MADRID / Jaroussky y Ducros: distintas perspectivas líricas

Madrid. Auditorio Nacional. 4-XI-2024. Philippe Jaroussky, contratenor. Jérôme Ducros, piano. Viena-París. Lieder y canciones de Haydn, Mozart, Beethoven, Schubert, Fauré, Hahn y Debussy.
Esta temporada, Impacta Conciertos ha organizado en el Auditorio Nacional seis sesiones de auténtico “impacto”, con artistas de primera y muy conocidos. El segundo en la lista, después de la soprano Yoncheva, ha sido el célebre contratenor francés Philippe Jaroussky, de cuya actuación vamos a dar cuenta en esta crítica.
La voz del cantante era en un principio, cuando jovencito (ahora ha cumplido ya los 46) clara y argentina –no especialmente poblada de armónicos, como las de ningún contratenor– corría bien, progresaba, se elevaba con facilidad gracias a una emisión habitualmente franca y bien expandida. Su línea de canto gozaba de una pulcritud extrema, gobernada por una dicción nítida y adecuadamente asentada. Proyectaba con naturalidad y fraseaba con donosura, encontrando con facilidad claroscuros y matices expresivos de primera calidad, bien que lo soleado del instrumento, que poseía un timbre de soprano tirando a ligera, le impidiera a veces colorear en la medida en que lo hacían voces más oscuras, de mezzo, como las de Cencic o nuestro Carlos Mena.
Jaroussky sigue siendo un magnífico cantante, pero a medida que el timbre se ha ido oscureciendo (relativamente) y perdiendo brillo, la extensión parece haberse estrechado y ya no goza de aquella insultante facilidad para encaramarse y columpiarse en las más tremebundas agilidades, bordando una coloratura admirable. Ya no gorjea y se afiligrana como antaño. Pero, ojo: continúa siendo un cantante de talla, que maneja una técnica espectacular y sale del paso con gallardía. En un repertorio menos lucido cual es el elegido para este concierto, en donde no había ninguna de sus antiguas especialidades barrocas, con las que nos deslumbraba.
Sabedor de su evolución, busca repertorios más modernos y asequibles en los que las exigencias son otras, y se dedica en mayor medida a la enseñanza del canto y a la dirección de obras barrocas. Aquí nos hemos movido por ello en un terreno distinto, pero también de interés cierto, en el que por supuesto se ha de desarrollar un arte de canto exquisito. En la dicción, en el manejo de los contrastes dinámicos, de los reguladores, de las medias voces. El artista se ha defendido bien con las lógicas limitaciones que posee una voz de contratenor para cantar, por ejemplo, alguno de los más célebres lieder de Schubert.
En este recital se nos han ofrecido hasta siete del compositor vienés. La dicción, la afinación (a veces relativa), la expresión, los contrastes (no siempre acentuados) han intervenido para dar forma a las piezas. En Im Frühling, por ejemplo, todo nos pareció bastante discursivo y de un talante escasamente dramático. Otorgó intimidad y jugó bien con las dinámicas (no muy anchas, por supuesto) en Die Götter Griechenlands. La pimpante An Silvia le iba evidentemente más y sacó provecho.
Muy concentrada la interpretación de la dramática Litanei afu das Fest Allerseelen, en todo caso insuficiente para dar con la verdadera almendra del lied. Faltó anchura y cuerpo en Herbst y se logró la adecuada laxitud expresiva en Nachtstück. Buena orientación pero falta de medios adecuados. Buen comportamiento general en las canciones de Haydn (Das Leben ist in Traum!, elegante y grácil, como se pide), Mozart, aquí con evidente falta de peso para Abendempfindung, y Beethoven, con una muy liviana Adelaide, poco contrastada.
La segunda parte, toda francesa, encajaba mejor en una voz de sus características y en su estado actual. Las Cinco melodías de Venecia de Fauré se expusieron sin contratiempos con gusto y excelente dicción, aunque en todo momento seguimos echando en falta el caudal de una voz masculina o femenina de otro tipo. Las tres mélodies de Hahn fueron de lo mejor y más trabajado de la noche junto a las tres de Les Fêtes galantes de Debussy, más adaptadas a las características vocales del cantor. El toque contemplativo nos envolvió. Al final el regalo de una animada canción de Brassens, creemos que Colombina, en la que el cantante siguió teniendo la estupenda colaboración del buen pianista que es Ducros, siempre atento, variado, coloreado y a veces sutil, quien tocó, no sin ciertas borrosidades, dos obras a solo: la Klavierstück nº 2 D 846 de Schubert y el Estudio de concierto nº 2 op. 35 de Chaminade.
Programa de mano con los textos traducidos, pero sin ningún comentario didáctico sobre las obras.
Arturo Reverter


