MADRID / Lachenmann y Nono, acontecimiento en los atriles del Diotima

Madrid. 21-XI-2024. CentroCentro. Cuarteto Diotima. Obras de Nono y Lachenmann.
Programar no es solo disponer de un presupuesto holgado (lo que siempre facilita las cosas); tampoco basta con poseer un radar engrasado con el que saber a quién invitar y a quién obviar. En el ciclo VANG que se desarrolla en CentroCentro sus comisarios, Sergio Luque y Víctor Barceló, han logrado, con escasos medios, volver a activar la alerta de acontecimiento en Madrid, esa que durante años mantuvo en torno a la creación actual el desaparecido ciclo Musicadhoy.
Decíamos, programar es también negociar que las formaciones y solistas no antepongan lo que les interesa tocar a lo que deben tocar en función de la lógica y el discurso que quiera mantener tal o cual ciclo, festival o temporada. El Cuarteto Diotima presentaba entonces un programa de enorme peso el pasado jueves: Fragmente-Stille, an Diotima (1979-80), de Luigi Nono y Grido (2001-02), de Helmut Lachenmann.
En su tercer cuarteto, Grido, Lachenmann demostró sabérselas todas y hasta jugar con los tics de su propio lenguaje (algo que alcanzaría aún mayores cotas de sobresaliente autoparodia en piezas posteriores como Marche fatale y My Melodies). En ese “juego de superación” de cada nueva obra, el compositor alemán decidió depurar lo que le era familiar y hasta establecer un débito con la tradición, algo no tan presente en sus dos cuartetos anteriores. Con esta obra ampliamente difundida (desde luego, una de las más interpretadas de su catálogo) los Diotima mostraron su principal seña de identidad: la máxima pulcritud sin que en ello se sobrentienda asepsia expresiva alguna. La muy buena acústica del Auditorio de CentroCentro (óptima para los intérpretes, peligrosa para el público, cuyo más mínimo ruido es generosamente amplificado) benefició a un grupo que leyó las tripas de la partitura hasta hallar cierta seña ¿romántica? Su Lachenmann, profusamente interpretado en el sentido de trabajar con gusto y respeto la subjetividad expresiva, se caracterizó por una severa concisión.
Estuvieron, en el Grido de los Diotima, los accelerandos característicos del autor, los silencios súbitos y los efectos ruidistas que dominan las dos obras anteriores para esta formación y que aquí regresan como gestos del pasado ejemplarmente inmersos en el discurso. Acaso comprendieron estos músicos cómo en la obra que tenían por delante Lachenmann se balancea y oscila entre dos realidades; el pasado y el futuro.
Interpretado como primera obra (aún cuando debiera haberse ejecutado como segunda parte, toda vez que su resonancia en la escucha es aún más elevada que la de Grido) Fragmente, Stille, An Diotima no gozó de una ejecución tan notable como la de la pieza hasta ahora comentada. La escrupulosidad con la que los Diotima abordan la música beneficia a las páginas más intrincadas; y de ello no hay poca cosa en la de Nono, pero en su ejecución madrileña se les escapó la política y la tragedia que hay en cada silencio y en cada rasgado. Aun cuando el comienzo bronco y afilado parecía enunciar un derrotero idóneo para el impacto de la pieza, pronto el grupo, aunque abolió radicalmente cualquier flujo rítmico (tal y como Nono deseaba) se aprestó a una versión pensativa y a voz media. Es verdad que hubo hirientes sonidos metálicos -citaremos a este respecto, los ofrecidos por el violonchelista Alexis Descharmes- pero, en general, dominó lo abstraído. Claro que los silencios debían mezclarse con los rasgados de las cuerdas, como así hicieron, pero en los ataques se añoró un mayor encrespamiento, unos sonidos más aspirados, roces más amaderados. En todo caso, Lachenmann y Nono en un programa de concierto madrileño, insistimos, revestía el cariz de acontecimiento.
Ismael G. Cabral


