Scherzo | CRÍTICAS / MADRID / ‘La Celestina’, decaído estreno absoluto, por Manuel García Franco

MADRID / ‘La Celestina’, decaído estreno absoluto

MADRID / ‘La Celestina’, decaído estreno absoluto

Madrid. Teatro de la Zarzuela. 9-IX-2022. Pedrell: La Celestina. Maite Beaumont (Celestina), Miren Urbieta-Vega (Melibea), Andeka Gorrotxategui (Calisto), Juan Jesús Rodríguez (Sempronio), Simón Orfila (Parmeno), Sofía Esparza (Lucrecia), Lucía Tavira (Elicia), Gemma Coma-Alavert (Areúsa), Javier Castañeda (Pleberio), Mar Esteve (Tristán), Isaac Galán (Sosia). Coro del Teatro de la Zarzuela. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Director musical: Guillermo García Calvo.

Es fácil citar a Felipe Pedrell (1841-1922) como “creador de la moderna escuela nacionalista española”, o asegurar con la misma firmeza que no fue un compositor digno de tal nombre. Hoy día un crítico, un musicólogo o un compositor debe considerar al músico de Tortosa sin apasionamiento alguno. Pero uno de los males que aún persisten en la música española es el desconocimiento de nuestros propios artistas, y Pedrell, pese a todo, sigue teniendo algo de desconocido, como desconocidos son otros maestros que después vinieron.

Se puede cuestionar si fue realmente un creador de escuela musical, si se le ha de considerar el auténtico fundador de nuestra musicología y si era, como él decía en sus últimos tiempos con desesperada amargura, “un buen compositor”. Fue Pedrell durante toda su vida artística un hombre polémico. Pero es verdad que gran parte de sus obras musicológicas son verdaderos monumentos: el opúsculo Por nuestra música, breve tratado aclaratorio en el que expone sus ideas estéticas y musicales; el fundamental y magnífico Cancionero popular español en cuatro volúmenes (los estudios que contiene cada volumen son de enorme importancia); la monumental edición de las obras completas de Tomás Luis de Victoria (Opera Omnia Ludovici Victoria), publicada en Leipzig, o la gran antología Hispaniae Schola Musica Sacra, por nombrar algunas de ellas.

La obra musical de Pedrell es muy numerosa, aunque se vio disminuida por el sentimiento autocrítico de su autor, que llegó a destruir varias partituras. Como creador, se manifiesta en su punto más elevado, y en el que desarrolla sus ideas de madurez, en la trilogía escénica Los Pirineus, sobre un gran texto catalán de Víctor Balaguer; la ópera La Celestina, sobre libreto del propio músico inspirado en la inmortal tragicomedia del bachiller Fernando de Rojas, y El comte Arnau, sobre el bello poema de Joan Maragall.

Andeka Gorrotxategui y Maite Beaumont en “La Celestina” en el Teatro de la Zarzuela.

Fiel a su espíritu de salvaguarda y difusión del género lírico español, el Teatro de la Zarzuela ha inaugurado la temporada 2022/23 con otra obra rescatada del olvido, cuyo estreno debería haber tenido lugar hace 120 años. Una producción artística que no tiene contacto con el público de una forma inmediata puede quedar en una especie de limbo irrecuperable. Se trata de La Celestina, tragicomedia lírica de Calisto y Melibea en cuatro actos, de Pedrell, en una producción del propio Teatro, ofrecida en dos sesiones en versión de concierto, en la edición crítica de las 750 páginas del manuscrito original realizada por el joven musicólogo David Ferreiro. Hablamos de un estreno absoluto, ya que a pesar de sus intentos nunca llegó a estrenarse.

El estreno de La Celestina debía de haberse producido en el Liceu ocupando el lugar de la primera función de la temporada de 1902/03. No sabemos por qué razón la Junta del Liceu decidió estrenar la ópera Cristoforo Colombo de Franchetti en su lugar. Antes del inicio de la temporada de 1914/15 la Junta del Liceu prometió al compositor el estreno de la ópera “si había alguna posibilidad”. El compositor contaba por entonces 61 años y debía cuidarse del proyecto desde Madrid. A pesar de ello, Pedrell contó con unos buenos valedores que intentaron facilitarle las gestiones. Sin lugar a duda, el más activo de ellos fue Manuel de Falla. La mayoría de las gestiones de don Manuel se realizaron en París, con fecha posterior al estreno de La vida breve, quien intentó que la Opéra Comique de París o la Opera de Niza le abrieran sus puertas. Una vez instalado en Madrid, Falla prometió a Pedrell tratar el estreno de la obra en el Teatro de la Zarzuela ante la negativa del Teatro Real. En 1916 se lo propuso a Diaghilev durante un viaje que realizaron a Andalucía para buscar argumentos para El corregidor y la molinera. Despertó curiosidad, pero no se cumplió el deseo. La primera interpretación parcial de la ópera se realizó el 22 de octubre de 1921 bajo la iniciativa de Pau Casals, en un concierto homenaje a Pedrell. Finalmente en 2008 Antoni Ros Marbà ofreció dos escenas en el Gran Teatre Liceu de Barcelona.

La vida de Pedrell representa un continuo esfuerzo al servicio del idealismo y del puro arte, que tuvo pocas compensaciones. “Ni en Cataluña ni en el resto de España se me ha hecho justicia”, decía en sus últimos años. Y añadía: “Se ha querido rebajarme constantemente diciendo que yo era un gran crítico y un gran historiador, pero no un buen compositor”. Sin duda respondía a los ataques que recibía sobre sus posibilidades creativas, cuando se hablaba de “la seva afició a galvanisar cadavres artistics… Pels seus entusiastes, el professor tortosí és un continuador d’en Beethoven i d’en Wagner; pels seus enemics és un recopilador actiu, diligent, aprofitat (…) Pedrell és un artista critic, no un artista creador”.

Se ha dicho que la música de La Celestina es la más equilibrada, coherente y madura de toda la producción pedrelliana. Una partitura que hemos podido escuchar, fundamentada en un nacionalismo romántico, procedente de varias fuentes: la canción popular, muy bien armonizada por el autor, la tradición musical nacional anterior al siglo XVIII y ciertos principios del arte escénico wagneriano sin prescindir del toque straussiano, verista e impresionista. Su música pivota, en este caso, sobre el libreto adaptado por Pedrell respetando la prosa de Fernando de Rojas, con su distanciador arcaísmo. Por otra parte, se añaden cosas en un supuesto ambiente de la época. Todo ello hace pensar la difícil viabilidad escénica. Esta obra musical se nos revela densa, de pocos contrastes, con un tratamiento de las voces de exigencia y con escaso sentido dramático por su ausencia de desarrollo, que tiene más sus logros en el acto tercero, con el asesinato y muerte de Celestina, y en el cuarto, la parte final de la ópera, con el recitativo arioso de Melibea que la conduce a su suicidio, remedo del Liebestod de la Isolda wagneriana. Magnífica la interpretación de Miren Urbieta-Vega, soprano lírica que sostuvo un buen fraseo y emisión convincentes.

No tuvo su tarde el tenor Andeka Gorrotxategui, que estuvo en todo momento en actitud de brazos cruzados. Ya en los dos últimos actos se resintió su voz en el papel de Calisto, rol dificultoso por sus saltos de escala. No pudo acabar la obra, a pesar de sus esfuerzos, de forma feliz. Maite Beaumont expresó su buena línea de canto y matizó con suficiencia a Celestina. Juan Jesús Rodríguez como Sempronio y Simón Orfila como Parmeno, criados de Calisto, estuvieron seguros y contundentes en sus voces de barítono y bajo, respectivamente. El resto del elenco pudo defender sus personajes sin dificultad y suficiente prestación.

Atento y con rigor, al frente de la ORCAM, Guillermo García Calvo hizo lectura honrada y fidedigna de la compleja partitura, evitando que la masa orquestal ensordeciera a las voces e intentando ofrecer una sonoridad pulcra y equilibrada que no siempre se manifestó. Para aligerar la partitura, en esta versión de concierto se eliminaron alguna que otra escena de cada uno de los actos, así como corregir alguna que otra modificación de la edición crítica y deficiencias técnicas del propio compositor. Bellas intervenciones del coro que da paso a materiales de procedencia histórico y popular en los tres primeros actos y una especial y original presencia en el acto IV como coro interno a boca chiusa.

Pedrell, como otros maestros, necesita una revisión que ponga las cosas en su punto. Un deseo no cumplido en 1914 por parte del Teatro de la Zarzuela al fin cumplido en 2022, aunque no con la satisfacción prevista.

Manuel García Franco

[Fotos: Elena del Real]