MADRID / Kissin: el mejor regalo posible

MADRID / Kissin: el mejor regalo posible

Madrid. Auditorio Nacional (Sala Sinfónica). 9-I-2022. Temporada de Ibermúsica 21-22. Evgeny Kissin, piano. Obras de Bach-Tausig, Mozart, Beethoven y Chopin.

Me referí hace poco más de un año, con ocasión del último recital de Kissin para Ibermúsica, que marcaba además el retorno del ciclo tras el parón pandémico, que el ruso pareciera haber estado con nosotros siempre, porque desde su primera aparición, en 1988, con 17 años, le hemos tenido por tierras españolas de la mano de Ibermúsica nada menos que (contando la de ayer) cuarenta y seis veces. Kissin es ya como de la familia. Hemos crecido con él, y observado, con una mezcla de admiración y asombro, la evolución desde el virtuoso consumado que siempre fue al gran músico que además es hoy.

El concierto de ayer tenía para Kissin sin duda una significación especial: lo dedicaba a su profesora Anna Pavlovna Kantor (1923-2021), fallecida el pasado año a los 98 años. Kantor fue, como señala el propio Kissin en la nota incluida en el programa de mano, mucho más que una profesora: fue amiga y más tarde realmente parte de familia, hasta el punto de trasladarse a vivir con ellos.

El programa, como ocurrió el año pasado, no seguía un particular hilo conductor, aunque sí tenía en común con aquel dedicar una parte del mismo (la segunda, igual que en 2021) a uno de sus compositores favoritos, con el que se catapultó a la fama cuando era un chaval al principio de su adolescencia: Chopin, cuyos conciertos para piano registró en aquel momento para RCA dejando boquiabierto al mundo musical.

Abría el recital el arreglo pianístico de la archiconocida Tocata y fuga en Re menor BWV 565 de Bach, debido a Carl Tausig, uno de los más ilustres discípulos de Liszt. En este tipo de arreglos, además de incorporar la escritura del pedalero, se intenta a menudo recrear la monumental sonoridad del órgano. Se juega con las octavas, los acordes densos y los pedales largos para evocar dicha sonoridad y hasta la reverberación que suele hallarse en los templos, el lugar más habitual donde encontramos al colosal instrumento para el que la obra fue concebida.

El intento puede, sin embargo, incurrir con cierta facilidad en el exceso de aparatosidad (por otra parte, muy propio de la apoteosis de virtuosismo que tanto abundó en el Romanticismo tardío en el que tales arreglos vieron la luz), y tengo la sensación de que eso le ocurre a la partitura de Tausig. Para quien esto firma, la firmada por Busoni tiene, en este sentido, un punto más de equilibrio.

Dicho esto, si compramos pulpo como animal de compañía, o aceptamos el aparato desplegado por Tausig, es realmente difícil no admirar el poderío, la riqueza de colorido, la apabullante ejecución y el cuidadísimo (y variado) manejo del pedal por parte de Kissin, que firmó una interpretación sensacional, absolutamente espectacular en los momentos más virtuosos y de impoluta claridad en el tratamiento contrapuntístico de la fuga.

El contraste con la siguiente obra no podía ser mayor. Del gran aparato del arreglo bachiano con tan evidentes resonancias postlisztianas, a la austeridad e introspección del Adagio en Si menor K 540 de Mozart. Partitura singular no solo en la tonalidad, no empleada con frecuencia por el de Salzburgo, sino en su propio carácter. Escrita en 1788, el mismo año que la tríada sinfónica final, plantea una curiosa alternancia de un canto sencillo, de melancolía que se diría contenida, y que periódicamente queda salpicado de breves pero reiterados acordes que chocan en una disonancia que parece transmitir una amargura que, sin embargo, no nos llega con descarado desgarro, sino más bien con severa contención.

La entendió así Kissin, que observó todas las repeticiones (algo no tan habitual en estos tiempos) y dibujó con respetuosa austeridad ese juego evidente de melancolía y amargura en una lectura en la que esa severa contención, creo que muy intencionadamente presentada como tal, no debe confundirse con frialdad. Matiz y contrastes, canto y cruda disonancia, se dieron la mano en esa interpretación con tanta sensibilidad como alejada de la exageración.

Si hace un par de años Kissin nos regaló un monográfico beethoveniano excepcional, la inclusión en el programa de ayer de una de sus más bellas sonatas, la penúltima del ciclo, op. 110, levantaba las mejores expectativas. Todo un rapsódico tránsito desde la nostalgia interrogadora del primer movimiento al triunfo vital del exaltado retorno de la fuga, estamos ante una de las obras de más intensidad emotiva entre las pianísticas del gran sordo. La alternancia, diríase que casi una pugna, entre el desolado dolor del arioso dolente, precedido de un recitativo casi angustiado (eso que Rosen denominaba “una escena operística”) y el anhelo, que alcanza una irresistible urgencia vital en el tramo postrero de la fuga final, es todo un recorrido de vida, de sentimientos, pensamientos y sensaciones, una música tan intemporal como fluida en ese relato fascinante, trascendente y emocionante.

Se acercó a ella Kissin completamente alejado de aparato alguno, como consciente de que Beethoven no sólo demanda en el comienzo ese Moderato cantabile molto espressivo, sino que lo cualifica, además, añadiendo, sobre las primeras notas de la partitura, con amabilità. Planteó el ruso su acercamiento, en efecto, con un muy calmado tempo, el énfasis situado en el moderato, pero al mismo tiempo cantando, sí, con amabilidad, dejando que ese lado de nostalgia interrogadora apareciera con espontaneidad y fluidez, sin arrebato. Tuvo energía sobrada el rotundo Scherzo, pero sin caer en exceso alguno. Y quedó maravillosamente dibujado el arco del tercer movimiento, esa pugna mencionada en la que la arrolladora exaltación final culmina la obra con una rotunda afirmación vital. Todo, naturalmente, expuesto con una riqueza de matices, una nitidez en el contrapunto y un manejo de pedal sencillamente primorosos.

Chopin, después. Siete Mazurcas (op. 7 nº 1, op. 24 nº 1 y 2, op. 30 nº 1 y 2, y op. 33 nº 3 y 4) y el Andante spianato y gran polonesa brillante op. 22. Se ha dicho a menudo que las Mazurcas contienen al mejor Chopin. No sé si la afirmación pueda ser exagerada, pero sí es cierto que el caleidoscopio que el compositor polaco despliega en estas páginas, unas muy breves, otras (como la última ofrecida ayer) notablemente más elaboradas, deja pinceladas magistrales de refinamiento, elegancia y sugerente atmósfera. Nuevamente se acercó Kissin a ellas con un envidiable equilibrio. Elegante, refinado, bien cantado, matizado de forma exquisita y con el siempre cuidadísimo pedal, con el rubato justo para dibujar el canto con intensidad expresiva, pero sin caer en el edulcoramiento sentimental. Es realmente difícil no admirar el precioso canto en la op. 30 nº 2 o la evocadora melancolía de la op. 33 nº 4, por citar solo dos ejemplos.

Por si a estas alturas no estábamos lo suficientemente admirados de lo que Kissin nos estaba haciendo llegar, el Andante spianato y gran polonesa brillante seguramente convenció hasta los más escépticos. Aquí lució el canto perfectamente dibujado, evocando en las florituras delineadas no solo con precisión milimétrica, sino con elegancia belcantista, esa que derivaba de la admiración del polaco por Bellini. Y en la polonesa, toda la exaltación, la épica, sin perder nunca la refinada elegancia, o la intensidad evocadora. Asistimos a una interpretación sencillamente memorable, plasmada con asombrosa facilidad, de una partitura de extraordinaria belleza. A medida que progresaba la interpretación pensé en la dedicataria del concierto. Anna Pavlovna Kantor, habría, sin la menor duda, sonreído a su alumno y regalado un ¡Bravo! y un ¡Gracias! Porque no podría la profesora soñar con un regalo pianístico mejor que el ofrecido por su excepcional discípulo en la tarde de ayer.

No puede extrañar que el auditorio, lleno, se volcara en aplausos. Tantos que obligaron al pianista a cuatro regalos, ofrecidos con nivel de calidad en línea con lo antes escuchado. Abrió la serie el coral Nun komm, der Heiden Heiland BWV 659, perteneciente a los Preludios corales de Leipzig, de Bach, en el arreglo pianístico (este sí, precioso) de Busoni. Siguió un Mozart bien diferente al escuchado en el concierto: el alegre Rondó en Re mayor K 485. Más Chopin a continuación, para terminar: el Estudio op. 25 nº 10 (durante el cual tuve la sensación de que algo molestó o distrajo al pianista, que giró la cabeza hacia el patio de butacas un par de veces) y el Vals op. 70 nº 2. Tras más de dos horas de recital, aquello hubiera podido continuar, y desde luego lo hubiera hecho si del público hubiera dependido.

Lo dije el pasado año: Kissin está en ese estado de grandeza de una madurez ya quintaesenciada. Ayer nos regaló una maravillosa tarde de piano y música. Una tarde para el recuerdo. También a Anna Pavlolvna Kantor, sin duda. Tras el espléndido recital de Davidsen el sábado, no podía haber mejor continuación. Magnífico comienzo del año musical madrileño, sin duda.

(Foto: Rafa Martín – Ibermúsica)