MADRID / ‘La verbena de la Paloma’, brillante regreso al Teatro de la Zarzuela

Madrid. Teatro de la Zarzuela. 23-IX-2026. Antonio Comas, Gerardo López, Borja Quiza, Milagros Martín, Carmen Romeu, Ana San Martín, Gurutze Beitia, Sara Salado, Rafa Castejón, Ricardo Reguera, Alberto Frías, Lara Chaves, Tony Iniesta, Ariel Carmona, Mitxel Santamarina, Ana Goya, David Soto Giganto, Albert Díaz. Coro Titular del Teatro de la Zarzuela. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Dirección musical: Carlos Aragón. Dirección de escena y coreografía: Nuria Castejón. Alvaro Tato: Adiós Apolo. Tomás Bretón: La verbena de la Paloma.
Algo más de dos años después, el Teatro de la Zarzuela abre temporada 26/27 con La verbena de la Paloma, recuperando la producción de 2024 que ya se vio en este Teatro, con dirección de escena de Nuria Castejón, quien asegura no haber cambiado nada de ella, en esta ocasión con Carlos Aragón al frente de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, ya que en la anterior edición la dirección musical estuvo a cargo de José Miguel Pérez-Sierra. El numeroso reparto mantiene en los principales papeles a los mismos intérpretes de 2024, incorporando esta vez en un segundo reparto a cantantes como Jorge Rodríguez-Norton, César San Martín, María Rey-Joly y Lara Sagastizabal.
La representación está precedida por el prólogo cómico-lírico Adiós Apolo, ingenioso y divertido libreto escrito por Álvaro Tato, “como homenaje a los muchos artistas que hicieron del Teatro de Apolo la catedral del género chico” y en el que se escenifica lo que vivieron los intérpretes en su última función del domingo 30 de junio de 1929 con ilustraciones musicales de algunas obras que se representaron en su escenario: números musicales de Chueca, Serrano, López Torregrosa, Valverde y Guerrero. Una idea bien concebida y desarrollada, aunque en algunos detalles cuestionable. Luego quedó, en palabras de Pedro de Répide: “Ceniza. Escombro. Polvo. Nada… Todos sentiremos el horror de que a Madrid le han quitado algo de su entraña.”
El día 30 de junio de 1929 era domingo, ya lo hemos señalado. Como lo fue un lejano 23 de noviembre de 1873. Ambas fechas marcan el orto y el ocaso de un teatro madrileño que un día de otoño de esta última fecha —año agitado y romántico, año de la efímera Primera República—, moriría de forma alevosa a manos del vil metal. Languidecía la primavera de 1929 y la Dictadura primorriverista, en sus últimos estertores, anunciaba, ¡qué casualidad!, el próximo alumbramiento de la II República. Aquel domingo de junio, ya caluroso y con la temporada teatral a punto de hacer las maletas, en la sala del Apolo se asistía al funeral del famoso coliseo de forma fastuosa y de cuerpo presente. En sus plateas, palcos, butacas y anfiteatros se habían dado cita los que, como representación de todos los espectadores que allí habían acudido durante cincuenta y seis años, acompañaron al finado y celebraron su sepelio de la única forma posible: con un programa monstruo que intentaba sintetizar los títulos más recordados y más aplaudidos durante toda su historia. Poetas, autores, músicos, periodistas, escritores, damas, caballeros, menestrales, horteras y modistillas lloraron y rieron, cantaron y protestaron aquella noche inolvidable.
Cuenta José López Ruiz que, en el ínterin, los incondicionales del Apolo no cejaron en su lucha por conseguir el milagro de la supervivencia y salvación del condenado. Así, en el mes de julio siguiente, una serie de personalidades entre las que destacaban el maestro Alonso, Muñoz Seca, Jacinto Guerrero, los hermanos Álvarez Quintero, Carlos Arniches, Linares Becerra y el arquitecto Fernando Arzadun intentaron comprar al Banco de Vizcaya el espacio libre que quedaría hacia la Plaza del Rey y en él “resucitar” un nuevo Apolo. El proyecto, obviamente, no prosperó.
La función de estreno de La verbena de la Paloma o El boticario y las chulapas o Celos mal reprimidos, tuvo lugar en el famoso Teatro Apolo madrileño la noche del 17 de febrero de 1894, con un lleno completo. El éxito fue estrepitoso. Arrolló todo. En Madrid no se hablaba más que de este sainete lírico, en un acto y tres cuadros, de Ricardo de la Vega y Tomás Bretón. Y lo que es mejor: al calor de su éxito se llenaban asimismo las demás secciones, pues los revendedores, dando prueba de su talento mercantil o de su “pesquís”, como se decía entonces, no vendían localidades para la última sección —la de La verbena— si el comprador no se llevaba otras tantas para la segunda y tercera secciones, se diese en ellas la obra que se diese.
“¡Bah! —decían algunos—, total, en ese sainete no pasa nada. Ricardo de la Vega se ha limitado a repetir lo que todos oímos en una verbena, en cualquier rincón de un barrio popular.” Los que tan ligeramente hablaban no advertían la diferencia que media entre el apunte inhábil y el retrato certero, genial. En La verbena de la Paloma pasan muchas cosas, y encierra algo más que el tesoro de su partitura; entre otras, que los personajes, de calidad hondamente humana, palpitan, viven. Todos ellos tienen fisonomía, alma y corazón; todos, tienen un nombre y podían tener un apellido. Es indudable que nos enfrentamos con un texto que, en líneas generales, es teatralmente ágil, con situaciones bien planteadas, conducidas y resueltas, y aunque puedan encontrársele, inevitablemente, puntos débiles, el libreto admite reparos. La música, no. Lo cierto es que como argumento de zarzuela cabe situarlo entre los más brillantes. De hecho, contribuyó de manera considerable al éxito de que gozó esta pieza lírica desde el primer instante.
Esta obrita es el resultado de una conjunción, rara vez superada, entre dos artistas. No es posible que un compositor subraye con mayor acierto las situaciones que le brinda el libreto: estas se ven realzadas extraordinariamente por la música que les da color y profundidad. El 20 de enero de 1894 se escribió la primera nota de la partitura. El día 2 de febrero entregaba el último número. Bretón dotó este sainete de un elegante tejido orquestal como puede apreciarse ya en el preludio, en el que se hallan resumidos la mayor parte de los temas destacados de los números que seguirán en sus dos primeros cuadros de tratamiento musical extenso y variado, mientras que el tercero es puro diálogo. Viste la obra con suficientes elementos de música hispánica, o al menos tradicional en los ambientes madrileños: las seguidillas, la soleá, la mazurca, el chotis y la habanera chulapa (núm. 5), disimulada en cierto modo con un contrapunto muy delicado que acompaña. El sabor de la música es tan castizamente español y madrileño que si el ilustre Barbieri hubiera podido oírla, hubiera considerado La verbena de la Paloma como heredera legítima de su Barberillo de Lavapiés.
Esta nueva visita al Teatro de la Zarzuela de la producción del año 2024 es brillante y espléndida, dirigida y coreografiada por Nuria Castejón, a la que ayuda la escenografía de Nicolás Boni, que contribuye a generar atmósfera y ambientación costumbrista, así como un adecuado vestuario de Gabriela Salaverri y la iluminación de Albert Faura. Nuria Castejón nos presenta la obra maestra en su veracidad, conforme a libreto y un desarrollo elegante, ligero y resuelto. El cuerpo escénico y de baile estuvo eficazmente movido. En lo vocal y actoral sus intérpretes hacen un gran trabajo asumiendo sin dificultad la caracterización de sus personajes. Cabe destacar que la colección de mantones que se exhiben durante la representación son auténticos mantones de Manila. Las partes cantables de La verbena no tienen dificultad, pero sí matices y detalles. Borja Quiza hace un buen Julián, aunque se muestra algo excesivo en el uso de su caudal vocal, sin necesidad. Carmen Romeu y Ana San Martín asumieron a Susana y Casta con medido desparpajo, estupenda Milagros Martín en la encarnación de la Señá Rita junto a un Rafa Castejón en el sentencioso tabernero. Burlesca y descarada Gurutze Beitia en la Señá Antonia. Antonio Comas lució un encomiable Don Hilarión como “pillín conquistador”, ajeno a todo cliché. Buen quehacer de Gerardo López como Don Sebastián. Magnífica Sara Salado como Cantadora en el Café de Melilla, en su emocionante Soleá, y extraordinaria la intervención de Mitxel Santamarina en el papel de Sereno.
Dirigió musicalmente con solvencia Carlos Aragón, con atenta y matizada lectura de la partitura y una ORCAM entregada. Logró un cuidado y refinado Nocturno. Así como sobresaliente resultó la intervención del Coro titular, que tan bien ordena Antonio Fauró. Todos hicieron posible una gratísima representación de esta obra maestra que bien pudiera alcanzar la categoría de emblemática. Fue una tarde de estreno con lleno hasta la bandera y satisfactoria aprobación del público asistente. Mereció el aplauso entusiasta.
Y nada más de La verbena, ni del boticario, ni de los celos, ni de las chulapas…
Manuel García Franco
(fotos: COMM MEDIA GROUP)


