MADRID / Las Labèque: ¡qué maravilla!

MADRID / Las Labèque: ¡qué maravilla!

Madrid. Auditorio Nacional. Sala Sinfónica. Ibermúsica 20-21. 18-V-2021. Katia y Marielle Labèque, pianos. Obras de Ravel, Schubert y Bernstein.

Los conciertos para dúo de pianistas no son los más frecuentes, lo que es una lástima porque el repertorio del que disponen está lleno de bellezas. Cuando uno dispone de un dúo de lujo, como es el caso de Katia (Bayona, 1950) y Marielle (Bayona, 1952) Labèque, el interés de la velada está garantizado. Así que otro sobresaliente acierto de Ibermúsica el de cerrar esta minitemporada tan atípica y condicionada con un recital del que probablemente sea, en estos momentos, el dúo pianístico (estable, se entiende) estelar del momento. Dúo que, por otra parte, protagonizaba con la de ayer su sexta presencia en el ciclo, cuarta en formato recital (las otras dos tuvieron lugar con sendas orquestas comandadas por Semyon Bychkov, esposo de Marielle).

En efecto, las hermanas francesas llevan, como aquel que dice, toda la vida tocando juntas. Se ensamblan a las mil maravillas en todos los aspectos, no sólo en el absoluto entendimiento conceptual y ejecutante, sino, sobre todo, en el que es quizá más difícil y tal vez más importante, la fusión perfecta del colorido sonoro. Uno cierra los ojos y parece estar escuchando a un solo pianista, capaz por cierto de los matices más etéreos y sutiles, las más finas y exquisitas graduaciones dinámicas, el fraseo fluido y natural. El sonido es siempre redondo, lleno, de una gran belleza y de una anchísima amplitud, y las hermanas nos llevan enganchan de inmediato a concentrarnos en un pianismo de una belleza extraordinaria y de una intensidad expresiva que llama con magnética atracción a la concentración del oyente.

El programa, por demás, no tenía desperdicio. La encantadora, sencilla y bellísima evocación de los cinco números que componen Ma mère, l’oye de Ravel nos llegaron con una elegancia, una sutileza, una claridad y una ligereza simplemente excepcionales. El susurro inicial en la Pavana de la Bella Durmiente, el sonriente, alegre y contagioso desenfado del tercer número, Emperatriz de las Pagodas, son solo dos ejemplos de una interpretación raveliana de suprema categoría, presentada con un refinamiento sonoro verdaderamente extraordinario. Hermosura sin aparato alguno.

Siguió, en el escueto programa (apenas una hora de duración en total) otra de las piedras de toque del repertorio: la Fantasía D. 940 de Schubert. Música crepuscular, dolorosamente triste, apenas con algo más de energía en el episodio indicado allegro vivace, cuyos últimos once compases desvelan finalmente, en un fortissimo que se ha hecho esperar, el drama que en realidad pugna por salir desde el principio de la obra. Partitura demoledora, que empieza a sacudir el ánimo del oyente desde su lamentoso inicio hasta su igualmente lamentoso, resignado desvanecer final.

Admirablemente captado por las Labèque, que contuvieron (lo que muchos otros no hacen) los fz a su justa medida, para que, cuando Schubert finalmente demanda esas dos “f”, que aparecen con mucha menos frecuencia que las dos “p”, el sonido tuviera la fuerza deseable y presentara el contraste buscado. Como hay que esperar en una buena interpretación schubertiana, ha de brillar el cantable, y lo hizo, en efecto, con elegancia y sensibilidad. Una interpretación tan sobrecogedora y emocionante como puede esperarse de una música que estremece de principio a fin.

El cambio final de la atmósfera vino de la mano del arreglo para dos pianos realizado por Irwin Kostal de varios números del West Side Story de Bernstein. Vaya por delante que el arreglo de Kostal (solicitado por Bernstein), orquestador junto a Sid Ramin, de la partitura original, es una obra maestra, y capta todo el colorido de la música pese a prescindir de tanto colorido instrumental como el que ofrece la orquestación original con una rica variedad de instrumentos de viento y una percusión que, timbales aparte, presenta tal despliegue que exige cuatro ejecutantes. Las hermanas Labèque ofrecieron aquí todo el espectro posible de sonoridades, sensibilidades y ritmos. Desde el seductor inicio de Something’s coming, ese fragmento que motivó la bronca de Bernstein con Carreras en la grabación de DG, con el tenor aparentemente incapaz de coger correctamente el ritmo, hasta el energético swing de la Jet song, pasando por la jubilosa exaltación de America o el lirismo de María, las hermanas francesas pasaron de taladrar el ánimo con el drama schubertiano a entusiasmar a la audiencia con el brillante colorido y el contagioso impulso rítmico de la música de Bernstein.

El éxito fue, como cabía esperar tras lo ofrecido, extraordinario. Y al contrario que en los conciertos de Currentzis y el Trío Bax-Isserlis-Bell, sí hubo propinas: dos fragmentos de Les enfants terribles (en arreglo de Michael Riesman) enmarcando un último fragmento no interpretado antes del West Side Story: la melancólica evocación de Somewhere, cuya magia se elevó por encima del criminal del móvil, que, como es costumbre, eligió el momento más delicado para asestar su timbre homicida con la consabida saña.

Brillante concierto de clausura para esta temporada tan condicionada. Una maravilla.

(Foto: Rafa Martín)