MADRID / La ORCAM y Alondra De la Parra abarcan el mundo de Mahler

Madrid. Auditorio Nacional de Música. 6-X-2026. Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid (ORCAM). Dirección: Alondra de la Parra. Mezzosoprano: Jennifer Johnston. Coro de la Comunidad de Madrid (director: Javier Carmena). Pequeños Cantores de la ORCAM (directora: Ana González). Mahler: Sinfonía nº 3.
La ORCAM inició su temporada en el Auditorio Nacional con la Tercera de Mahler bajo el título «La creación de un todo». La obra se presentó con toda su grandiosidad: seis movimientos, casi cien minutos y una idea que Mahler le confesó a Sibelius cuando se conocieron en 1907: «La sinfonía debe ser como el mundo. Debe abarcarlo todo». Ese todo arranca en la materia inerte y llega hasta el amor, y sostenerlo de punta a punta es el verdadero examen de la partitura. De la Parra no necesitó adornos para ordenar una partitura con tanta gente a su cargo. Las indicaciones llegaban claras a cada sección y, cuando Mahler pedía más cuerpo, el gesto se ensanchaba con él. Las entradas estuvieron siempre en su sitio y los cambios de tempo se anunciaron a tiempo, de modo que la obra avanzó sin sobresaltos.
El primer movimiento es el más largo y el que mejor define a Mahler, con una marcha fúnebre que se convierte en el despertar del verano, uno de sus sellos. Le salió tan desproporcionado que el propio compositor, según recogen las notas al programa, le confesó a su amiga Natalie Bauer-Lechner que era lo más enloquecido que había escrito, y acabó dividiendo la sinfonía en dos partes. Las trompas abrieron con un unísono rotundo y compacto, y la introducción sombría se sostuvo con tensión hasta que la transición a la marcha estival llegó luminosa. El trombón estuvo seguro y con un sonido redondo, y fue uno de los momentos más logrados del movimiento. Tan convincente fue el resultado que el público rompió a aplaudir al terminarlo y el concierto se detuvo. La pausa que Mahler quería larga la llenó la propia sala, con los aplausos, la entrada del coro, las toses y los móviles, que retrasaron el arranque del movimiento siguiente.
El segundo movimiento, el mundo vegetal de las flores del prado, pide a la orquesta que suene casi como un conjunto de cámara, y así fue: un minueto gracioso y equilibrado, con un color muy cuidado en las maderas. En el scherzo de los animales del bosque, que parte de una canción anterior del propio Mahler en la que muere el cuco y el ruiseñor ocupa su lugar, los episodios quedaron bien diferenciados. Mahler temió haberse atrevido con un instrumento tan poco habitual, un flügelhorn que le recordaba las bandas militares de su infancia y que en la segunda edición de la partitura pasó a llamarse posthorn. Sonó desde fuera del escenario, con la lejanía y la nostalgia logradas, y la orquesta lo acompañó sin taparlo. Fue uno de los grandes momentos de la noche.
Con Nietzsche en el cuarto movimiento, Mahler se pone a pensar en la existencia, y ahí Jennifer Johnston ofreció una voz cálida y bien proyectada, con gran control del pianissimo. Los ángeles del quinto movimiento trajeron la ligereza. Su texto procede de Des Knaben Wunderhorn, la colección de poemas populares de la que Mahler sacó además un séptimo movimiento que acabó descartando y que terminó siendo el final de su Cuarta sinfonía. El coro de niños, afinado, fresco y bien empastado, tuvo además un comportamiento ejemplar: no es nada fácil esperar tanto tiempo para una entrada tan breve y llegar a ella con la concentración intacta. El coro de mujeres, de sonido homogéneo y buena dicción, dialogó bien con la solista.
El último movimiento, el del amor, fue donde De la Parra estuvo realmente inspirada. En la Segunda sinfonía, que ella y la ORCAM llevaron a El Escorial en septiembre, Mahler necesita las voces para llegar al final; aquí, tras dos movimientos con voces, cierra solo con la orquesta, y la directora sacó de ella el sonido más puro de la noche, con una cuerda que llevó buena parte del peso. Es un adagio largo, de los que se resienten en cuanto el pulso se afloja, y el tempo se sostuvo con naturalidad, con un gesto delicado pero apasionado. El crescendo final llegó arrollador después de casi cien minutos y llevó al público a ponerse en pie.
Darío Pérez Andrés
(Foto: David Mudarra)


