MADRID / ‘Les Indes galantes’ en la calle

Madrid. Teatro Real. 28-V-2025. Julie Roset, soprano; Ana Quintans, soprano; Matthias Vidal, tenor; Andreas Wolf, bajo-barítono. Coro de Cámara de Namur. Capella Mediterranea. Director musical: Leonardo García-Alarcón. Directora de escena: Bintou Dembélé. Rameau: Les Indes galantes (versión semiescenificada).
Como dijo en sus cariñosas palabras finales Leonardo García-Alarcón, ayer se vivió un acontecimiento histórico en el Teatro Real, pues pudimos asistir a la primera representación de una ópera de Rameau en el coliseo madrileño. Algo que sorprendió al director argentino, como no podía ser menos. El repertorio barroco francés no está bien tratado en la capital y es una verdadera lástima, porque, al margen de sus valores y bellezas, el público, como pudo observarse anoche, responde con entusiasmo cuando hay un buen trabajo detrás.
En esta ocasión se ha optado por presentar una versión semiescenificada y –hay que decirlo– muy recortada de la obra maestra ramista. Como es bien sabido, el género de la ópera-ballet (generalmente designado como “ballet” en las fuentes contemporáneas) es uno de los muchos subgéneros de la opera barroca francesa y consiste en una serie de actos o entrées –tres o cuatro por lo general– autónomos y ligados solo por una vaga temática común, precedidos por un prólogo. En este caso la temática es el amor en las indias, que, en el lenguaje de la época, hacía referencia a lugares más o menos remotos hacia oriente y hacia occidente: Asia y América. Una excusa, en suma, para presentar al público parisino de 1735 una ambientación exótica y pintoresca con el habitual tema amoroso como fondo.
Como se ha anticipado, los cortes han sido muy serios y profundos: unos cuarenta minutos, afectando al prólogo y las cuatro entradas. La más damnificada fue la tercera, Les Fleurs, una deliciosa comedia de enredo –que incluye hasta una escena travestida– ambientada en Persia, que quedó reducida a cuatro momentos; bellísimos, sin duda, pero sin trama alguna. Muchos de los diálogos, arias y danzas han quedado amputados, para desolación de los amantes de Rameau.

Después de leer la nota introductoria que la regista Bintou Dembélé ha escrito para el programa de mano, no me ha quedado claro cuál es el planteamiento escénico de la propuesta, más allá de querer introducir baile callejero contemporáneo (break dance, hip hop, etc.) en un contexto que se presta poco a ello. Como sabrá el lector que haya seguido mis contribuciones, servidor es bastante reaccionario en lo que se refiere a la escenificación de óperas barrocas, pues soy un decidido partidario de lo historicista también en lo que se hace encima del escenario.
He de decir que, en lo coreográfico, a salvo de la Danza de la gran pipa de la paz, en la entrada final, no hubo nada que molestase y, aun en este caso, no era difícil hacer abstracción. Es algo que ya hemos visto (recordemos aquellos Les Paladins con Christe en París hará una veintena de años) y a lo que estamos acostumbrados. No obstante, no puede dejar de recalcarse que el público reaccionó encantado a la propuesta coreográfica y una jovencita sentada a mi lado disfrutó de lo lindo, por lo que pude apreciar. Así que no se fíen mucho de quien esto firma.
El diseño escénico estuvo presidido por un anillo que subía y bajaba del techo, dotado de iluminación diversa: focos en los extremos, perímetro en LED y un centro que generaba distintos efectos según lo que requería cada escena. En muchas ocasiones no se notó en exceso, pero dio sus frutos sazonados en Les incas du Pérou, donde se logró un resultado muy hermoso en la escena de la invocación solar y efectivo en la erupción volcánica. El vestuario, como es de imaginar, estuvo volcado en lo que ahora llaman urban, y la dirección de actores fue correcta, dependiente en buena medida de las dotes de cada cantante (extravertido Matthias Vidal, más acartonado Andreas Wolf).
Las mayores virtudes se centraron en lo musical. García-Alarcón es un director de gran prestigio que se mueve bien en el repertorio francés –excelente su reciente incursión en una ópera inédita del Regente de Francia, Felipe de Orleans–. En esta ocasión, dirigió con mucho tino, equilibrando el nervio en los pasajes más impactantes con el mimo en los más delicados, aunque debe reconocerse que son estos últimos donde la versión alcanzó lo sublime. La Cappella Mediterranea es un conjunto avezado y excelente, pero, lamentablemente –y estas son cosas que quedan muchas veces al margen de los artistas– se presentó con efectivos bastante exiguos para una ópera de esta envergadura, que exige bastantes más cuerdas y maderas, en particular en un espacio como el del Teatro Real. De hecho, el continuo era prácticamente inaudible. Y ya que estamos con este aspecto, llamó la atención la presencia de cuerda pulsada en una pieza destinada a la ópera de París en una época en que ya había desaparecido por entero, con inclusión, además, no solo de tiorba, sino también de guitarra barroca y de una especie de mandorla, algo completamente ajeno al bajo fundamental francés.

El coro, por el contrario, fue una continua fuente de placer. El Coro de Cámara de Namur se sitúa en el olimpo del mundo coral y lo demuestra en cada representación y en cada grabación. Aquí lograron momentos formidables, en la escena del naufragio (primera entrada) la de la invocación y la erupción volcánica (segunda entrada) y en el maravilloso Tendre amor de la tercera entrada, de una delicadeza excepcional, al crear una atmósfera mágica en su sutileza. Su proyección, además, permitió que se escuchase, incluso en pianísimo, a las mil maravillas, a pesar de las ubicaciones en ocasiones problemáticas.
El reparto fue muy homogéneo y de gran altura, reducido a cuatro cantantes, que asumieron múltiples papeles cada uno. Esta parquedad solo produjo problemas en la cuarta entrada (Les Sauvages), toda vez que Andreas Wolf tuvo que asumir simultáneamente los roles de Adario y Don Alvar, a falta de un segundo barítono, con la consiguiente confusión. Ana Quintans hizo unas Hébé y Emilie excelentes, en particular esta segunda, valiente y decidida. Con una técnica envidiable, exhibió su belleza vocal y su estupenda proyección. Julie Roset tiene una voz más pequeña y aguda, pero purísima, fresca y juvenil, ideal para Phani, papel en el que dio una lección de delicadeza y expresividad en la maravillosa Viens, Hymen, donde la atmósfera se suspendió, gracias también al precioso acompañamiento de flauta de Olivier Riehl. Bordó igualmente la virtuosa ariette Papillon inconstant en su encarnación de Fatime (4ª entrée). Mathias Vidal es pura electricidad, asertivo, expresivo, jamás defrauda en ninguna de sus intervenciones y esta no fue la excepción; un animal de teatro, hizo que disfrutásemos cada pasaje. Andreas Wolf tiene una voz muy bonita, posee volumen, proyecta bien y su técnica no tiene mácula, sin embargo, no se relajó lo suficiente en su bellísima aria Clair flambeau du monde (Huascar), hasta que llegó la intervención del coro, que, de nuevo, nos hizo tocar el cielo. Muy bien su dúo con Zima Hymen, viens nous unir, donde Julie Roset estuvo exquisita. Todos ellos lograron quizá el momento más bello de la ópera, el cuarteto Tendre amor, en el que, con el posterior concurso del coro, nos dieron una lección de delicadeza y buen gusto.
Como ya se ha adelantado, el respetable se mostró entusiasmado, así que bien se puede decir que debemos saludar con satisfacción esta primicia como un paso más en la introducción de la ópera barroca francesa al público madrileño.


