MADRID / ‘La tabernera del puerto’, emotivo montaje profundamente teatral

Madrid. Teatro de la Zarzuela. 4-VI-2025. Leonor Bonilla. Ángel Ódena. Marcelo Puente. Rubén Amoretti. Ruth González. Vicky Peña. Pep Molina. Ángel Ruiz. Xavier Ribera Vall. Rafael Delgado. Didier Otaola. Ángel Burgos. Coro titular del Teatro de la Zarzuela. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Dirección musical: José Miguel Pérez-Sierra. Dirección de escena: Mario Gas. Pablo Sorozábal: La tabernera del Puerto.
Siempre es un acontecimiento la programación de una zarzuela como La tabernera del puerto del músico vasco Pablo Sorozábal, y más si su partitura viene arropada por la modélica producción que el Teatro de la Zarzuela presentó en el años 2018 en cinco funciones y en 2021 con ocho, liderada por un excelente equipo artístico exigente y documentado, conocedor del producto, como es el caso de su director escénico Mario Gas, la escenografía del fallecido Ezio Frigerio con Riccardo Massironi, el vestuario de la oscarizada Franca Squarciapino y una iluminación pulcra, natural movimiento escénico y videoescena de Vinicio Cheli, Aixa Guerra y Álvaro Luna, respectivamente. En esta ocasión vuelve el Teatro a reponer dicho título como cierre de la temporada lírica 2024/25, en quince funciones y con un doble reparto, conocedor de la demanda del público que sabe valorar una obra maestra de nuestro género.
Esta bella obra, cumbre indiscutible del género, surgió de la colaboración con Federico Romero y Guillermo Fernández Shaw, pareja de libretistas de profesional dedicación con treinta y cinco años de alianza lírica, a los que puso en contacto con Sorozábal el cantante entonces inseparable del compositor vasco, Marcos Redondo. Un logro de partitura muy original de atmósfera marítima, espléndidamente construida, con algunas modernidades de ritmos caribeños, folclore español e influjos europeos, románticos, del impresionismo francés y el verismo italiano: todo un muestrario de lo que hubiera podido ser un nuevo norte para la zarzuela. Se estrenó en el Teatro Tívoli de Barcelona, unas semanas antes de la guerra, en mayo de 1936, en una situación menos agobiante que el tenso clima que se vivía en Madrid, en lo que algunos cronistas han entendido como el último estreno verdaderamente clamoroso, el que cerró la historia de la zarzuela en su sentido popular. La presentación de la obra en Madrid, en la inmediata posguerra en marzo de 1940 en el Teatro de la Zarzuela, estuvo comprometida por la crispación sociopolítica, aunque luego retomó su vida normalizada, como la espléndida obra que es.
La tabernera del puerto recrea una historia de marineros en una aldea imaginaria a orillas del Cantábrico en la que concurren contrabandistas, borrachos, sardineras y una historia de amor. No es obra realista, es más bien realismo poético, de sentimiento y verdad. Un relato teatral teñido de un vapor de leyenda, como así nos lo hace ver el emotivo montaje de Mario Gas que, como se ha dicho, es poético y ante todo profundamente teatral. Hay respeto al texto en su mayor parte y una extraordinaria conjunción canto y teatralidad. Todo se ciñe al lema de su director escénico: “Contar bien la historia, sin traicionar las esencias y modificando aquellas cosas que con el paso del tiempo hayan quedado obsoletas. La suma de todos, tanto equipo técnico como artístico, hace que el espectáculo logre una formidable fluidez escénica, y que lo increíble parezca verosímil.
Especiales son los atributos vocales que reclama la composición del maestro Sorozábal. El cuarteto vocal del primer reparto mostró un notable nivel de actuación. La pareja de enamorados encarnada por Leonor Bonilla (Marola, la joven tabernera), soprano lírica, y el tenor argentino Marcelo Puente (Leandro, joven e ingenuo marinero), se expresó en un lenguaje lírico y romántico, salvando las dificultades técnicas. La soprano sevillana, que debuta en el papel, lució voz limpia y dicción clara, dijo su romanza “En un país de fábula…”, de coloratura belcantista, con delicadeza y sentimiento. “¡No puede ser…!”, piedra de toque de famosos tenores fue bien interpretada por Puente. Supieron transmitir el aire melancólico que la partitura requiere y fueron aplaudidos merecidamente por el público en sus intervenciones.
El papel de Juan de Eguía, personaje hosco, complejo y enigmático lo asumió Ángel Ódena, barítono, rol que ya interpretó en el 2018, convincente y decidido en su canción “La mujer de los quince a los veinte”, evocadora del estilo de Rossini, y en su romanza de carácter verista del último cuadro de la obra, que contrapone secciones muy expresivas con otras más líricas. Afrontó su canción exótica, de ecos antillanos “Despierta negro, que viene el blanco”, con solvencia, la voz profunda de Rubén Amoretti (Simpson). También los actores acompañantes del ámbito tabernario y cómico demostraron su experiencia teatral y mantuvieron viva la representación. Extraordinarios Vicky Peña (Antigua) y Pep Molina (Chinchorro) a los que se une en la comicidad Ángel Ruiz (Ripalda) y Ruth González (Abel), soprano; un muchacho soñador y enamorado que aporta un contrapunto gracioso y ligero a la acción dramática, suma vocalidad y teatro.
La huelga convocada por el Coro Titular del Teatro, hizo que estuviera ausente en la escena. Aunque fue habilidosamente suplido por los siete actores figurantes y la Orquesta de la Comunidad de Madrid, bien concertada por la batuta de su maestro titular José Miguel Pérez-Sierra, cierto es que faltó esa atmósfera que la masa coral destila; quizás hubiera sido más prudente haber suspendido la función por respeto a la integridad de la obra. Al concluir la sesión, la sorprendente aparición del coro en el escenario para los saludos, provocó los abucheos del respetable y fervorosos aplausos para los intérpretes. Una producción que ya conoce el éxito de las anteriores ediciones y que una vez más repite.
Manuel García Franco
(foto: Javier del Real)


