MADRID / La excelencia tiene nombre: Nevermind

MADRID / La excelencia tiene nombre: Nevermind

Madrid. Auditorio Nacional (Sala de Cámara). 4-XI-2021. Ciclo Universo Barroco. Nevermind. Obras de J.S. Bach y C.P.E. Bach.

La mala suerte de Carl Philipp Emanuel Bach fue tener por padre al que probablemente ha sido el músico más importante de la historia: Johann Sebastian Bach. Las comparaciones siempre son odiosas, pero a veces resultan inevitables. Y en la comparación que se establece entre Johann Sebastian y Carl Philipp Emanuel, este último lleva todas las de perder. Pero… ¡quién no lleva todas las de perder en una comparación con Bach! De haber nacido de otro padre, de haber vivido en otro ambiente o en otras circunstancias, seguramente hoy Carl Philipp Emanuel Bach sería considerado lo que realmente fue: un genio.

No voy a decir que la música del más aventajado de los hijos de Bach sea desconocida. Pero sí que si se la conoce es por grabaciones discográficas, no porque se programen en concierto algunas de sus muchísimas obras. Escuchar música de Carl Philipp Emanuel Bach en algún auditorio en España es casi tan raro como presenciar una corrida de toros en Yokohama (y mucho más, desde que El Niño del Sol Naciente se tuvo que retirar por culpa de una cogida que le dejó paralizado el lado derecho de su cuerpo). La verdad, no soy capaz de comprender a qué se debe esto, porque, lo repito, Carl Philipp Emanuel Bach fue un genio.

Recuerdo la primera vez que escuché a Nevermind (en disco, claro, pues en España apenas se ha dejado ver). Fue hace algo más de cinco años. Sonaba un quatour de Jean-Baptiste Quentin y me habría jugado el brazo derecho a que quienes estaban tocando esa música absolutamente galante eran los miembros de la desaparecida Musica Antiqua Köln. Fue todo un shock comprobar que se trataba de un grupo joven, para mí ignoto: Nevermind. Luego, al constatar que uno de sus integrantes era el clavecinista Jean Rondeau, la sorpresa dejó paso a la lógica: si alguien tocaba en un grupo de cámara con Rondeau es que tenía que ser, a la fuerza, casi tan bueno como él.

A lo que vamos: lo de Nevermind en la Sala de Cámara (por su fabulosa acústica, no se me ocurre un sitio mejor para esta delicada música) fue una lección magistral. Y la certificación de que las últimas generaciones de intérpretes franceses que se dedican a la música antigua viven en otra galaxia. Porque si lo de Rondeau no es de este planeta (ojo: en las próximas semanas saldrá un CD con sus Variaciones Goldberg), tampoco lo es lo de la flautista Anna Besson (¡jamás he escuchado un sonido tan bello ni tan puro de un traverso!), ni lo del violinista (ayer, violista) Louis Creac’h, ni lo del violagambista Robin Pharo (menudo par de dos forma con el violagambista cubano Ronald Martín Alonso, otro que tal baila, a quien hace solo unos días teníamos ocasión de escuchar en este mismo escenario).

El programa era el mismo que figura en su último CD, publicado hace bien poco en Alpha: tres cuartetos Wq 93-95 y dos estremecedores movimientos (un Adagio y un Andante con tenerezza) arreglados por el propio Pharo de las sonatas para clave Wq 48 y 65. Se añadían, a modo de apertura, tres contrapunctus (contrapuncta, para que no se moleste ningún ducho en latín) del Arte de la fuga de Johann Sebastian, y que fue, en mi opinión, lo menos bueno de la actuación de Nevermind (lo que no quiere decir que fuera malo). Es difícil reunir tanta belleza como la que figura en este programa (si tienen posibilidad de hacerlo, háganse con ese CD). Un halo mágico se apoderó de la sala y de los que la ocupaban. Al salir, la pregunta que se formulaban todo el mundo era la misma: ¿por qué no se programa más música de Carl Philipp? Pues todavía estamos a tiempo de arreglarlo. Y si se presenta la ocasión de traer más veces a los Nevermind, no la desaprovechemos.

Nota: No comento nada nada sobre la indumentaria hipster de los miembros de Nevermind. Aunque a alguno le molesta que no entre en este tipo de detalles, no asisto a conciertos para comentar cómo visten los músicos ni cuáles son las reacciones del público, sino para contar qué tocan y cómo lo tocan. Pero la foto que ilustra esta crónica es bastante explicativa.

(Foto: Rafa Martín)