MADRID / Janine Jansen y Denis Kozhukhin: Vientos bienhechores

Madrid. Auditorio Nacional. 10-IV-2025. Liceo de Cámara XXI. CNDM. Janine Jansen, violín. Denis Kozhukhin, piano. Obras de Brahms, Poulenc, Messiaen y Ravel.
Sabíamos que la holandesa Janine Jansen (1978) era una gran artista. Lo hemos podido comprobar de nuevo. Abarca además un amplísimo repertorio, del siglo XVII al XXI. Está en un gran momento. Gusta de recuperar modos y técnicas del pasado, que aplica a conciencia en sus alabadas interpretaciones de Bach, pero dirige continuamente su mirada hacia los siglos posteriores. Maneja un Stradivarius de 1727, al que sabe extraer una sonoridad de una finura y una belleza tímbrica sensacional, homogénea, cristalina, envuelta en una sorprendente dulzura tímbrica y apoyada en un fraseo elegante, sutil y fantasioso.
De todo ello ha dado prueba en esta nueva cita madrileña en compañía del estupendo y concentrado, gran colaborador, pianista Denis Kozhukhin, adornado de una hermosa melena rubia; como ella. Han tocado ungidos por la mano de los dioses de la música. Cinco obras en sus dedos. Las dos primeras eran las Sonatas nº 2 y 1 de Brahms, tocadas en este orden. Piezas maestras, herederas en buena medida de las de Beethoven, aunque las del hamburgués participan también de los rasgos dibujados por Schubert o Schumann. Obras de un lirismo tranquilo, de estructura clásica pero abiertas a las originalidades propias de un músico extraordinario.
Un viento suave y bienhechor empezó a soplar desde las primeras frases del violín. Las olas cadenciosas nos envolvieron a partir de ese dibujo de tres notas idénticas a las que abren la Canción del premio que canta Walther en el tercer acto de Los maestros cantores de Wagner. Luego lirismos escondidos, luces variadas, ondulaciones y legato exquisito. Silencios bien administrados. La paz espiritual que anima ese primer movimiento se instala también, tras esa danza lejana que anima el Vivace, en el Allegretto grazioso, fraseado aquí con rara amplitud mostrando la belleza de la cuarta cuerda.

El espíritu liederístico que anima la Sonata nº 1 quedó explícitamente expuesto en la lectura de Jansen y su pianista. La gran riqueza temática fue bien explotada y, algo a reseñar, se acentuó el toque nostálgico del Allegro molto moderato de cierre. Esa “música líquida” ‒una Sonata de agua‒ de la que hablaba Haven Schauffler se nos hizo presente gracias al dibujo perfecto y ondulado, a la calidez de la expresión, al canto dulce que no empalagoso; a la belleza del sonido, a la unión inconsútil de los dos instrumentos, aquí bien soldados. En pasajes anteriores quizá el teclado podría haber sido más tenue.
El anunciado Poema elegíaco de Ysaÿe fue sustituido por la magnífica y refrescante Sonata de Poulenc, que tuvo una interpretación electrizante y que fue coronada a presión, sin fisuras, en ese diabólico tercer movimiento. Jansen abordó luego una obra curiosa y rara: el Tema y 5 variaciones de Messiaen, escrita en 1932 para la primera esposa del compositor como regalo de bodas. Tema calmo y expansivo, nostálgico. Variaciones extrañamente líricas y al tiempo briosas, ondulantes, con sorprendentes chisporroteos; exquisitas disonancias.
Todo en su sitio para enfilar la obra postrera, la maravillosa Sonata nº 2 en Sol mayor de Ravel, de 1927, en la que tantas influencias jazzísticas se aprecian y que tan espectacularmente fueron resaltadas por el arco mágico de Jansen. No hubo problemas de digitación ni de afinación. Ovaciones cerradas al final y un regalo de Kreisler, tocado con la elegancia, la facilidad, la donosura, el arte y la entrega de una instrumentista de excepción y en estado de gracia, apoyada en un excelente teclista.
Arturo Reverter
(foto: Rafa Martín)


