MADRID / Kissin, grandeza de madurez quintaesenciada

MADRID / Kissin, grandeza de madurez quintaesenciada

Madrid. Auditorio Nacional. 15-III-2020. Ibermúsica 20/21. Evgeny Kissin, piano. Obras de Berg, Jrénnikov, Gershwin y Chopin.

Los idus de marzo han traído consigo, como en los peores tiempos romanos, convulsiones políticas, pero también la excelente noticia de la vuelta, tras un año de forzoso y triste silencio, de los conciertos de Ibermúsica, esa nave tan querida por el público que de la mano de Caballero y Aijón resiste a base de entusiasmo y tesón embates tan tremendos como el de la pandemia. El retorno lo abrió de forma emotiva, micrófono en mano, Clara Sánchez, para recordar con unos segundos de silencio a las víctimas de la pandemia, y anunciar después el recital del gran Evgeny Kissin, la cuadragésimo cuarta ocasión en que el ruso actúa con Ibermúsica desde 1988. Se dice pronto. Y ahí reside la primera reflexión. En el año (octubre próximo) en que el ruso cumple el medio siglo, tenemos la sensación de que ha estado con nosotros siempre. Y no es gratuita la sensación, porque, en efecto, cuando se presentó era apenas un adolescente. Eso sí, superdotado.

Hace muchos años que Kissin dejó atrás el virtuosismo. Entiéndase bien la afirmación. Lo dejó atrás porque es algo que dominó de manera extraordinaria desde bien pronto en su carrera. Su evolución, especialmente en los últimos diez o quince años, ha sido hacia la grandeza de una madurez quintaesenciada, en la que incluso la música elegida, y por supuesto la forma de acercarse a ella, adquieren otra dimensión. El programa elegido ayer era, sin la menor duda, poco convencional para un público acostumbrado a planteamientos más tradicionales. Se abría con la Sonata de Berg y seguía con cinco Piezas para piano del ruso Tijón Jrénnikov (1913-2007, quienes deseen buscar más sobre él harán bien en intentar con Tikhon Khrennikov), compositor bastante desconocido para el gran público, antes de girar radicalmente al contagioso swing de los Preludios de Gerswhin, para culminar en un plato principal que, este sí, era marca de la casa: Chopin (Nocturno op. 62/1, los 3 Impromptus y la Polonesa op. 53). Pero esa variedad, si bien es cierto que tal vez carecía de hilo conductor, permitió apreciar hasta qué punto Kissin ha conservado las cualidades del brillante virtuoso que ha sido siempre para, con el tiempo, devenir artista sensible, maduro y libre de corsés.

Asombró la intensidad conseguida en la compleja Sonata de Berg, cuyas densas texturas fueron expuestas con exquisita claridad. Independientemente de lo indeseable que fuera como persona (perro fiel de Stalin y temido vigilante de compositores), la música de Jrénnikov que ayer escuchamos es muy apreciable y permite adivinar resonancias de Prokofiev y Shostakovich (más del primero), bien evidentes en la magnífica, rica y contrastada interpretación de Kissin. Ya en la pandemia pude ver algún vídeo de Kissin interpretando los Preludios de Gershwin, así que no pude sorprenderme del contagioso swing que evidencia hasta qué punto el ruso se ha convertido en un pianista de enorme versatilidad. Simplemente sensacional. Y Chopin, para terminar. Exquisito, con un sonido de gran belleza, lleno, redondo, anchísima la dinámica y cuidadísimo en el color, una apabullante demostración de toque leggiero (el largo pasaje de fusas del segundo Impromptu fue despachado con tan insultante facilidad y perfección como formidable belleza) y un poderío arrollador (tremenda, arrolladora la épica Polonesa op. 53). Éxito apoteósico que mereció cuatro propinas: Mendelssohn, Jrénnikov, Chopin y Debussy. Formidable recital para un feliz y añorado retorno.