MADRID / La Real Cámara y el ‘Torelli español’ (antes ‘Corelli español’)

MADRID / La Real Cámara y el ‘Torelli español’ (antes ‘Corelli español’)

Madrid. Auditorio Nacional. 15-IV-2021. Ciclo Universo Barroco del CNDM. La Real Cámara. Violín y director: Emilio Moreno. Obras de Castro y Torelli.

El siglo XVII español es, musicalmente hablando, de lo más atípico. Y no lo es solo comparado con lo que había fuera en ese mismo periodo (no llega ni por lo más remoto a la majestuosidad de la música francesa, de la italiana, de la alemana o, incluso, de la inglesa), sino con lo que ha habido y con lo que habrá dentro (lo que ha habido son es una inigualable producción polifónica durante el Renacimiento y lo que habrá es la italianización del Barroco durante el siglo venidero). Más aún: comparada con cualquier otra de las bellas artes españolas de esa centuria (sobre todo, la pintura y la literatura, abarcando esta última también el teatro), la música resulta bastante enclenque. Baste un simple dato: en las últimas décadas del XVII y en las primeras del XVIII, apenas se compone en España música instrumental, lo cual es una paradoja si tenemos en cuenta que ese es el momento de la eclosión de la sonata y del concierto en el resto de Europa.

Entre los contadísimos ejemplos de música instrumental española de aquel periodo hay que destacar al sacerdote sevillano Francisco José de Castro (1670-1730). Pero, claro, en lo musical Castro tuvo bien poco de español: en edad aún joven se estableció en el norte de Italia. Primero, en Brescia, donde compuso sus Trattenimenti armonici op. 1, un conjunto de diez sonatas en trío publicadas en 1695 por la imprenta del editor boloñés Giacomo Monti (fl. 1632-1689). El violinista Emilio Moreno escuchó hablar por primera vez de Castro hace ya muchos años, por boca de la clavecinista oriolana Genoveva Gálvez, recientemente fallecida. Los grabó para el sello discográfico de RTVE en 1988 (junto al violinista Ángel Sampedro, el violagambista Sergi Casademunt y el clavecinista Albert Romaní) y en 2016 hizo una segunda lectura para el sello Glossa (junto al violinista Enrico Gatti, a la violonchelista Mercedes Ruiz, al laudista Pablo Zapico y al clavecinista Aarón Zapico). Moreno no dudó en calificar entonces a Castro como el “Corelli español”, por la similitud estilística con las sonatas de Arcangelo Corelli (1653-1713).

La imprenta de Monti publicó en 1708 —como un Op. 4— ocho concerti accademici de un ignoto compositor que utilizaba el pseudónimo de “Accademico Formato”. Dado que se trataba del mismo editor, teniendo en cuenta que Castro perteneció a la bresciana Accademia dei Formati y, por último, considerando que el sevillano dejó por esos años Brescia para instalarse en Bolonia bajo el manto protector de Giuseppe Torelli (1658-1709), todo apunta a que “Accademico Formato” no era otro que el propio Francisco José de Castro. De nuevo Emilio Moreno, con los mismos compañeros de viaje que tuvo cuando recuperó el Op. 1 de Castro, desempolva ahora estos ocho concerti accademici (sí, ya lo sé, existe una grabación de una formación valenciana, con instrumentos modernos, realizada hace no mucho, pero es mejor echar tierra sobre ese asunto… por el bien de Castro).

Con los mismos compañeros de viaje, no exactamente, ya que ha añadido al oboísta Rodrigo Gutiérrez y al trompetista Ricard Casañ. ¿Y por qué? Pues porque esta música se alumbró en Bolonia, donde estaba —y sigue estando— la Basílica de San Petronio, meca de la trompeta en aquel momento gracias, principalmente, a Giaccomo Antonio Perti y al ya mencionado Torelli, que fue alumno suyo. De estos ocho concerti accademici, cinco son con oboe, dos son con trompeta (exactamente se dice en la partitura que son con oboe, pero que se puede tocar “una tromba in mancanza dell’oboè”) y el último es con oboe y trompeta. Por la misma razón que Moreno, cuando abordó el Op. 1 de Castro, dijo que se trataba del “Corelli español”, ahora, con el Op. 4, no tiene reparos en decir que estamos asimismo ante el “Torelli español”.

La calidad de estos ocho conciertos (todos ellos, de muy breve duración) es formidable. En mi opinión, están muy por encima de los trattenimenti del Op. 1. El oboe les confiere una elegancia inaudita y la trompeta los dota de una formidable grandiosidad. Precisamente por su cortedad en cuanto a tiempo, Moreno opta por incluir en el programa el magnífico Concerto per la tromba en Re mayor (publicado en Ámsterdam por el editor Estienne Roger, un hugonote que huyó de Francia tras la revocación del Edicto de Nantes y que se asentó en esta ciudad holandesa en 1691) y la Sinfonia à tre en Do mayor op. 5 nº 5 (para dos violines, violonchelo y bajo continuo, datada en 1692).

A estas alturas, La Real Cámara no precisa de presentación. Cumplidos ya los treinta años de existencia, es uno de los grupos camerísticos nacionales más sólidos y baqueteados, tanto en Barroco como en Clasicismo (ahí están sus referenciales grabaciones de Luigi Boccherini, por ejemplo). Sí es menester, en cambio, extenderse en ciertas consideraciones sobre los dos solistas de viento. Rodrigo Gutiérrez ha tocado el oboe con algunas de las más importantes orquestas historicistas del continente (y casi de más allá del continente, ya que fue colaborador de MusicAeterna cuando la formación de Teodor Currentzis tenía su sede oficial en la siberiana Perm). Y lo sigue tocando, aunque ahora se prodiga menos, ya a su faceta de oboísta ha añadido la de cantante (es tenor). Ricard Casañ ha dejado amplias muestras de su maestría con orquesta nacionales e internacionales, y su fiabilidad resiste cualquier prueba (y eso que es de los trompetistas que recurren, para modular, a un solo agujero, en lugar de los de tres —y últimamente, hasta cuatro— que parece que se han impuesto de forma definitiva). Lo de ambos en este concierto del Auditorio Nacional fue toda una clase magistral de cómo tocar estos dos endiablados instrumentos.

En suma, música bellísima, con una interpretación de muchísimos quilates por obra y gracia de Emilio Moreno, al que tal vez algún día este país le reconozca oficialmente la impagable e incansable labor de recuperación patrimonial que ha realizado y que sigue realizando.