MADRID / La noche de los tres toques

MADRID / La noche de los tres toques

Madrid. Auditorio Nacional. 20-X-2020. XXV Ciclo Grandes Intérpretes. Dúo del Valle. Obras de Schubert, Corigliano y Ravel.

Al término del concierto, salimos a una Madrid lluviosa, gris, tristona y deshabitada. Sin embargo, estábamos exultantes. Volvíamos a comprobar que seguimos viviendo años dulces y dorados para la interpretación musical en España. La enésima prueba fue el concierto de dos pianos y piano a cuatro manos ofrecido por Víctor y Luis del Valle: un par de mozos gallardos, toreros, insolentes y seguros que derrocharon —si es que el arte no es siempre derroche— talento, solidez técnica, brillo instrumental, estudio y dominio culto de épocas y estilos.

La noche tuvo tres toques —hablo de teclado y pedal— bien distintos. Empezó con Schubert, sus Variaciones sobre un tema original en La bemol mayor y un par de fantasías, Deutsch 813 y 940. Aquí estuvimos en pleno clima Biedermeier, recogido y austero, con oportunos trazos de sentimentalidad y hasta un momento de canción camarística. El sonido claro y la recitación minuciosa hicieron brillar aún más los momentos de agilidad y resplandor, especialmente en la mitad más aguda del teclado.

El Ravel de Mi madre la Oca nos llevó a otro mundo. Una textura digital de filigrana labró estos cuadros de cuento infantil, suave orientalismo con figulinas de porcelana y rápidos climas de viñeta. Tratándose de Ravel, lo de infantil es un guiño y la partitura resulta de una exquisita astucia. Así lo entendieron los pianistas en el segundo toque de la noche. El tercero, en cambio, vino cuando encararon Claroscuro de John Corigliano, una obra de consabido efecto atmosférico y alternancias de fraseo y sonoridad, con exigencias escénicas como alternar el piano a cuatro manos y el dúo de pianos; y La Valse de nuevo raveliana, donde el instrumento se hace cargo de evocar una compleja orquestación tan elaborada como Ravel sabía hacerlo. Esto fue de traca, una mezcla de gozosa artillería, fuegos de artificio, variedad de ritmos bailables y canto glamuroso y decadente de irresistible voluptuosidad. Por si todo aquello fuera poco, de propina se sumó a la ejecutoria una versión a doble piano de las Variaciones Paganini de Rachmaninov.

Abriendo el paraguas, meditamos acerca del arte, que no sirve para nada en su divina inutilidad, salvo para hacernos querer la vida más allá de las pandemias, las groserías parlamentarias y las cloacas policiales. Bastan cuatro manos y unas cuantas artimañas: cuerdas de metal, teclas de marfil y un monumento de salón en madera laqueada de negro.