MADRID / La colosal Sinfónica de la Radio Bávara con Rattle cierra con un Stravinsky inolvidable

Madrid. Auditorio Nacional. 20-XI-2025. Ibermúsica 25-26. Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera. Director: Sir Simon Rattle. Obras de Schumann y Stravinsky.
El segundo concierto de la Sinfónica de la Radio de Baviera nos traía obras de estéticas y carácter bien diferentes: la Segunda sinfonía de Schumann y el ballet completo de El Pájaro de Fuego de Stravinsky, que se escucha con bastante menos asiduidad que alguna de las más breves suites que el compositor ruso elaboró a partir de él, y que, como oportunamente señala Javier Pérez Senz en sus excelentes notas al programa, contribuyeron, gracias al fino olfato comercial de su autor, a popularizar la obra (y a mejorar los ingresos del compositor, claro).
En alguna ocasión previa he comentado la reticencia con la que muchos reciben aún las Sinfonías de Schumann, pese a contar con apóstoles (también intérpretes) tan autorizados como George Szell, que las consideraba “lo mejor del romanticismo puro, el máximo exponente de lo más selecto del carácter alemán, noble representación de un pueblo de poetas y pensadores, antes de su oscura entrada en la política mundial”. Señala también Pérez Senz que la Segunda de Schumann nació en adversas circunstancias de salud, como reconocía el propio Schumann: “…a veces creo que su música permite adivinar el precario estado en que me encontraba. Empecé a sentirme más como yo mismo en el último movimiento, y sin duda estaba mucho mejor cuando terminé la obra. No obstante, me recuerda días oscuros.” Y, sin embargo, como tantas otras veces en la historia, en ese contexto adverso el compositor alemán escribió una de las obras más hermosas de su ciclo, con un primer movimiento primero solemne y después exaltado, un scherzo trepidante, un adagio espressivo cargado de tristeza y profundamente emocionante, y un final vibrante, que culmina en una coda grandiosa, con un recuerdo al motivo inicial de la obra que cierra el círculo de forma magistral.

Quien esto firma recordaba a Rattle dirigiendo una Segunda de Schumann con la Filarmónica de Berlín (hace algo más de diez años) de muy precisa ejecución, pero algo corta de calor expresivo y un tanto cautelosa en el scherzo. Lo que ayer pudimos escuchar fue bien distinto. Pese al impacto de la maravillosa demostración orquestal del día anterior, no pudo dejar de asombrar el espléndido pp inicial de trompas y trompetas en el comienzo de la sinfonía (Sostenuto assai), con reguladores nuevamente trazados con finura por Rattle y traducidos de manera primorosa por la agrupación bávara. Dibujó el maestro británico con fluidez la transición a un allegro ma non troppo muy vivo, exaltado, con acentos punzantes y precisos (cada sf con la incisión apropiada), diálogos ágiles y exactos de violines primeros y segundos (en disposición enfrentada).
Una lectura urgente y apasionada, con un adecuado con fuoco (como pide Schumann) en el tramo final. Ya imaginarán los lectores, y acertarán, que la formación bávara ofreció una prestación sensacional. La cosa entusiasmó tanto que una espectadora (temo que la misma que ya alteró el orden hace algún tiempo) gritó de manera estentórea algo así como “eres el mejor” antes de que el movimiento terminara, para estupor e irritación de público e, imagino, que de músicos. Como dice mi admirado Paul Lewis, “la moderación es una buena disciplina” para evitar que el aplauso enfervorecido atropelle la música.
Sonó el Scherzo con trepidante vibración (el tempo más vivo que con los Berliner), explicando por qué la endemoniada escritura para los violines es prueba de fuego en cualquier audición de estos instrumentistas para plazas en orquestas. Pero la magnífica cuerda bávara evidenció, una vez más, una cohesión, precisión y agilidad pasmosas. Una maravilla, bien contrastada por Rattle con los dos Trios y siempre con matices y acentos extraordinarios. La coda, que suele ejecutarse a tempo más rápido (aunque la partitura no lo requiere), resultó arrolladora, otra vez con una respuesta inmejorable de la orquesta, que no mostró ni la más leve fisura en la precisión ni siquiera cuando se la lleva al límite.
Muy notable expresión en el Adagio espressivo, para el que quizá quien esto firma hubiera pedido, sin embargo, algo más de expansión desde el podio. Pero cualquier pequeña reticencia se evapora de inmediato cuando uno escucha esa calidez de la cuerda bávara y después asiste a la enésima maravilla de los solistas de oboe y fagot (¡qué músicos, madre mía!), por no hablar de nuevo del prodigio de las trompas. Música emocionante la de este núcleo de la sinfonía, admirablemente servida. El Allegro molto vivace retomó, corregida y aumentada, la urgencia desplegada en el primer movimiento, una manifestación de júbilo vital que volvió a poner a prueba a orquesta y director. La primera asombró de nuevo (la endiablada filigrana de la cuerda resuelta con una facilidad casi insultante) y el segundo demostró que, pese a la criticada espesura de las texturas orquestales schumannianas, es posible conseguir una claridad grande cuando la orquesta responde con esta precisión a una planificación sonora adecuada. Sobresaliente la conclusión, con el recuerdo al motivo de los metales que inicia la sinfonía y con unos últimos compases de adecuada solemnidad y grandeza.

No puedo sino suscribir enteramente las palabras de Javier Pérez Senz en sus notas respecto al Pájaro de fuego: “Stravinsky explora al límite el cromatismo wagneriano y las armonías impresionistas de Debussy… El tratamiento rítmico asegura un vigor narrativo que, en sus hábiles contrastes, atrapa al espectador con recursos cuya filiación remite a los grandes ballets de Chaikovski y su capacidad para construir grandes clímax: estamos en el primer gran Stravinsky, de fantasía tímbrica embriagadora, de una belleza sensual y un vigor rítmico que, como primera muestra de su periodo ruso, bebe en la tradición popular para renovarla con su propio e incipiente estilo”. Tal cual. Obra de impactante teatralidad, brillantísima orquestación e impagable colorido.
Con semejante orquesta, cabía esperar una demostración apabullante, porque además es música de gran vibración rítmica, algo que a Rattle se le da como hongos. Y, en efecto, lo que escuchamos fue una interpretación de esas que permanecen mucho tiempo en la memoria. Una interpretación que puso los pelos de punta desde el espeluznante comienzo de la cuerda en un pianissimo que parecía inverosímil, hasta el triple ppp de los trombones en ese mismo pasaje, algo que directamente se antoja imposible… hasta que los trombones de la agrupación bávara evidencian lo contrario. El desfile de prodigios sería inacabable. El fagot en El jardín encantado de Kastchei, el contagioso ritmo en la Danza del Pájaro de fuego, el inefable diálogo de oboe, corno inglés y viola en la Súplica del Pájaro de fuego, al que se sumaron después flauta y oboe, trazando uno de los números más bellos de la velada. La levedad sugerente en la Aparición de las princesas, con sobresalientes contribuciones del concertino y el solista de violonchelos, y posteriormente con una cadencia magistral del flautista (otro instrumentista de excepción).
Lo de los metales, todos, fue también inolvidable. Trompas, trompetas (también las situadas detrás de la orquesta, en el segundo anfiteatro), tubas wagnerianas, trombones, tuba… asombrosa precisión y admirable capacidad de matices que tantas veces parecen imposibles. Brillaron con apabullante esplendor en la famosa Danza infernal y en el final de la obra, espectacular, pero lo hicieron también en el Despertar de Kastchei, tras una hermosísima traducción de la Canción de cuna del Pájaro de fuego, de nuevo con un fagot prodigioso. Irresistible todo el segundo cuadro, culminado en un final apabullante.
El éxito, merecidísimo, fue enorme, como cabía esperar. Como el día anterior, Rattle se acercó personalmente para destacar a varios solistas: fagot, oboe, flauta, clarinete, trompa, chelo, concertino. Pero el impacto era de toda una formación, una Sinfónica de la Radio de Baviera que demostró sobradamente por qué es una de las mejores formaciones del planeta. Con su proverbial y británica simpatía, el maestro de Liverpool anunció que iban a tocar “una música más tranquila”. Ofrecieron el segundo tiempo (La Fileuse) de la suite de Pelléas et Mélisande de Fauré. Música bellísima, servida con delicada elegancia, para una nueva demostración de la capacidad formidable de estos músicos realmente colosales. Hacía tres años de su última visita (con Iván Fischer), también extraordinaria. Hay que desear que no tarden en volver.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: BR/Astrid Ackermann)


