MADRID / Los hermanos Zapico recrean el canto del cisne del laúd y la tiorba

Madrid. Centro Cultural Fernán-Gómez. 28-VI-2026. VII Ciclo de Música Antigua de la Comunidad de Madrid. Pablo Zapico, archilaúd; Daniel Zapico, tiorba. Música compuesta y recopilada por Filippo della Casa y Antonino Reggio.
Concluyó el VII ciclo de Música Antigua de la Comunidad de Madrid con dos de los hermanos Zapicos, Pablo y Daniel, interpretando un programa con el que llevan cosechando —y sembrando— alegrías desde hace algún tiempo: música del manuscrito de Filippo della Casa entreverada con la de otro compositor prácticamente desconocido, Antonino Reggio.
Filippo della Casa (1737-p.1811) fue un profesor de pintura afincado en Bolonia que tenía el archilaúd entre sus grandes pasiones. Recopiló a lo largo de su vida una colección de Suonate di Celebri Auttori per l’Arcileuto Francese que donó en su vejez (1811, cuando decía contar con 74 años de edad), junto con su propio instrumento y un autorretrato cronológicamente muy anterior —que, por cierto, no le caracteriza como retratista de primera fila— al Liceo Filarmónico de su ciudad, actual Conservatorio Statale di Musica G.B. Martini. Son pocas las piezas contenidas en este manuscrito a las que puede asignarse una autoría concreta —entre ellas, una de Tommaso Martelli (?-1706), que fue interpretada aquí—. Quedan, pues, como anónimas y con la duda de si no serán algunas —o muchas— de su propia invención.
Antonino Reggio (1725-1780), por su parte, fue un clérigo de origen siciliano, entroncado con los príncipes de Campofiorito y formado en los jesuitas de Palermo, que durante trece años ejerció como mensajero del Nuncio Apostólico en Portugal —iba y venía de Roma a Lisboa con frecuente regularidad—, estableciéndose después en Roma, donde fue nombrado prelado doméstico en el Vaticano. Poseía profundos conocimientos de música y además de destacar como intérprete de clave y violonchelo, compuso un puñado de obras religiosas y sonatas para clave, violonchelo y, lo que nos importa en este momento, para laúd y bajo continuo.

El denominado arciliuto francese de Della Casa era, de hecho, “un clave portátil”, afirma Pablo Zapico. Pero la música escrita para él admite perfectamente su interpretación por un laúd o archilaúd con su correspondiente continuo. La elección de la tiorba, de la misma familia y con un timbre que se complementa magníficamente con aquel es casi natural y la vía elegida por los intérpretes. Y así, el repertorio de Della Casa y el de Reggio se convierte, hasta donde hoy se sabe, en la última música compuesta para unos instrumentos que, tras haber desempeñado un destacadísimo papel en la vida familiar, social y profesional durante los siglos XVI y XVII, desaparecieron con inusitada rapidez desde mediados del siglo XVIII. Se añadió una Sinfonia a solo di arciliuto, enigmática y anónima, pero emparentada con la recopilación de Della Casa (uno de sus movimientos se reconoce en su manuscrito).
Se trata, en general, de una música de estética galante, con rasgos, en ocasiones, preclásicos o abiertamente clasicistas, en el caso de la Sinfonia, no trascendental, desde luego, pero sí amable y muy bella. Los hermanos Pablo y Daniel Zapico la han rescatado oportunamente, grabaron un aplaudido disco dedicado al manuscrito de Della Casa (The Filippo della Casa Collection, 2020) y con un archilaúd construido por José Miguel Moreno, el primero, y una espléndida tiorba de Jaume Bosser, el segundo —unánime exclamación de sorpresa emitió el público, por cierto, cuando al final del concierto mostró las bellísimas taraceas del envés del mástil— la presentaron el pasado día 28 en Madrid. Si está, como fue el caso, bien defendida, tenemos todos los mimbres para que resultara un gran concierto.
Porque los hermanos Zapico, que han realizado, cuando ha sido necesario, impecables trascripciones y arreglos para adaptarla a sus instrumentos, poseen una sólida técnica y dominan los recursos estilísticos. Consiguen un equilibrio perfecto entre el archilaúd y la tiorba y exploran con exquisitez los matices tímbricos que los complementan y diferencian. Sonó magníficamente la tiorba cuando interpretó a solo algún movimiento. Manejan con soltura, por otra parte, el arte de la ornamentación, que aplican con buen gusto y sin gratuitas exageraciones. Subrayaron el carácter optimista de la música y supieron teñir con un tono delicadamente poético ciertos movimientos lentos. Y, dada la proximidad física propiciada por la sala, su natural capacidad de comunicación se transformó rápidamente en creativa complicidad con el público. Que rubricó, naturalmente, con una salva de aplausos tan hermoso concierto.
Manuel M. Martín Galán
(Fotos: Rubén Fernández Mendoza)


