MADRID / Lección brahmsiana de Kavakos

MADRID / Lección brahmsiana de Kavakos

Madrid. Auditorio Nacional (Sala Sinfónica) 1-XI-2021. Ibermúsica 21-22. Orquesta Sinfónica de la Radio de Berlín. Leonidas Kavakos, violín. Director: Vladimir Jurowski. Obras de Mozart, Brahms y Schubert.

La historia de la Sinfónica de la Radio de Berlín, que se remonta a su creación en 1923, incluye en la nómina de sus directores titulares nombres tan ilustres como los de Sergiu Celibidache, Eugen Jochum o Hermann Abendroth, pero también el de uno de nuestros más internacionales maestros: Rafael Frühbeck de Burgos, que ocupó el podio entre los años 1994 y 2000 (ya tras la reunificación alemana; la orquesta había quedado en el Berlín oriental tras la guerra). Tras el largo mandato de Marek Janowski (2002-16), el ruso Vladimir Jurowski (Moscú, 1972), uno de los maestros con más presencia en el actual panorama, es quien tiene la titularidad desde 2017.

La orquesta alemana se presentaba por vez primera en este ciclo, lo que ya de por sí constituía un ingrediente de interés. La vigésimo segunda presencia madrileña de Jurowski para Ibermúsica ha sido, por tanto, la primera con una orquesta diferente de la Filarmónica de Londres, que protagonizó todas sus visitas anteriores, excepto una con la Joven Orquesta Gustav Mahler (2018), con la que protagonizó, por cierto, una memorable Octava de Shostakovich.

El programa se desarrollaba en coordenadas bien diferentes al del concierto con la Mahler Jugendorchester mencionado (centrado entonces en los rusos Prokofiev y Shostakovich), y comprendía obras del Clasicismo y primer Romanticismo, lo que nos situaba ante un Jurowski distinto: el que se mueve a gusto en las aguas próximas (ma non troppo, como después veremos) de lo históricamente informado.

Quiere esto decir, que sin llevar las cosas a extremo ni en los instrumentos (nada de trompetas originales, por ejemplo) ni en otros detalles (omisión del diminuendo prescrito sobre el acorde final de la sinfonía schubertiana, que Harnoncourt respetaba de forma escrupulosa, para sorpresa, según confesión propia, de la mismísima Filarmónica de Viena, en cuya biblioteca descansaba el manuscrito; el maestro ruso optó por un final rotundo en el que, si acaso, produjo lo contrario, un crescendo final del timbal), los acercamientos primaron la austeridad de vibrato, arcos cortos (algunos muy cortos), planteamiento más camerístico y ataques con notable énfasis en el spiccato y los acentos en el entorno del sfz-p. Si hace poco menos de un mes comentábamos la aproximación muy postwagneriana y furtwängleriana de Barenboim a las sinfonías interpretadas entonces de Beethoven y Schubert, hoy tenemos que apuntar que el acercamiento de Jurowski se sitúa casi en las antípodas de aquel, mirando más bien (aunque a distancia considerable en muchos aspectos) a la herencia del fundador del Concentus Musicus.

El maestro ruso, de gestualidad clara y evidente pero no especialmente exuberante, planteó así una obertura del Don Giovanni mozartiano de rotunda, casi un punto adecuadamente arisca afirmación en los crudos acordes iniciales de un andante más apropiadamente tenso que solemne. El Molto allegro siguiente fue nítidamente dibujado por la batuta, sin llevar el tempo a extremos de arrebato en que la claridad de la articulación de las filigranas de la cuerda pudiera verse afectada. Versión, en todo caso, de plausible vibración, aunque podría haber admitido más tensión y contraste.

La segunda parte estuvo ocupada por la Sinfonía D 944, “La Grande”, de Schubert, a la que el programa, con inteligencia, optó por no otorgar numeración, dado el batiburrillo que se ha producido en la numeración del corpus sinfónico del compositor vienés. Las idas y venidas de una Séptima que en unas numeraciones ‘no fue’, en otras era la Grande, se saldaban con el absurdo de encontrarnos ciclos sinfónicos schubertianos (uno tras otro) grabados que saltaban de la Sexta a la Incompleta (numerada como Octava), de forma que La Grande era la que toda la vida hemos conocido como Novena.

En el rio revuelto del desmadre, los anglosajones siguen considerando que la D 729 (bocetos de los cuatro movimientos… pero nunca progresó más allá de eso) es la Séptima, la Incompleta es la Octava y la Grande es la Novena. Pero como la revisión del catálogo Deutsch decidió prescindir de la séptima fantasma y otorgó el número siete a la Incompleta y el ocho a la Grande (numeración aplicada por ediciones bien celebradas como la Bärenreiter), la ceremonia de la confusión está servida, así que mejor referirse al asunto como Sinfonía D 944 que es lo que ha hecho, con inteligencia, Ibermúsica.

Esta última (de la presunta Décima mejor no hablar) creación sinfónica de Schubert es una obra densa, de escritura ingrata e incómoda para la orquesta (especialmente la cuerda: son bien conocidas las quejas de los instrumentistas sobre los largos pasajes en tresillos del último tiempo, a una velocidad que compromete el ajuste; algún maestro ilustre llegó a diseñar algún que otro truquillo para salvar el compromiso sin que la cosa se notara demasiado), pero de una intensidad y belleza indudables si se la dota de la adecuada tensión interna y se sortea la relativa reiteración de algunos pasajes planteando las debidas inflexiones que otorgan variedad al discurso.

Jurowski, decíamos, se acerca a Schubert desde planteamientos radicalmente diferentes de los de Barenboim. Aquel planteó, con una plantilla de cuerda 14/12/10/8/6, una Incompleta manifiestamente romántica y, como apunté antes, declaradamente postwagneriana. Jurowski, por el contrario, empleó para la más brillante Grande, una cuerda de 10/10/6/5/3, sin duda más en consonancia con lo que en aquellos tiempos se estilaba, y con una perspectiva que miraba más al Clasicismo del que venía que al Romanticismo al que se encaminaba. Ello le permitió un planteamiento muy nítido, que quedó no obstante algo corto de densidad (la cuerda de esta orquesta no es la de la Staatskapelle).

Llamó la atención el comienzo, casi como un recitativo, de las dos trompas (con el director inmóvil, dejando manifiesta libertad a sus instrumentistas para esos compases), curiosamente a un tempo decididamente más pausado que el Andante prescrito que, en efecto, entró en vigor con la incorporación de la cuerda, a tempo considerablemente más animado. El Allegro ma non troppo siguiente (con la repetición incorporada, de hecho, Jurowski respetó todas las repeticiones de la partitura, con lo que la interpretación se prolongó cerca de una hora; no es en absoluto un reproche, simplemente un apunte informativo) quedó dibujado con puntillosa atención al detalle antes que con cuidada elaboración de tensiones. Los contrastes, sin embargo, estuvieron presentes, y el final del movimiento, sin concesiones (muy tradicionales, pero no prescritas) a la solemnidad, resaltó ese carácter de afirmación rotunda antes comentado para Mozart.

Tempo ligero en el Andante, bien cantado, con excelentes prestaciones de oboe, clarinete, fagot y trompas (estupendos pp de estos), aunque pudo esperarse más tensión en la más desgarrada sección central. El Scherzo, pese a algún ajuste dudoso de la cuerda en la segunda parte del mismo, fue probablemente lo más redondo de la obra, con suficiente chispa en la sección principal y bien entendido rubato en el Trio. El (con razón) temible Allegro vivace se tradujo a tempo adecuadamente vivo, con nervio y sin concesiones, siempre con esa transparencia antes citada antes que con la riqueza de contrastes y tensiones que recordamos en otras lecturas. Final rotundo (ya se comentó la omisión, por lo demás casi norma, del diminuendo prescrito por Schubert en el acorde final). Un Schubert, en fin, muy atento al detalle, no exento de nervio, pero en el que se echó en falta una construcción más contrastada, con más momentos (hay bastantes en que la música lo pide) de refinamiento y elegancia en el discurso.

En medio de estas dos obras se situaba el que a priori (como se confirmó) era el gran atractivo de la velada: la interpretación del Concierto para violín de Brahms por el griego Leonidas Kavakos (Atenas, 1967), situado, sin duda, en la primera fila de los violinistas actuales. Kavakos nos ha dejado boquiabiertos de manera reiterada en conciertos y recitales con el sonido extraordinario que extrae de su Stradivarius “Willemotte” de 1734, y parecía más que probable que quienes hayan conocido la grabación del Concierto de Brahms junto a Riccardo Chailly no dudaran en el interés de escuchar su interpretación en vivo de la obra, en esta su décima visita madrileña para Ibermúsica.

El espigado violinista griego causó, una vez más, sensación, y confirmó su excelsa categoría firmando una interpretación sensacional. El sonido nos gana por una belleza exquisita en toda la gama dinámica, anchísima y magníficamente manejada, capaz de desplegar un colorido de una riqueza asombrosa. Sonido redondo, lleno, con imponente presencia en los forte, pero con evidente, aunque sugerente cuerpo en los pianissimi, muchas veces adelgazados hasta el límite de lo verosímil. Las dificultades técnicas, ya desde la misma entrada, peligrosa donde las haya, fueron despachadas con la proverbial aparente facilidad de quien las afronta con una suficiencia sorprendente.

Toda esa perfección técnica y belleza sonora quedan al servicio de un discurso musical intenso, elegante, fiel al mundo romántico que retrata, capaz de recrear con igual acierto los rotundos pasajes de acordes o dobles cuerdas y las frases donde el canto nos llega con una delicadeza sublime. En el primer movimiento, la larga frase que culmina en el calderón del compás 135, o el canto de los compases 224 y siguientes, con una traducción magistral de la indicación brahmsiana dolce lusingando, la cadencia íntegra (de Joachim, dedicatario de la obra), expuesta de manera formidable, fueron solo algunos de los detalles de una interpretación cautivadora, culminada en el vibrante Animato final.

Lo fueron también las del segundo tiempo, estupendamente cantado, y el tercero, vibrante, articulado con exquisita claridad y dibujado con tanta perfección como contagiosa chispa y riqueza de contrastes. Una interpretación, sin duda, para el recuerdo. Jurowski acompañó con cuidada atención al detalle y sin abandonar guiños al historicismo, causando esto último alguna leve desconexión. En alguno de los acordes del final del primer tiempo (solista y orquesta tienen escritas negras, es decir, no hay diferencia de valor en las notas que ejecutan de manera simultánea), Kavakos ejecutó su acorde con firmeza, pero sin sequedad, dejando que dicho acorde resonara. Jurowski, en cambio, lo hizo como venía haciéndolo con anterioridad: un ataque seco y recortado, que dejó el final del acorde de Kavakos flotando en solitario.

El éxito fue, como cabía esperar, extraordinario, y Kavakos regaló, sin asomarse por el historicismo, aunque adornando las repeticiones con gusto y creatividad envidiables, la Loure de la Partita nº 3 BWV 1006 de Bach. Si no fuera porque él mismo cortó la ovación despidiéndose con su simpatía habitual, las ovaciones hubieran reclamado aún más.

La Rundfunk Sinfonieorchester Berlín se reveló como una formación notable, con metal convincente, muy buenos solistas de madera y sección de cuerda que se desempeñó con general corrección, aunque acusó apuros en el ajuste de más de un endemoniado pasaje de los movimientos schubertianos extremos.

Un concierto de gran interés, sin duda, aunque el recuerdo se guardará especialmente por el sensacional Brahms de Kavakos, una interpretación de esas que no se escuchan a menudo.

(Foto: Peter Meisel)