MADRID / Les Arts Florissants inauguran el FIAS con un Campra conmovedor

Madrid. Teatros del Canal. 29-III-2026. Festival Internacional de Arte Sacro de Madrid. Rachel Redmond (soprano), Richard Pittsinger (haute-contre), Bastien Rimondi (tenor), Matthieu Walendzik (barítono). Coro y orquesta Les Arts Florissants; William Christie, dirección. Obras de André Campra.
Arrancó la trigésimosexta edición del Festival Internacional de Arte Sacro de Madrid (FIAS), la primera tras la fructífera etapa de Pepe Mompeán a su frente, en la que el certamen se situó como una de las principales citas de la música antigua en nuestro país. Ha tomado el relevo el violonchelista y director de La Ritirata, Josetxu Obregón, quien se ha visto en la difícil tesitura de mantener el nivel desde una posición un tanto comprometida al tener que elaborar una programación como juez y parte. En principio su cometudo es por un año, pues la idea es que el director cambie cada año, lo que situará en cada cita al nuevo responsable en la misma delicada situación y dificultará la continuidad del proyecto artístico.
Una de las grandes novedades del nuevo formato —que por lo demás mantiene algunas de las señas de identidad anteriores— es la de contar con un grupo de prestigio internacional a modo de artista en residencia, que en esta edición abrirá y cerrará el festival. Les Arts Florissants, el ya legendario conjunto que fundó y dirige William Christie desde hace casi cincuenta años, ha sido el elegido para ofrecer tres conciertos, el primero de los cuales, íntegramente dedicado a la música de André Campra, es el que nos ocupa.
Nacido en 1660, la formación de Campra y los primeros puestos como maestro de capilla tuvieron lugar en su Provenza natal. En 1694 logró ser nombrado maestro de música de la catedral de Notre-Dame de París. Aunque en sus primeros años de carrera se consagró a la música sacra, el espectacular éxito de su ópera-ballet La Europa Galante decidió al compositor a abandonar su prestigioso puesto y encaminar sus pasos hacia el proceloso mundo de la escena teatral. Era una época en la que la alargadísima sombra de Lully, aunque fallecido años atrás, se seguía proyectando sobre todo músico que se iniciaba en el mundo operístico francés. Compositores como Charpentier, Desmarest, Marais o Destouches padecieron en distinto grado las consecuencias de buscar su propio camino y distanciarse —en algunos casos no tanto— del paradigma de la tragédie-lyrique que definieron Lully y su libretista Quinault. Campra sorteó las dificultades del reto alumbrando el nuevo género de la opéra-ballet en obras como Le carnaval de Venise o Les fêttes vénitiénnes si bien también estrenó notables tragedias líricas como Tancrède o Idoménée. En 1723, cuando terminó otro monopolio musical —el que ejercía Delalande en la Chapelle Royale—, Campra logró el cargo de sous-mâitre de esta institución, asumiendo la responsabilidad de la misma durante un trimestre al año. De esta manera, volvió a componer una nada desdeñosa cantidad de música religiosa.
El programa comprendía dos de los mejores ejemplos de la producción sacra del autor. Comenzó el concierto con el Miserere compuesto hacia 1725 como parte de sus obligaciones en la mencionada Chapelle Royale. Obra de considerables dimensiones para orquesta, solistas y coro, Campra respeta en ella la tradicional división entre petit choeur —formado en este caso por cuatro solistas—, y grand choeur —el coro en su conjunto— a cinco voces. Precisamente, Christie resaltó el contraste entre secciones más intimistas y más rutilantes. Aunque cuidó en todo momento el balance entre voces e instrumentos, no jugó en favor de los intérpretes la acústica de la Sala Roja de los Teatros de Canal, poco cómplice de las sutilezas buscadas, absorbiendo el sonido como una esponja. Afortunadamente, en cuanto los intérpretes se adaptaron a ella los resultados empezaron a ser más que notables, logrando una interpretación conmovedora de este salmo penitencial. Excelentes durante toda la noche los solistas, especialmente el haute-contre Richard Pittsinger, el tenor Bastien Rimondi —del que ya hemos glosado sus virtudes en reseñas anteriores— y el barítono Mattieu Walendzik. Todos ellos derrochan juventud, un gran conocimiento del estilo y poseen voces muy gratas, que supieron proyectar a pesar de las difíciles condiciones.
El Réquiem de Campra pertenece a esa estirpe de obras del género como las de Jommelli o Fauré en las que el patetismo y lo trágico ceden a la luminosidad y la esperanza. Se desconoce quién fue el destinatario aunque se baraja la posibilidad de que fuera el arzobispo de París, Monseñor de Harlay, fallecido en 1695. Sin embargo, algunos especialistas datan la obra hacia 1722, por lo que podría haber sido concebida para un aniversario de su muerte. El manuscrito conservado, de mano del propio compositor, es posterior, de la década de 1730, por lo que se piensa que la obra fue revisada por Campra por esas fechas. Es curioso que Christie, uno de los grandes apóstoles de la música barroca francesa, haya tardado tanto en acometer en su totalidad una de las cimas de la música religiosa del país galo. Quizás por haberlo hecho ahora, su concepción es más sosegada de lo que podría haberlo sido hace años. Encaró el introito inicial con gran solemnidad y esa fue la tónica de toda la interpretación: tempi lentos que realzaron la serenidad de esta música soberbia, con un coro y orquesta perfectamente empastados, lo que dotó a la interpretación de una profundidad como pocas veces hemos escuchado. Las disonancias sonaron menos ásperas que en otras lecturas y no cayó en los tentadores efectismos en que incurren algunos colegas. Pero no faltó dramatismo en el gradual y el ofertorio ni lirismo en las partes solistas a lo largo de toda la obra, logrando una interpretación sobresaliente. Y delicadeza, mucha delicadeza y sensibilidad en secciones como el Agnus Dei, con ese diálogo maravilloso entre tenor y flautas. Cuando se apagan las últimas palabras pronunciadas por el coro (“cum sanctis tuis in aeternam quia pius est”) la visión optimista y reconfortante de este réquiem es difícil que no inunde al oyente. A juzgar por los aplausos así ocurrió con el público y como agradecimiento los intérpretes repitieron el inicio del Miserere, que ahora sonó mucho mejor porque a esas alturas ya estaban en un estado de gracia.
Imanol Temprano Lecuona


