchar estos dos magníficos cuartetos de los hermanos.
Compuesto en 1834, el Cuarteto en Mi bemol mayor de Fanny Mendelssohn revela la aprehensión tanto de tradiciones musicales previas (ese gusto por el contrapunto presente en tres de los cuatro movimientos) como de las mejores composiciones contemporáneas, pues queda patente también la influencia de Beethoven. Al fin y al cabo, su formación musical había sido la misma que la de su hermano y gozaba del privilegio de ser Kapellmeister (gracias a sus medios económicos y en su mansión privada) lo que le permitía organizar veladas donde podía ofrecer sus obras y dirigir incluso. Sorprende la audacia de ese Adagio inicial, con ese dramático comienzo, que oscila entre la introducción y la transición y que navega entre el modo menor y el mayor llenándonos de zozobra antes de desembocar en la luminosa tonalidad que rige el cuarteto.
Los Schumann tienen una concepción propia y personal de cómo ha de sonar y cómo ha de articularse un cuarteto. Hay formaciones que se piensan como una reducción de una orquesta, como cuatro secciones diferentes que se agrupan, por así decirlo. En cambio, ellos parecen pensarse más bien como un instrumento único que se despliega en cuatro voces diferentes, algo así como un órgano de cuerda. Esto se trasluce en la homogeneidad sorprendente del sonido, de los ataques, de la forma de utilizar el arco, amplia y profunda en todos sus integrantes, incluido el ‘intruso’ viola Veit Hertestein. Desde luego esta concepción imprime una innegable coherencia a la ejecución de las elecciones interpretativas, que serían marca de la casa a lo largo de todo el concierto.
Muy bien trazado todo ese entramado contrapuntístico y armónico del primer movimiento, con una intensidad inusitada desde las primeras notas, rasgo interpretativo que sería la tónica general. Y bien es verdad que se trata de una obra bastante cargada de dramatismo incluso en el Allegretto y la Romanza, pero quizá se echó de menos un poco más de contraste en los escasos momentos en los que la compositora nos da un respiro de mayor ligereza. Hay que señalar que el chelista Mark Schumann es algo así como un seguro de vida para un cuarteto por su solidez, capacidad de adaptación, equilibrio y buen gusto. También descolló el viola Hertenstein en ese tercer movimiento en el que tiene un papel destacado y en el que ya dejó claro por qué los hermanos le han hecho un hueco en la familia. Fantástico el último movimiento, de extraordinaria dificultad por la cantidad de fragmentos de homofonía a dos, tres o cuatro instrumentos a toda velocidad, con las dificultades que eso comporta.
El Cuarteto en Fa menor op. 80 de Felix Mendelssohn fue compuesto precisamente a modo de réquiem para Fanny. Es conocida la terrible conmoción que supuso para el compositor la muerte de su hermana, acaecida el 14 de mayo de 1847, hasta el punto que, también debido a la desgraciada herencia genética, le produjo un derrame cerebral y también su propio fallecimiento. De hecho, esta obra se estrenó en el primer aniversario de la muerte de Félix, casi como réquiem para ambos. Como se puede deducir de la situación, el carácter trágico impera en muchos momentos, aunque la obra no está exenta de esa búsqueda de luminosidad del carácter propio de los Mendelssohn y también de una fe religiosa que quiere esperar algo mejor lleno de misericordia divina. Fue precisamente este carácter de dramatismo desgarrador y casi de rebeldía contra el destino lo que los Schumann tradujeron con mayor vehemencia y acierto y lograron hermosos contrastes con los escasos momentos de calma y lirismo del primer movimiento.
El difícil comienzo sincopado del segundo movimiento estuvo perfectamente ajustado y marcó una pulsación rítmica perfectamente mantenida durante todo el Allegro assai, cosa nada simple por otra parte. Estuvo fantásticamente dibujada esa segunda sección que recuerda las siniestras cantilenas populares con bajo ostinato que hablan sobre la muerte (esos tañedores de zanfoñas evocados en lieder tan conocidos) y resultó especialmente evocadora su forma de llevarnos hacia ese final que se desvanece en la nada con unos pizzicati, como si fueran hojas que arrastra el viento. El tercer movimiento pretende traer consuelo mediante un remanso de lirismo recogido, muy intenso por lo rico y compacto de las armonías y por cierta rítmica siempre presente de manera más o menos evidente que evoca algo así como un pálpito continuo y anhelante. Esa densidad de escritura le sienta a los Schumann como un guante precisamente por su forma de enfocar el cuarteto y por su talante que tiende a la profundidad y encontraron la expresión justa con un equilibrio fantástico entre voces y entre secciones.
El contraste con el último movimiento llegó sin respiro, en esa especie de huida hacia adelante ante lo ineluctable. Estupendos esos momentos en que el violín parece lograr imponerse con una melodía cantabile pero hay unos trinos que pasan de uno a otro instrumento que no anuncian más que una terrible certeza. Remarcamos de nuevo la estupenda pulsación rítmica de este cuarteto, porque en obras como ésta, en las que el carácter empuja hacia la cabalgada, es importantísimo saber mantener ese timón rítmico bien firme precisamente para obtener el mayor efecto posible. Y así consiguieron arrastrarnos casi sin aliento a través de ese diabólico y trágico final en el que estuvieron fantásticos cada uno en su parte y todos en conjunto.
La segunda parte comenzó con la adaptación para cuarteto de cuerda que el gran compositor Aribert Reimann hizo de tres Lieder sobre poemas de Heinrich Heine de Clara Schumann y de los Sechs Gesänge Lieder op. 107 de Robert Schumann. Reimann no es sólo uno de los más importantes compositores de ópera del XX y XXI, sino que también ha sido un gran acompañante y ha escrito mucho repertorio para canto y piano. Sin duda, escogió muy sabiamente los lieder que quería adaptar y lo hizo con el rigor y conocimiento que le son propios. El resultado es muy bueno en cuanto a la escritura y, sobre todo, aporta la posibilidad de poder incluir este repertorio en un concierto con cuarteto de cuerda, lo cual resulta muy atractivo. Sin embargo, la escritura original es tan idiomática que tampoco aporta nada desde el punto de vista musical y si acaso, le resta un poco de carácter íntimo y ensoñador. Para su interpretación se sumó al cuarteto la soprano Katharina Konradi, que tuvimos la ocasión de escuchar junto a Malcolm Martineau en la pasada edición del Ciclo de Lied de la Zarzuela y más recientemente en el Auditorio Nacional junto a la Filarmónica de Múnich bajo la batuta de Krzysztof Urbański en la Cuarta sinfonía de Mahler.
Konradi posee una voz bellísima, de soprano ligera pero con una calidez tímbrica un tanto inusual en este tipo de voces que la hace particularmente atractiva. De caudal pequeño pero muy bien proyectado y una redondez muy peculiar, en cuanto emite dos sonidos logra conquistar al oyente con su afinación perfecta y su técnica irreprochable. Sin embargo, faltó algo de implicación en la expresión de los textos. La mayor parte de ellos tratan sobre la pérdida amorosa, cuando no sobre la soledad o la muerte propia o incluso el suicidio (la Ofelia de Hamlet) y aunque no sean de carácter trágico en lo que a la escritura musical se refiere, es precisamente ese contraste entre texto escrito y su traslación a partitura lo que tiene que ser traducido por la voz, como pasa también muy a menudo en Schubert. Quizá está Konradi excesivamente pendiente de su voz, quizá pretendía adaptarla lo mejor posible a esa formación, pero quizá también por esas razones no se metió lo suficiente en esos magníficos textos. Aun así, cantó estupendamente y los Schumann estuvieron impecables de cuidado hacia la voz y de equilibrio sonoro.
Se cerró el concierto con el Cuarteto en La Mayor op. 41 nº 3 de Robert Schumann escrito en 1842, año prodigioso para su producción camerística, puesto que también compuso los otros dos cuartetos y el Cuarteto y el Quinteto con piano. Para quien suscribe, fue esta la obra en la que los Schumann dieron lo mejor de sí y estuvieron realmente impresionantes. La intensidad de su forma de tocar parece encontrar acomodo natural en esa expresión íntima y profunda del carácter schumanniano. Tradujeron perfectamente la elegancia y el vuelo lírico del primer movimiento, con ese tema que tanto recuerda a la célula inicial de la Sonata para piano nº 18 de Beethoven. Transitaron con total naturalidad entre las secciones, cosa que no siempre es fácil en ese carácter tan voluble de Schumann. El segundo movimiento fue uno de los grandes momentos de este concierto, con ese tema con variaciones de mucha mayor inestabilidad emocional que se trasluce en cambios constantes de ritmo, texturas y ataques.
Fantásticos viola y violonchelo en la primera variación y contundentes y perfectos todos en esa especie de fuga furiosa que contrasta con ese lamento que es la tercera variación donde nos brindaron preciosos cantabiles, antes de retomar la furia de la inolvidable cuarta variación, que es uno de esos momentos milagrosos de la música de cámara de Schumann y apagar el fuego en ese final reposado. El Adagio molto fue una delicia de lirismo, delicadeza, entrega y equilibrio, además de un modelo de cómo gestionar la tensión en esa sección central de inquietante ritmo ostinato con una labor magnífica de la viola. El Allegro final, una suerte de Rondó de resabios cortesanos y también populares henchido de alegría estuvo lleno de colores tímbricos y de ligereza expresiva que esta vez sí estuvo presente, hasta arrastrarnos hacia el torbellino de la coda en un entusiasmo sin freno con esa sabiduría rítmica que parece marca de la casa.
Como propina, repitieron junto a Konradi el bellísimo tercer lied de Clara Schumann, Ihr Bildniss. Un gran concierto más de este ciclo junto a un Cuarteto Schumann que esperamos volver a escuchar más pronto que tarde.
Ana García Urcola


