MADRID / La natural elegancia y expresión de Perianes en el ‘Egipcio’ de Saint-Saëns

Madrid. Auditorio Nacional. 2-IV-2025. Ibermúsica 24-25. Orquesta Philharmonia de Londres. Director: Santtu-Matias Rouvali. Solistas: Mark van de Wiel, clarinete; Javier Perianes, piano. Obras de Debussy, Saint-Saëns y Franck.
Si la Philharmonia no es la visitante más asidua del ciclo de Ibermúsica, le debe andar muy cerca. La lista de sus presencias, desde 1986, es larguísima, y este mismo año, del que apenas ha transcurrido un trimestre, ya nos ha visitado, con Marin Alsop al frente, como reseñamos oportunamente en estas páginas. Repite ahora con el que es su titular desde 2021, el finlandés Santtu-Matias Rouvali (Lahti, 1985), cuya primera visita con Ibermúsica fue en 2020. Los solistas de la ocasión eran el primer clarinetista de la orquesta, Mark van de Wiel (Northampton, 1958) y el pianista nervense Javier Perianes (1978), siempre (muy comprensiblemente) muy querido del público.
El programa de la formación británica se centraba en el repertorio francés (aunque Franck, de nacimiento, era belga), y contaba con el aliciente de que, con la excepción de la Sinfonía del citado Franck (escuchada por última vez en el ciclo a Gustavo Gimeno al frente de la Filarmónica de Luxemburgo, en 2022), exploraba obras poco o nada transitadas en el ciclo: la Rapsodia para clarinete de Debussy se ofrecía por primera vez en la serie de Ibermúsica, y el Concierto nº 5 para piano y orquesta de Saint-Saëns, conocido como “El Egipcio”, apenas se ha podido escuchar en una ocasión, hace muchos años (en 1992) y en versión coreográfica.
La obra de Debussy, con sus apenas diez minutos de duración, cumplía en esta ocasión el papel telonero que habitualmente se reserva a una obertura. Fruto de un encargo para los exámenes de clarinete del conservatorio de París (el Conseil Supérieur del Conservatorio, para el que había sido nombrado Debussy, conllevaba ciertas tareas y componer este tipo de obras era una de ellas), la partitura combina con habilidad su capacidad de seducción poética, especialmente patente en el sugerente inicio, con una demanda posterior de considerable virtuosismo para el solista, exigido en florituras y matices. Las salvó con exquisita solvencia van de Wiel, que mostró una estupenda capacidad de matiz (delicadísimos pp) y una cristalina articulación de las agilidades, además de un discurso musical de envidiable belleza. Secundó bien Rouvali con una Philharmonia bien ajustada, aunque las trompas evidenciaron cierta aspereza de timbre.

Los cinco Conciertos para piano de Saint-Saëns no son los más frecuentados del repertorio, quizá con la excepción del Segundo (el más generalmente apreciado del ciclo). Y ello pese a que pianistas ilustres (la legendaria grabación de Aldo Ciccolini, por ejemplo) han defendido con éxito sus bellezas. Conviene recordar también aquí la gran interpretación que Rubinstein hacía del mencionado Segundo concierto, pero también señalar que este Egipcio que nos traía esta vez Perianes (y que ha interpretado con frecuencia antes, entre otras ocasiones, con la Sinfónica de Galicia, un video que puede encontrarse en Youtube) ha contado con apóstoles tan ilustres como Sviatoslav Richter, que también lo interpretó en varias ocasiones. Obra de singular elegancia, tiene un primer movimiento en el que la simpleza del inicio se sumerge pronto en un elegante virtuosismo que domina el resto de su curso. El encanto es considerablemente mayor en el Andante, un movimiento rapsódico, lleno de fantasía, impregnado de exotismo, no solo en el motivo principal, la famosa canción de origen nubio que explica el sobrenombre del concierto, sino en la propia libertad que hasta el mismo Saint-Saëns prescribe en algún pasaje que se acerca al clima de cadencia (ad libitum capricciosamente). Aunque se ha destacado con razón el orientalismo de este movimiento, no puede quien esto firma dejar de apuntar que también se escuchan resonancias próximas a lo español. El virtuosismo domina el Molto allegro final, un movimiento espectacular y sonriente antes que de especial vibración emocional.
Javier Perianes ha demostrado sobradamente su categoría como uno de los mejores pianistas actuales. Es envidiable la naturalidad de su discurso, servido siempre por una técnica estupenda, con un mecanismo de gran precisión y claridad y, lo que es una de sus más apreciadas virtudes, un sonido de gran belleza. Es este un aspecto no tan a menudo cuidado muchas veces en estos tiempos, donde las agilidades espectaculares y los poderíos sonoros apabullantes ganan enteros (tal vez demasiados) en detrimento de quienes construyen la más rica paleta de expresiones sobre el cimiento de una sonoridad de variados matices, ancha dinámica y rico colorido. El bello sonido que caracteriza el piano de Perianes es elemento esencial en la fortuna con que se ha acercado al mundo de Chopin, Debussy o Falla, pero también al de Saint-Saëns, músico al que se le podrán discutir otras cosas, pero en ningún caso la elegancia, que se encontraba en la cabecera de su credo musical.
Y desde el mismo inicio demostró el de Nerva que nos iba a deleitar con todos esos ingredientes, que posee en cantidad abundante. Su decir fue, en efecto, natural, elegante, expresivo, con el grado justo de poderío cuando la música lo demandaba, pero siempre con las florituras labradas con diestra precisión. Y siempre, como se apuntó, con una bellísima sonoridad. Tuvo en sus manos el adecuado sabor lírico el primer tiempo, con el segundo tema, más nostálgico, expuesto con gran expresión y sentido cantable. Decidido, apropiadamente teñido de fantasía, el encantador Andante, con una bella exposición de la precitada canción nubia, siempre enmarcada en un discurso que respiraba una libertad, una flexibilidad de fraseo que, como se apuntó, está implícita en el propio carácter de la música, pero también explícita en muchas de las indicaciones del compositor. Efusivo, brillante, pero sin perder nunca la elegancia, el molto allegro final, de envidiable y sonriente impulso.
Secundó Rouvali con general acierto (aunque algún ataque con el solista no estuvo del todo cuadrado) al frente de una Philharmonia solvente, capaz en el matiz, aunque de nuevo con alguna tendencia a la estridencia en las trompas (en los dos primeros tiempos) y algún momento de cierta inseguridad en el oboe (en el segundo). El éxito fue especialmente grande y merecidísimo para Perianes, que regaló una hermosa versión de una pieza favorita: la Danza ritual del fuego de El Amor brujo de Falla.

La Sinfonía en Re menor de Franck pasa por ser una de las mejores obras de su autor, si no la mejor, y uno hasta se atrevería a decir que está también entre las mejores creaciones sinfónicas francesas del XIX, aunque otras sinfonías, como la Fantástica de Berlioz o la Tercera de Saint-Saëns, se hayan hecho más populares. Obra maestra de la forma cíclica (diseño que le gustaba especialmente al músico, como evidenció en alguna de sus creaciones pianísticas) en sus tres movimientos, la Sinfonía en re menor, como destacaba en su momento el mencionado Gustavo Gimeno, es una obra muy original, con ecos de influencia francesa y alemana. Hay, sí, resonancias wagnerianas, por ejemplo, en el misterio del Lento inicial, pero luego hay momentos en que aparecen pinceladas que nos recuerdan a Berlioz. La fusión, junto a la sabiduría constructora de Franck, que recupera materiales de movimientos anteriores con especial maestría en el movimiento postrero, tiene sin duda una belleza muy especial, pero una que no es fácil de desentrañar, precisamente por esa mezcla de influencias estéticas y sonoras.
Se acercó a ella Rouvali con su dirección espontánea y clara (la mano izquierda siempre más atenta a modelar expresiones y matices, la derecha manejando una batuta clara y flexible). El finlandés es maestro de sólida técnica y muy notable oficio, que acierta de pleno a menudo en algunos repertorios por los que siente especial afinidad (su estupendo ciclo Sibelius, sin ir más lejos), pero que no navega con tan paralela fortuna en algunas aguas diferentes. Tal pareció el caso de esta Sinfonía de Franck, en la que hay que apreciar una construcción sólida, de irreprochable corrección, pero en la que se echó en falta algo de grandeza en la reexposición del primer tiempo, algo mejorada en el tramo final. La sonoridad pareció en más de una ocasión un tanto áspera, dominada por unos metales de acertada ejecución, pero tímbrica un tanto agresiva, que dominó en muchos momentos a una cuerda de plausible empaste, pero un tanto corta de densidad. Que las trompas evidenciaran una buena capacidad para presentar notas en pp resalta la sensación de que el relativo exceso de decibelios que se apreció en otros momentos era decisión de la batuta más que característica de la orquesta, por mucho que esta no parezca, en estos tiempos, comparable al estupendo estándar que mostraba en los tiempos añorados de Giulini.
Mejoró la cosa, sensiblemente, en el bellísimo segundo tiempo, aunque el corno inglés evidenció alguna inseguridad en su comienzo. Lució la cuerda, no tan exigida aquí en cuanto a presencia, una fina articulación del trémolo reiterado que termina siendo soporte para el hermoso motivo principal. Afirmativo, rotundo, el Allegro non troppo final, cuyo motivo indicado dolce espressivo pudo haber tenido más cantidad de ambas cosas. Sin embargo, los matices estuvieron generalmente bien modelados y el tema del segundo movimiento quedó expuesto con buena línea de expresión. Bien construida la fusión en la que Franck recupera con maestría el material de los movimientos previos, para coronar la interpretación con una coda muy correcta.
La Philharmonia, con los matices apuntados, confirmó su notable categoría, y respondió con presteza a la demanda de su titular. Buena, aunque no especialmente cálida, acogida del público, que encontró pronto regalo en la tan repetida Danza húngara nº 1 de Brahms, dibujada por Rouvali con un singular, no especialmente flexible, encanto en el rubato. Lo sobresaliente había llegado antes, de la mano de un estupendo Javier Perianes.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Rafa Martin – Ibermúsica)


