MADRID / Lejárraga, en buenas manos

Madrid. Teatro de la Zarzuela. 19-XI-2024. Aida Gimeno, soprano. Carlos Sanchís, piano. Memoria y olvido. Obras de Turina, María Rodrigo, Falla, Ortega, Bautista y Mariño.
Siempre es interesante e ilustrativo acercarse a las sesiones llamadas del Ambigú, en la sala donde antiguamente se instalaba el bar, en el primer piso del Teatro de la Zarzuela. Allí tienen lugar conciertos de cámara a veces de alto contenido musicológico, y en los que con frecuencia se alumbran novedades y recuperaciones curiosas y sorprendentes. En esa línea hemos de situar el recital de la soprano segoviana Aida Gimeno, una lírica ya bastante cuajada, de sana emisión, buen apoyo, fiato bien administrado, extensión adecuada y timbre penetrante y estupendamente coloreado.
Pronuncia con claridad y hace alardes, siempre apegados a la justa expresión, de regulación bien medida, a lo largo de una línea de canto acertadamente esculpida, con pianos y pianísimos de excelente factura. En estos últimos, aunque están bien apoyados, falta a veces algo de sustancia. Todo ayuda a la expresividad, no por muy estudiada menos eficaz. Algo que vino muy bien a la ejecución de un programa muy didáctico en el que se hurgaba en algunas de las canciones con pie literario en versos de la gran María de la O Lejárraga, aquella infatigable y longeva escritora (1874-1974), esposa de Gregorio Martínez Sierra, quien firmaba muchas veces los textos escritos por ella.

Con ese pie literario pudimos escuchar en este encuentro algunas piezas vocales muy hermosas. Como el couplet París está en medio del mundo de Margot de Turina (1914), donde apreciamos ya la sana vibración de la voz y su habilidad para resaltar los contrastes forte-piano. En las tres miniaturas de los Ayes de María Rodrigo (1924) anotamos las dotes actorales de la cantante en un buen juego de matices. Luego, tras El pan de Ronda que sabe a verdad de Falla (1915), nos embebimos en las ocho miniaturas del ciclo Pascua florida del director y compositor del siempre activo y estimulante Miquel Ortega (1963), donde el músico demuestra su inventiva y su sutileza a través de un lenguaje cambiante y afirmativo, no exento de toques poéticos, cerrado con una aflamencada y rutilante Mañana de abril, impulsado por una voz en expansión.
De Violeta (Colores) de Julián Bautista (1922), para piano solo, aspiramos un sano perfume debussyano, muy distinto al un tanto procesional de Villancico de las madres que tienen a sus hijos en brazos (1921) del mismo compositor. Más contrastada y dramática la de Falla sobre el mismo texto, dicha con calor por la soprano, que cerró la actuación programada con un estreno: Contra el amor de Borja Mariño, que sirve con resuelta escritura, animada, contrastada, de muy libre armonía, las palabras de Lejárraga a lo largo de un curso muy a lo Poulenc y con ribetes de aquellos clásicos frutos de un género conocido como melólogo, en el que fueron episódicamente maestros Mozart o Beethoven o, particularmente, Georg Benda (1722-1795) y en los que el piano pintaba la situación dramática dejando espacio para el recitado de la voz.
Gimeno, bien acompañada en todo momento por el eficaz y expresivo Sanchís, atento, sutil, bien plegado al canto, variado de colores, nos llevó en volandas a lo largo de los más de 15 minutos que dura la pieza. Lástima que en el escueto programa de mano (al menos había eso) no se incluyeran los textos. Habrían ayudado mucho para la comprensión general. La cantante, que cantó todo de memoria, un esfuerzo que hay que aplaudir, y que presentó con gracejo cada una de las obras, ofreció al final un regalo de María Rodrigo: la salerosa Desperté y la vi. Muchos aplausos de los 150 espectadores que colmaban el ambigú y sonrisas por doquier.
Arturo Reverter


