MADRID / Isabel Villanueva: la música como rito

Madrid. Teatros del Canal. 24-III-2024. Isabel Villanueva, viola. Obras de Von Bingen, Kurtág, Bach y Biber.
La pamplonica Isabel Villanueva (1988) posee ya un amplio bagaje y ha actuado con distintas orquestas importantes y ofrecido recitales de altura. Tiene el aval de maestros como Yuri Bashmet, Nobuko Imai y el respaldo de centros de la categoría de la Chigiana de Siena o el Royal College de Londres. La artista sabe extraer de su precioso instrumento, un Enrico Catenar turinés de 1670, los acentos más suaves y soñadores y hacerlo vibrar con las chispas que en ocasiones deja libre su juvenil temperamento.
Estas características y la afinación, la seguridad y el manejo del arco, también el fraseo, hemos podido apreciarlas de nuevo en este recital desarrollado, casi a oscuras, en un entorno discreto y silencioso –algo que encaja perfectamente con la música interpretada–, el de la Sala Negra de los Teatros del Canal. El acto, bajo la expresión Ritual (título del CD grabado hace unos meses), aparecía envuelto en estas significativas palabras de Carlos Javier González Serrano: “El rito es la entrada a lo misterioso y la música el vehículo que nos conduce a esa terra incognita. La música es rito porque es el único lenguaje que nos devuelve a la condición de todo lo posible. La música es rito porque es el único lenguaje que nos habla de lo imposible”.
Asistimos por tanto a una hermosa y secreta ceremonia oficiada por Villanueva, enhiesta y victoriosa bajo una luz cenital. Seria, concentrada fue desgranando cada una de las obras programadas. Empezamos por la íntima O Virtus Sapientiae, pieza vocal de Hildegard von Bingen, en arreglo conciso y recogido de la propia Villanueva. Un salto en el tiempo nos condujo bajo un silencio sepulcral a la escucha de tres piezas de György Kurtág (1926) pertenecientes a su serie Signs, Games and Messages. Pentagramas breves, concisos, elementales y sugerentes.
Y enseguida la procelosa, contrastada, cambiante y monumental Partita nº 2 para violín de Bach, adaptada por Villanueva a su viola. Interpretación magnífica, expresiva, bien delineada, sin aparente fallo, recreada a conciencia, con un alto grado de concentración en cada uno de los cinco movimientos. Soberana recreación de la famosa Chacona, de la que salieron auténticas chispas. Percibimos casi en carne viva la virulencia de los ataques y la dulzura de los pasajes en piano. La artista supo defender con holgura las innumerables dificultades y seguir sin inmutarse el complicado juego de variaciones, cambios tonales y variedad rítmica.
Después de este monumento convenía aflojar. Se hizo con otro fragmento de la caleidoscópica obra de Kurtág, In memoriam Blum Tamàs. Quedaba el cierre que nos llevó a la Passacaglia de Heinrich Ignaz Franz von Biber, famoso por sus Sonatas del Rosario, del que es una especie de apéndice. Su tonalidad de Sol menor marcó un cierre exquisito y terminante a una sesión de tan alto nivel musical. Por supuesto, no hubo bises. Solo aplausos de un público atento que colmaba la pequeña Sala Negra del Canal.
Arturo Reverter


