MADRID / Javier Eguillor y la BSMM: Cuando la percusión y la buena música son de primera

Madrid. Teatro Monumental. 06-X-2026. Banda Sinfónica Municipal de Madrid; Javier Eguillor, percusión; Carlos Garcés, director. Obras de Navarro, Barnes, Melillo y Mahler.
Anoche se inauguró la temporada Confluencias 2026/2027 de la Banda Sinfónica Municipal de Madrid (BSMM) en el Teatro Monumental. Buenos ingredientes no le faltaban: estreno de nuevo director titular —el maestro soriano Carlos Garcés que sucede al veterano maestro holandés Jan Cober, quien ha dirigido la BSMM durante más de seis años—, estreno mundial de una obra —Storm of Strikes (Tormenta de ataques) del compositor noveldense Óscar Navarro—, un percusionista de primera fila —el jijonenco Javier Eguillor, que lo impregna todo de entusiasmo y energía—, repertorio muy variado con un final sinfónico —la ya mencionada Storm of Strikes de Navarro, Fantasy variations del estadounidense James Barnes, GoodSpeed (Buena suerte) del también estadounidense Stephen Melillo y el cuarto movimiento de la Sinfonía nº 1 «Titán» del bohemio Gustav Mahler—, unos músicos excelentes y un público fiel que llenó el Teatro Monumental hasta la bandera.
Si hay algo que caracteriza los conciertos de la BSMM es la gran afluencia de público que ya quisieran para sí muchas orquestas sinfónicas. Quienes vayan a alguno de los conciertos de esta temporada —en la que se interpretarán obras de Turina, Falla, Berlioz, Saint-Säens, Ravel, Músorgski y Respighi entre otros muchos— tendrán ocasión de comprobarlo. Anoche el público disfrutó de lo lindo con un programa muy ameno, bien dirigido y extraordinariamente interpretado.
La noche comenzó con el estreno mundial en la versión para banda del concierto para percusión Storm of Strikes de Óscar Navarro. Es una obra festiva que comienza con una obertura que evoca a la de Orfeo de Claudio Monteverdi o a esas oberturas típicas del primer barroco, y que termina con un espectacular mambo. Un recorrido rítmico por distintos estilos y géneros. ¡Virtuosismo y ritmo puro! El «despliegue percutivo» es considerable: amén de la nutrida sección de percusión de la banda, que incluye batería, al lado izquierdo del director había tres timbales barrocos y al derecho cinco timbales filarmónicos. El percusionista solista era Javier Eguillor, cuya energía y entusiasmo desborda el escenario en cuanto se pone delante de los timbales convirtiéndolos en verdaderos protagonistas. Eguillor tiene esa peculiar habilidad de los virtuosos de un instrumento: sus movimientos son tan ágiles, tan naturales y precisos que parece que no toca o que lo que toca parece muy fácil… ¡Y de fácil nada! ¡Menudo timbalero! El concierto lo compuso Navarro expresamente para Eguillor y en él se despliegan toda suerte de técnicas: toque con distintos palos y macillos, con escobillas, con las manos, toques en las membranas de los timbales, en los aros de ajuste, en la caja… Con ello se logra una paleta de colores y sonidos percutivos que sorprende a quien los escucha. ¿Se puede hacer eso con un timbal? Sí, se puede… o al menos Javier Eguillor sabe cómo hacerlo. Para que la obra suene como debe sonar, la coordinación entre director, banda y solista ha de ser impecable. E impecable fue. El público lo agradeció con un gran aplauso al terminar el concierto y Eguillor ofreció una propina junto con la banda. ¡Y ojo a la propina! Nada más y nada menos que la cadencia de Raise the Roof (Levanta el tejado) del estadounidense Michael Daugherty. Javier Eguillor volvió a ser muy aplaudido al igual que el compositor Oscar Navarro que estaba entre el público y subió al escenario para saludar.
Después de una pausa, el maestro Carlos Garcés explicó la obra que iban a interpretar, Fantasy variations de Barnes: veinte variaciones sobre el conocidísimo tema del Capricho nº 24 de Niccolò Paganini. En esta ocasión el tema lo presentaba el oboe y luego se iba transformando entre las distintas secciones de la banda hasta completar las veinte variaciones. El sonido de la banda fue potente, pero también muy delicado cuando se requería. La obra fue muy aplaudida por el público. Seguidamente llegó GoodSpeed de Melillo, una obra corta, muy rítmica como las dos anteriores. Dura cinco minutos y cincuentaicinco segundos, y la duración es importante, porque se deriva de la serie de números de Fibonacci que Melillo empleó para componer la obra, lo cual le confiere un carácter muy especial: la duración, los treintaitrés cambios de compases y un silencio maravilloso que anuncia el corno inglés a los tres minutos y treintaitrés segundos.
Tras otra pausa llegó el cuarto movimiento de la Titán de Mahler. Para quienes estamos acostumbrados a escuchar esta sinfonía interpretada por una orquesta sinfónica, llama la atención el cambio de sonoridad que se experimenta al escucharla cuando es interpretada por una banda. ¿Mejor, peor? Distinta. Las partes potentes de metales suenan mucho más en una banda que en una orquesta. El resultado no deja de ser extraordinario. Recordemos que una de las funciones de las bandas en tiempos antiguos era dar a conocer obras sinfónicas que, de otra forma, la gente no podría escuchar. Muchos de los arreglos para banda son fantásticos y este de la sinfonía de Mahler lo es. El público ovacionó a la banda y la banda ofreció una propina tan conocida que el público se puso a cantarla mientras tocaba la banda: el famoso chotis Madrid de Agustín Lara. La noche terminó con el público en pie ovacionando a la BSMM y a su nuevo director. Un nuevo comienzo y también un final, porque este concierto fue el último del trompista Joaquín Celada —que lleva en la banda desde 1982; ¡la friolera de cuarentaicuatro años!— a quienes sus compañeros rindieron un breve homenaje ante el público que correspondió con un caluroso aplauso.
Michael Thallium


