MADRID / Khatia Buniatishvili: Molto tempestoso

MADRID / Khatia Buniatishvili: Molto tempestoso

Madrid. Auditorio Nacional. Sala Sinfónica. 29.X.2019. XXIV Ciclo de Grandes Intérpretes. Khatia Buniatishvili, piano. Obras de Beethoven.

Se presentaba la joven y exuberante georgiana Khatia Buniatishvili (1987) en el ciclo de grandes intérpretes con un programa tan atractivo como comprometido, anticipando el aniversario beethoveniano del año próximo con cuatro de sus más conocidas Sonatas pianísticas: la Patética, la Tempestad, la Claro de luna y la Appassionata, esta última ofrecida por segunda vez en la actual edición del ciclo, tras haberla presentado el también joven español Juan Pérez Floristán en su recital de septiembre.

Como en más de un caso (no todos, pues por ejemplo el británico Grosvenor parece bastante más austero en este sentido) de artistas jóvenes y muy mediáticos, la puesta en escena de Buniatishvili es, en todos los sentidos, aparatosa. Con un glamour y atractivo indudables, manejados con extraordinaria habilidad por la joven georgiana, la mezcla arrastra como un tsunami a un público especial, con abundancia de jóvenes, que se entrega con entusiasmo indudable ya de entrada, incluso antes de que el resultado artístico haya podido producirse. Aunque no es quien esto firma especialmente amigo de tales fulgores mediáticos, porque creo que en muchos casos el bosque de la música se puede perder de vista tras el relumbrón de los árboles del espectáculo, tampoco tiene especial prevención o alergia a ello, siempre que el resultado artístico acompañe y nos llegue sin que los efectos, ópticos o de otra naturaleza, nublen la percepción. Se trata de evitar caer en aquello que repetía un excelente profesor que tuve en mi adolescencia, que sentenciaba, sobre las cosas sin sustancia, con tres palabras contundentes: aire, oropel… y nada.

La joven y guapa (como dijo un entusiasmado fan en un momento del recital, en exclamación bien audible y del todo inhabitual; yo por lo menos no recuerdo haber oído esta clase de piropos de manera habitual, y conste que no hay reproche en ello) Buniatishvili es pianista de medios y talento indudables, y se produce en el teclado con energía y entrega también indiscutibles. Hablaba en la entrevista que concedió a Scherzo de los grandes contrastes de Beethoven, hecho igualmente aceptado por cualquiera que conozca la música del gran sordo. Sin embargo, e incluso aunque los contrastes sean y se presenten acertadamente como abruptos, el discurso ha de tener claridad y fluidez.

Buniatishvili empezó alargando muchísimo el compás y medio inicial de La Tempestad, como si esa indicación Largo fuera en realidad eterna. El pianissimo fue muy convincente, pero el tempo a continuación, para la indicación allegro (incluso teniendo en cuenta el componente alla breve por el compás), pareció excesivamente rápido, no por una cuestión de gusto, sino por una materia de claridad del discurso. Buniatishvili hablaba en la entrevista de los momentos en que Beethoven desencadena “tormentas musicales”. Tiene razón la georgiana, hay momentos (un pasaje del desarrollo del primer tiempo de la Appassionata por ejemplo) donde hay que desencadenar la tormenta, pero sin dejar que el huracán se lleve el discurso por delante. Quienes conocen las grabaciones en vivo de esa obra por Richter en los años sesenta saben lo que es llevar la cosa al extremo en el que se consigue el máximo de tensión con la claridad mínima exigible, de manera que el discurso se entienda. Si, por así decirlo, se traspasa la frontera del exceso en cuanto a cargar las tintas de lo tempestuoso y se pierde el discurso, entonces, inevitablemente, se pierde también la tensión. Me temo que tal ocurrió ayer en bastantes momentos de los movimientos iniciales de las dos sonatas mencionadas, y también en el de la Patética.

Ocurrió igualmente en un demasiado atropellado allegro ma non troppo final de la Appassionata. Como cabía esperar, cuando llegó el sempre più allegro y el presto en la coda, ya no había espacio para más velocidad ni para más tormenta, sólo para un muy temperamental, pero, al menos para quien esto firma, y creo no estar solo en la consideración, demasiado confuso arrebato. Los desarrollos de los movimientos extremos de las sonatas tuvieron más aparato que sustancia, con reguladores aplanados o ausentes, como si sólo el juego del contraste abrupto fuera el protagonista. No cabe duda de que dicho juego tiene un papel esencial, pero Beethoven es mucho más que eso, y si el énfasis en el contraste abrupto tiene la exclusiva el resultado global queda corto para la inmensa riqueza de matiz que hay en la música del gran sordo.

Lo mejor y más equilibrado de la noche vino en los tiempos lentos de las cuatro sonatas. Bien cantados los adagios de La Tempestad y la Patética, planteado con sensibilidad (aunque de nuevo algo plano en algún regulador) el adagio sostenuto de la Claro de Luna y correctamente dibujado el Andante con moto de la Appassionata.

En todo caso, un recital que no terminó de responder a la expectativa despertada por esta joven pianista, aunque justo es reseñar que el éxito, con el entusiasta público bien entregado, fue grande. La georgiana regaló una sensible lectura de lo que, si no falla mi memoria, es un arreglo de Wilhelm Kempff del minueto en sol menor HWV 434 de Handel.