MADRID / JONDE: Un mundo de ritmos, de timbres y contrapuntos

Madrid. Auditorio Nacional. 9-X-2025. Miembros de la Joven Orquesta Nacional de España. Director (López López, Varèse): Lorenzo Ferrándiz. Obras de Mozart, Esperet, López López, Varèse y R. Strauss.
De la productiva imaginación de Ana Comesaña, directora artística de la Joven Orquesta Nacional de España (JONDE), vienen saliendo en los cuatro últimos años jugosas propuestas y aventuras diversas que mantienen, acrecen y solidifican este proyecto nacido en 1983 como una de las apuestas más vivificantes del INAEM. Como las que, al comienzo de esta temporada, dan vida a tres conciertos sucesivos, del primero de los cuales hablamos en esta nota.
Una sesión que, como las otras dos, celebradas en días sucesivos, combina lo nuevo con lo antiguo, lo conocido con lo desconocido, lo solidificado con lo aún en vías de desarrollo. Atractivo y nada fácil planteamiento que exige ya una seguridad, una formación y un entusiasmo a prueba de bomba. En este concierto, ameno, variado, contrastado, hemos tenido ocasión de comprobarlo. Se abría con esa maravillosa obra maestra que es la Serenata en Si bemol mayor, Gran Partita K 361 (realmente 370a) de Mozart, escrita para doce instrumentos de viento y un contrabajo.
Las más diversas combinaciones, las sonoridades más subyugadoras nos acogen en ella. Los corni de bassetto prestan su aterciopelada voz al conjunto proporcionándole un tono afectuoso inconfundible. Nos solazamos de nuevo con la voz del oboe que emerge al comienzo del Adagio y que abría la película Amadeus de Milos Forman. La interpretación, sin director, fue muy loable a falta quizá de un abandono más poético y efusivo. Buen encaje rítmico en los momentos más rápidos. Un encaje logrado asimismo en la obra que cerraba la sesión, Metamorfosis, una de las creaciones póstumas de un Richard Strauss de vuelta de todo, que escuchamos en un arreglo para septeto de cuerda de R. Leopold. La pauta la marcó la violinista María Asensi Yagüe. Sonoridad suave y logrado contrapuntismo.
En medio de estas dos composiciones se situaron las otras tres, nacidas en tiempos muy posteriores y que marcaban un buen contraste. Estábamos en otro mundo. Como el creado por el francés Alexandre Esperet (1985) en su curiosa Esto no es una pelota, a no confundir con otra de sus propuestas, Esto no es una partitura. Tres percusionistas (Laia Blay, Magí Llatser y Adrià Fort) bailan, saltan, se contorsionan con una espectacular mímica al compás de una serie de efectos percutivos grabados. Una espectacular danza. Nada que ver, aun dentro del mundo de la percusión, con la abracadabrante Haikus del mar (2010) de José Manuel López López (1956) que se estrenaba en España.
La obra es una excelente muestra del dominio del compositor madrileño, que recurre aquí a un copioso conjunto de instrumentos de percusión manejados por seis músicos: toda clase de láminas y de parches, de objetos sonoros se utilizan con una imponente imaginación que va de menos a más y que exige un exquisito cuidado en el control de dinámicas. Durante más 15 minutos nos vemos inmersos en una fluyente marea de exquisitas sonoridades que todo lo envuelven y en la que nos sentimos atrapados. Sobre todo a través de una tan cuidada interpretación como la que disfrutamos.
“La partitura de Ionisation de Varèse, nacida en 1931, es única”, comentaba Nicolai Slonimsky. Muestra la variedad y riqueza extraordinaria de ritmos y de timbres que es posible extraer de un conjunto de percusiones. Aquí hemos escuchado una reducción para seis percusionistas de Georges Van Gucht de 1967. Comprobamos también aquí la preparación de los músicos de la JONDE. Por todo ello un concierto ameno, instructivo y disfrutable. A seguir.
Arturo Reverter
(fotos: Elvira Megías)


