MADRID / Jolgorio beethoveniano

MADRID / Jolgorio beethoveniano

Madrid. Auditorio Nacional. 21-XII-2020. Eduardo Fernández, piano. Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid. Director: Víctor Pablo Pérez. Beethoven: Concierto Emperador, Coro final de Cristo en el Monte de los Olivos y Fantasía para piano, coro y orquesta.

Concierto extraordinario de Navidad que se ha desarrollado por unos muy agradables cauces, con un Auditorio que presentaba una ocupación más que aceptable en estos tristes tiempos. La rectoría de Víctor Pablo, siempre traducida en ese su característico y amplio gesto de brazos abiertos, anacrusas bien dibujadas y constantes indicaciones sin batuta, supo conducir una muy sugerente versión del Concierto nº 5, “Emperador,” donde la agrupación madrileña sonó compacta, bien equilibrada y, al tiempo, con sus voces definidas.

Se acopló bien el conjunto, en muy apreciable tacto de codos, a la labor del solista, Eduardo Fernández, que desde el mismo arranque, en esa difícil cadencia de introducción, salvada con general, aunque no total, limpieza, marcó ya el devenir de la interpretación: lirismo contenido, texturas alígeras, fraseo airoso, nada de excesos virtuosos o de acentos grandilocuentes, óptica en cierto modo camerística, lo que, de acuerdo con la tradición, podría desnaturalizar la propuesta. Pero no sucedió porque, antes al contrario, todo el discurso fluyó ameno y clarificado, lejos de un olimpismo mal entendido.

Una propuesta que quitó grandeza pero que proporcionó transparencia y planteó una visión más vecina al clasicismo; en el que, después de todo, aún vivía en parte el compositor allá por 1809. Nos gustó el muy delicado comienzo del desarrollo propuesto por el director, que en todo caso no olvidó los acentos marciales de tantos pasajes. Tras la cadencia pianística quedó delicadamente expuesta la coda, en la que, como debe ser, hubo un bien planificado diálogo entre tutti y solista. Fernández expuso de modo extremada y justificadamente cantabile el Adagio un poco mosso, cuya bellísima melodía fue bien desgranada.

Brilló también el piano en los a veces etéreos couplets del Rondó, aquí limado de sus en otras ocasiones agresivas asperezas; aunque es cierto que la exposición del refrán por parte del teclado se hiciera sin la claridad, la justeza y la seguridad requeridas. Pero todo concluyó de la mejor manera tras una mejorable cadencia final. Aplausos cálidos para todos, que se extendieron al Coro –unas 24 voces-, que sonó en general con redondez, aunque sin evitar ciertas destemplanzas, en el número final del oratorio beethoveniano Cristo en el Monte de los Olivos.

Afirmación, líneas bien definidas, pequeños titubeos de un piano que fue una excelente base para la construcción de la Fantasía coral, que seguimos con atención y que tuvo el impulso necesario, con una muy adecuada respuesta de los conjuntos comunitarios, acoplados, moldeados e impulsados por el gesto entusiasta del director, que coronó con toda la fuerza afirmativa y toda la firmeza los últimos compases. Buena prestación de los seis solistas vocales: Sandra Cotarelo y Anabel Aldalur, sopranos; Paz Martínez, mezzosoprano; Fran Braojos y Karin Farham, tenores; y David Rubiera, bajo. No salió a saludar Mireia Barrera, anunciada como  directora del coro. Lo hizo un innominado y espigado joven.

Como regalo navideño se nos ofreció una curiosa y bien urdida composición del gallego Juan Durán, una suerte de felicitación musical construida sobre variados temas beethovenianos mezclados hábilmente, en exhibición de capacidad para operar modulaciones armónicas y entretejer líneas; lo que nos permitió oír a la vez, superpuestas, por ejemplo, la Oda a la Alegría y el Adeste fideles. También con intervención pianística. Gran fin de fiesta.