MADRID / ‘La cambiale di matrimonio’: En busca del aroma rossiniano

Madrid. Escuela Superior de Canto. 2-II-2025. Alfonso Castro (Mill), Alonso Gabarrús (Slook), Ana Tolosa (Fanny), Francisco Chinillach (Edoardo), Marcos Molina (Norton) y Sofía Hvid-Hansen (Clarina). Alumnos ESCM y Orquesta RCSMM. Dirección musical: Nacho Rodríguez. Dirección escénica: Raúl Arbeloa. Rossini: La cambiale di matrimonio.
Hace unos meses, en la misma Sala Bauer de la Escuela de Canto de Madrid se representó muy dignamente The turn of the Screw de Britten. Ahora, con la misma dirección musical de Nacho Rodríguez y también alumnos de canto del Centro, se ha viajado en el tiempo y en el estilo para representar la primera ópera de Rossini (1810), una obra cómica que ya abría un promisorio camino a un joven compositor de 18 años. Hay que aplaudir, naturalmente, estas iniciativas que contribuyen a que los alumnos de la Escuela vayan fogueándose y adquiriendo seguridad, aunque en la mayoría de los casos estén todavía a medio camino de sus carreras y les falten horas de vuelo, seguridad y sapiencia técnica.
Desde un punto de vista puramente musical, la representación contemplada –la última de las cinco previstas con dos repartos alternativos–, tuvo une evidente dignidad. Tres bajos o bajos-barítonos, en parte por definir del todo, se daban la mano. Slook, el canadiense que llega para casarse con Fanny, la hija del ricacho Mill, estuvo en la voz de Alonso Gabarrús, de timbre desigual y colocación relativa, pero extensa, fácil, bien apoyada en graves y emitida aún sin la redondez necesaria. Buen caricato, como demostró nada más salir en el aria Grazie, grazie! Mill fue Alfonso Castro, de instrumento más homogéneo y redondo, algo mate, pero amplio y variable apoyo. Mantuvo el tipo y estableció un gracioso duelo con Gabarrús en el dúo Dite presto dove sta.
Norton, el mayordomo, estuvo a cargo de Marcos Molina, eficaz y cumplidor, fraseador inteligente de timbre un tanto apagado, falto de brillo. La joven enamorada, Fanny, fue la soprano ligera Ana Tolosa, de armónicos no siempre equilibrados y relativa belleza, pero de fácil emisión, homogénea y extensa, graciosa y ágil coloratura, que se defendió muy bien en el aria con cabaletta Come tacer… Vorrei spiegarvi il giubilo… Ah, nel sen di chi se adora. El enamorado, Edoardo, fue cantado por Francisco Chinillach, un tenor ligero de agradable perfume en vías de asentar su canto y definir su fraseo. Y la criada, Clarina, fue Sofía Hvid-Hansen, más soprano que mezzo, de buen caudal y relativa afinación. Que no siempre reinó en el conjunto.
Las riendas musicales, el apoyo y la colaboración del pequeño foso –que tiene una estructura por escalones descendente, que no se ven– estuvo en la mano de Nacho Rodríguez, que dio alas a la leve música y le imprimió desde la pimpante obertura, que repite una y otra vez el airoso tema danzable y descendente de siete notas, una movilidad y motilidad muy propias, y animó el cotarro sin desfallecer consiguiendo una aseada lectura con instantes muy logrados y conjuntos bien apañados sin graves y apreciables confusionismos. La jugosa sucesión de temas y melodías discurrió animadamente y los recitativos tuvieron su impronta rossiniana de pura cepa. El colofón, con el finale Porterò così il cappello, bien conjuntado, cerró con mucha gracia el sainete. Colaboró esforzadamente, no siempre precisa, a veces falta de unidad, la pequeña y juvenil orquesta de alumnos del Conservatorio de Madrid.
Fue discutible la puesta en escena, bien movida, sí, y adecuadamente articulada, con detalles de buen guiñol. El problema, según el modesto punto de vista del firmante, es que La cambiale es una ópera bufa, en la línea que el compositor seguiría desarrollando en el futuro, pero no una bufonería; o una payasada porque los personajes, aun dentro de su simpleza, tiene cierta entidad humana. Todos ellos en estas representaciones van vestidos, con ciertas variantes, de payasos y están sometidos continuamente a una especie de absurdo Baile de san Vito verdaderamente atosigante, demencial, exagerado. Y todos ponen caras, caritas, dan saltos y piruetas de aquí para allá. Y el criado es un verdadero autómata. El humor, dibujado así, pierde finura, eficacia en busca de una risa en la que, realmente, debe haber sonrisa. Es una opción, que, según el firmante, no viene a cuento.
Para concluir, citemos los nombres de los demás profesionales intervinientes, además de Rodríguez y Arbeloa: Natividad Barroso y Alejandro Martín, regidores; Leonor Salinero y Elena de Miguel, repertoristas, y Mª José Zamora y Donatella Danzi, encargados de la fonética y la traducción.
Arturo Reverter
(foto: Manuel Macías)


