MADRID / Kissin y Goerne, con Brahms y Schumann, para Ibermúsica

Madrid. Auditorio Nacional. 19-III-2024. Ibermúsica. Matthias Goerne, barítono. Evgeny Kissin, piano. Obras de Schumann y Brahms.
Bueno es que el ciclo de Ibermúsica introduzca, en medio del grueso de su bien conocido ciclo, veladas como la que se comenta, un recital que se sale del ámbito más habitual de la serie, el gran repertorio sinfónico, para adentrarse en el ambiente más íntimo del lied, un mundo que permite adentrarse de manera muy especial en lo que nos transmite la fusión de poesía y canto. Los protagonistas, además, eran, en cuanto al nombre, todo un lujo: el barítono alemán Matthias Goerne (Weimar, 1967) y el pianista ruso Evgeny Kissin (Moscú, 1971). Al primero lo hemos escuchado bastante por estos pagos, tanto en el mundo del concierto como en el de los recitales liederísticos, pero solo ha actuado, antes de la ocasión que se comenta, una vez con Ibermúsica, hace ya 15 años, en un concierto con orquesta. Al segundo, en cambio, llevamos escuchándolo muchos años (desde 1988, cuando era apenas un adolescente, hasta hoy, 51 presencias, según se informó al principio del concierto) en este ciclo, y sus últimas actuaciones han sido justamente este mismo año en otras tres ciudades españolas. Pero, eso sí, esta es la primera ocasión en que quien suscribe lo escucha en labores de acompañamiento de lied.
El programa, desarrollado sin interrupción, estaba muy bien trazado, centrado en dos de los autores de máxima importancia en el lied romántico alemán que, además, con todas sus diferencias, están, como es bien sabido, muy ligados por su relación personal: Robert Schumann y Johannes Brahms. Un segundo hilo unía la mayor parte del programa: Heinrich Heine. El considerado, como señala con acierto Lorena Jiménez en sus informativas y bien documentadas notas, gran poeta del último romanticismo, era el autor de los textos de la mayor parte de las canciones ofrecidas.
Heine, en efecto, está detrás de todas las canciones programadas de Schumann: Abends am strand (tercera de las Romanzas y baladas op 45), Es leuchtet meine Liebe (tercero de los 5 Lieder und Gesänge op 127), Mein Wagen rollet langsam (cuarta de los 4 Gesänge op 142) y las 16 canciones que componen el que probablemente es su ciclo más conocido: Dichterliebe op 48.
El bloque brahmsiano, por su parte, se iniciaba con cuatro canciones, también sobre textos de Heine: Sommerabend, op 85 nº 1, Mondenschein, op 85 nº 2, Der Tod, das ist die kühle Nacht, op 96 nº 1 y Meerfahrt, op 96 nº 4. Completaban el programa las nueve canciones que componen los Lieder und Gesänge op 32, únicas del recital con textos que no eran de Heine, sino de August von Platen y Georg Friedrich Daumer. Sobre todo el programa dominaba el trasfondo de la canción de amor pero a menudo teñida de melancolía, tristeza y dolor.

Decía antes que los protagonistas, por nombre, eran teóricamente un lujo. Trayectorias brillantes de ambos, figuras más que bien conocidas y celebradas a nivel internacional. Sin embargo, el comienzo de la primera canción de Schumann, Abends am strand, despertó en algunos, y ciertamente en el que suscribe, un recuerdo de aquella memorable película de Jack Lemmon y Walther Matthau, La extraña pareja. La sensación que quedaba, y crecía cada canción, era que el Kissin que escuchábamos era el que llevamos años viendo con creciente fascinación, y que ya hace tiempo (y así lo ha comentado quien esto firma en las reseñas de recitales suyos en este mismo ciclo) se encuentra no solo en el momento más dulce de su brillantísima carrera, sino firmemente instalado en una posición de privilegio en el escalafón mundial del piano. El ruso es un pianista descomunal, capaz de extraer los más variados matices y colores, de los más primorosos efectos de pedal, de dibujar con fino pincel las más cuidadas coberturas y apoyos del canto, y de hacer también, de los cuidadísimos silencios y acentos, todo un tratado de acentuación de los climas que el texto y el canto transmiten, sean ellos la efusión lírica, la delicada melancolía, la doliente tristeza o la opresiva angustia.
Lució el ruso su pianismo superlativo a lo largo de todo el recital, y tuvo incluso más ocasión de ello en muchas de las canciones de Schumann, escritas con introducciones y conclusiones exclusivamente pianísticas, a las que sacó el mejor partido. Podrían citarse muchos ejemplos de ello, pero basten muestras como Es leuchtet meine Liebe y, dentro del Dichterliebe, las tituladas Hör ich das liedchen klingen, con un comienzo de una delicadeza impagable, o Am leuchtenden sommermorgen, que acompañó de manera especialmente sutil. Extraordinaria una de las canciones más emotivas de la serie, Ich hab’im Traum geweinet, en la que es difícil escuchar una expresión pianística más desolada. En la última del ciclo, Die alten, bösen lieder, alcanzó Kissin, especialmente en el tramo final, la quintaesencia de la delicadeza. Los ejemplos, naturalmente, continuaron en la serie brahmsiana: desde Sommerabend a la que cierra los Lieder und gesänge, titulada Wie bist du, meine Königin, el ruso maravilló una y otra vez con una intensidad de expresión realmente formidable.
La sensación con Goerne fue, por desgracia, bien diferente. Si Kissin era, incluso más, el que tanto hemos disfrutado recientemente, Goerne evidenció las características que conocemos, y que no a todos gustan, reforzadas con una situación vocal que se antojó problemática desde el principio. Recordé, ya desde el inicio de la primera canción de Schumann, un artículo de hace años (2010, ya ha llovido) de mi querido Arturo Reverter, en el que bajo el incisivo título de “Voces isósceles”, se refería (cito textualmente) a “aquéllas que se edifican, naturalmente, hacia arriba, por peldaños, como todas, pero en un progresivo y paulatino adelgazamiento, en el que van perdiendo poco a poco carne, densidad, lustre, fulgor y brillo, empequeñeciéndose hasta quedar, ya en tesitura alta, prácticamente sin presencia, con un apoyo escaso y una vibración pálida, exangüe”. Más adelante, en el mismo artículo, se refería a la voz de Goerne como “oscura y templada, permanentemente engolada, se estrecha asimismo en la zona alta, se afalseta y se ve privada de los brillos naturales que concede la emisión canónica”.

Han pasado años desde aquella consideración de Reverter, que suscribo por completo, y me temo que lo escuchado ayer no solo la confirma, sino que la acentúa y agrava. Porque con el tiempo, Goerne ha perdido, además, volumen. Mucho. Y ello se apreció especialmente en el registro medio-grave, donde a menudo, y pese al exquisito cuidado de Kissin, quedaba apenas audible. El vibrato, por el contrario, ha ampliado su recorrido, y eso, especialmente en canciones en que los saltos no son amplios (de hecho, muchas canciones de las escuchadas de Schumann se mueven por grados conjuntos, incluso con bastante cromatismo), se vuelve muy problemático, porque empaña de forma notoria la precisión de la entonación. Cierto, el de Weimar pone evidente gusto en la expresión y el fraseo, pero la intensidad expresiva también se ve lastrada por esa pérdida de presencia, porque el resultado más inmediato es una dinámica estrechada.
Con estos ingredientes, la impresión era la de un pianista en su mayor esplendor y un cantante que, en el mejor de los casos, no está en su mejor momento, si es que se prefiere no hablar de declive. En este sentido, era una pareja, en efecto, extraña.
Lo mejor, en conjunto, llegó en aquellas canciones en las que ese adelgazamiento vocal, e incluso afalsetado, puede ser más digerible (para gustos, los colores: hay quien abomina de ello en todo caso, pero hay quien, en determinadas ocasiones, lo encuentra disfrutable). Citemos entre ellas algunas del Dichterliebe (Aus meinen tränen Spriessen, Ich Will meine seele tauchen, Hör ich das liedchen klingen, Ich hab’im Traum geweinet) y alguna de las brahmsianas, como las dos últimas de los Lieder und gesänge op 32. Pero el balance global quedó lastrado por los problemas apuntados, y la plausible intención expresiva, gustos aparte, logró limarlos en cierta medida en las canciones en que la voz se movía, con más comodidad, en el registro medio, pero no cuando a la voz se le pedía más volumen o tesituras algo más extremas. En todo caso, recepción cálida del público (pese a numerosas deserciones, lamentables, aunque quizá esperables en una audiencia no acostumbrada a las veladas liederísticas), y los artistas regalaron dos canciones de Brahms: Lerchengesang op 70 nº 2 y Ach wende diesel blick op 57 nº 4. Los textos de las canciones, traducidos, se ofrecieron proyectados en las pantallas habituales, pero no se intercalaron los títulos de cada canción, algo que, para futuras ocasiones, quizá debería considerarse, porque técnicamente, como sabemos por otros conciertos de otros ciclos, es posible. Velada, en fin, de bonito interesante programa, que debe ser bienvenido en este ciclo, aunque el resultado esta vez pareció un tanto desequilibrado, con un pianista excepcional y un barítono que evidenció encontrarse a una distancia considerable de su acompañante.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Rafa Martín/Ibermúsica)


