MADRID / Intensidad emocional de la mano del Cuarteto Quiroga en el Círculo de Cámara

Madrid. Círculo de Bellas Artes. Teatro Fernando de Rojas. VII temporada del Círculo de Cámara. 26-IV-2026. Cuarteto Quiroga (Aitor Hevia y Cibrán Sierra, violines; Josep Puchades, viola y Helena Poggio, violonchelo). Obras de Haydn, Shostakovich y Beethoven.
Como hace un par de semanas ocurriera con el Gerhard, el Quiroga, otro de los grupos españoles que nos ha llevado, en lo que a cuartetos se refiere, a un nivel de esplendor impensable hace cuatro décadas, presentaba, en su nueva presencia en el Círculo de Cámara (ciclo que, precisamente, abrió en el primer concierto de la serie, hace 7 años), un programa exigente y bien armado, que reunía tres nombres clave en la historia del cuarteto de cuerda. Así lo recordó Cibrán Sierra, siempre elocuente portavoz del grupo, en el parlamento que precedió al concierto.
Recordó Sierra la triste noticia, conocida apenas un par de días antes, de la muerte en trágico accidente de Günter Pichler, fundador del formidable Cuarteto Alban Berg y auténtica leyenda en la música de cámara europea de la segunda mitad del siglo XX. Tras glosar su figura, incluyendo la relación que tuvo con la docencia y con el Quiroga, anunció que el concierto estaría dedicado a su memoria. Nada más justo y oportuno.
Tres nombres clave, en efecto. Haydn, que como dijo Sierra, “inventó” el asunto, con el primero de sus cuartetos op. 20 (el Gerhard había ofrecido hace un par de semanas el cuarto), Beethoven (de quien escuchamos el op 127), que lo revolucionó hasta incluso dejar atrás a muchos de los que le sucedieron, asomándose con asombrosa visión a un futuro que en ese momento ni se adivinaba, y Shostakovich, que edificó uno de los ciclos más conseguidos y emocionantes del siglo XX, y del que pudimos escuchar el demoledor Octavo Cuarteto.
Quien firma estas líneas, en la reseña del precitado concierto del Gerhard, citaba a mi querida y admirada Ana García Urcola (y ella me perdonará seguro la reiteración), autora de las notas para aquel concierto, para recordar que los op. 20 de Haydn, de los que ayer se escuchó el primero, han quedado “elevados a pilar fundamental del género por su audacia experimental y sus innovaciones formales: supresión de la jerarquía tradicional entre instrumentos, utilización aún más frecuente en él de las frases con periodos irregulares y cambios estructurales, como un uso palpable del contrapunto (anticipando a Beethoven) o un mayor desarrollo del material temático”.
Música siempre luminosa, tan admirablemente construida como irresistiblemente ingeniosa y sonriente. Desde el amable allegro moderato inicial, no podemos dejar de admirar a este maestro sempiterno de la vitalidad (qué maravilla de Presto final), de los silencios (qué cantidad de música vertió este hombre en ellos, uno no deja de asombrarse de lo que consigue), de los contrastes.
Se acercó a la obra el Quiroga con notable y pertinente ligereza de arcos, para una sonoridad que, sin perder presencia, nunca pareciera espesa ni excesiva, extrayendo excelente partido de los silencios y con acentos bien resaltados. Una excelente interpretación, especialmente afortunada en el minueto y el muy vivo y vibrante Presto final. El primero, bien contrastado y trazado en su ritmo, el segundo, chispeante y con exquisito sentido del humor. Por pedir, el firmante quizá hubiera pedido un poco más de anchura dinámica en el affetuoso e sostenuto, pero no dejan de ser minucias. La interpretación fue una delicia.

Brutal el cambio de Haydn a Shostakovich, como precisó Sierra en un nuevo parlamento antes del Octavo Cuarteto del ruso. Si su primera disertación había sido para explicar la dedicatoria a Pichler, esta segunda lo fue para ofrecer algunas precisiones sobre el programa. Recordó que las obras de Haydn y Beethoven están en la tonalidad luminosa de Mi bemol mayor, y la de Shostakovich, con los mismos tres bemoles en la armadura de clave, se encuentra en su dramático relativo menor: do menor. La primera, dijo, representaba tradicionalmente “lo santo, puro y divino”, mientras Shostakovich nos llevaba, con la segunda, a un grito desgarrado y doliente.
El ruso, desde luego, retrató en este cuarteto su propia desgracia. No hay más que recordar lo que él mismo escribió a su amigo Isaac Glikman: “Empecé a pensar que, si algún día muero, es probable que nadie escriba una obra en mi memoria, así que mejor la escribo yo mismo”. Pero, como dijo Sierra, también retrató las más terribles tragedias sufridas por la humanidad (que también fueron causadas por hombres, no conviene olvidarlo) en el siglo XX, desde las guerras al sufrimiento de atroces totalitarismos, que pareciéramos ahora, desgraciadamente, estar en trance de reiterar. Stalin había muerto, sí, pero Khruschev estaba lejos de ser una hermana de la caridad. No estaba el patio para bromas.
Por todo ello no extraña que en los cinco movimientos de este cuarteto (enlazados sin interrupción) encontremos una constante alusión a sí mismo. La música oscila entre lo sombrío (primer movimiento, con empleo de ese recurso que desde el barroco es expresión de lamento: el empleo del cromatismo descendente) y lo furioso (el segundo), pero transita también por lo siniestramente grotesco (muchos momentos del tercero) y la desgarrada desolación, incluso la congoja (cuarto). Es una música que grita desde la furia, pero también desde el susurro. La reiterada, obsesiva utilización de la traducción musical de sus iniciales (D-S-C-H = Re-mi bemol-do-si natural) es, en sí misma, un permanente recuerdo de sufrimiento.
Recogió todo ello de manera admirable el Quiroga, que creó el clima adecuado con una sonoridad tan poderosa como bien matizada, adelgazada hasta la demoledora congoja de muchos ppp, pero también desgarrada en los ataques furibundos del allegro molto, o en lo grotesco de muchos dibujos del allegretto central. Siempre bien cohesionado, el Quiroga llevó con envidiable intensidad esas largas notas de desolación que impregnan el estremecedor cuarto movimiento y nos contagió la sobrecogedora tristeza del último, con un magnífico morendo final. Consiguieron el clima adecuado, lo que resulta evidente por los largos segundos de apropiado silencio que el público respetó (albricias) escrupulosamente, sin aplaudir hasta que los músicos bajaron sus arcos.
Menos mal, diría alguno, que había una pausa antes del op. 127 de Beethoven, porque tiene que resultar complicado salir de la devastación emocional de ese cuarteto de Shostakovich para sumergirse en el último Beethoven. Complicado no sólo por el cambio en sí, sino porque el último Beethoven es un reto especial para intérpretes… y para oyentes. El que suscribe siempre tiene la sensación de estar ante una música que, en su cambio continuo, en su discurrir libérrimo, parece hasta desconcertante. ¿Dónde va a terminar esto? Beethoven lo sabe perfectamente, claro, pero en muchos momentos parece que a las preguntas que él mismo plantea quisiera escondernos la respuesta. Música, en fin, de complejo entramado, a la vez misteriosa, reveladora y sí, permítaseme la expresión, “extraña”. Pero absolutamente fascinante.
La planteó el Quiroga con notable acierto en el discurso, captando con tino el cambiante flujo trazado por el compositor de Bonn, excelente sentido cantable cuando se requería, adecuado misterio en el final del colosal y muy enigmático segundo movimiento, y buen impulso rítmico en el scherzo vivace y en el final, todo un torrente de luz después de dos movimientos iniciales que se mueven entre la introspección, la meditación y un lamento que se adivina más que se manifiesta.
El público acogió con calor la excelente labor del Quiroga. Sierra tomó entonces el micrófono para resumir, en una palabra, más que acertada, lo que había sido aquello: “intensito”, dijo. Y tanto. Tras agradecer esta nueva presencia en el ciclo que ellos mismos inauguraron, comentó que, tras este último Beethoven, solo otra música podía sonar, la de Bach. Amén. Nos llevaron entonces a la majestuosa, bellísima serenidad de la Sonatina que abre la Cantata BWV 106 “Gottes Zeit ist die allerbeste Zeit” (El tiempo de Dios es el mejor), también conocida como Actus tragicus. No podía haber cierre mejor para un estupendo y emocionante concierto.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Nacho Marín)


