MADRID / Insuperables Renaud Capuçon, Kian Soltani y Mao Fujita en el Liceo de cámara

Madrid. Auditorio Nacional. 11.I.2024. CNDM. Liceo de cámara XXI. Renaud Capuçon, violín. Kian Soltani, violonchelo. Mao Fujita, piano. Obras de Schubert y Brahms.
Una obra de madurez de Schubert, el primero de sus dos tríos (sin contar el Nocturno o el Trio Sonata), Si bemol mayor D 898; una pieza juvenil de Brahms, el Trio en La mayor op. 8, que el compositor consideró necesario revisar tardíamente (de 1853 a 1889) sin abandonar el joven fuego original, fue el repertorio escogido para la presentación de Renaud Capuçon, Kian Soltani y Mao Fujita en el Liceo de cámara XXI del CNDM. Como en cada ocasión, el canto del violín de Capuçon pareció insuperable. ¿Nos conquista con la capacidad cantábile que le da al Andante del Trío de Schubert o al intenso Adagio de Brahms? Ahora bien, hay que oír al austriaco Kian Soltani cuando también él canta lo que escribieron ambos compositores. Y Mao Fujita no acompaña, no solo envuelve, sino que despliega un paisaje que condiciona y matiza la línea (ésa que a veces es canto, no siempre) de las dos cuerdas.
Tanto el Allegro moderato como el Scherzo del Trío de Schubert nos recuerdan forzosamente, por su textura y brío sonoros, por su timbre reconocible, el Allegro vivace inicial del Quinteto ‘La trucha’. Es la marca feliz de una obra en la última madurez del compositor, una excepción en medio de las introspecciones y amarguras de aquella fatalidad. Por eso fue tan idóneo, tan enérgicamente acertado, el recorrido ágil por esos cuatro hermosos movimientos en la lectura de Capuçon, Soltani y Fujita, con auténtico esplendor en el cierre de cada uno (¡esas codas, esos acordes!). En medio de ambos movimientos, el canto que motivó Fujita, que entabló Soltani, que siguió Capuçon, una de esas secuencias que suspenden al que escucha y que (se diría) hacen suspirar a los propios músicos. Para concluir con la alegría y (de nuevo) el esplendor del Vivace final, forma rondó. Obra amplia, con una estructura formal impecable al servicio de una alegría insospechada. Una alegría que transmitieron estos tres espléndidos músicos con toda la energía que permite el virtuosismo, traducido en soltura y júbilo. Conocemos lecturas de este Trío que, sin desmerecer en agilidad, renuncian a tan explícito gozo. Creo que muchos lo preferimos como en esta velada.
El Trío de Brahms es también una obra dilatada, formalmente impecable, un equilibrio que podríamos considerar sinfónico si no fuera por los muchos momentos de intimidad y evocación introspectiva que son más propios del camerismo penetrante, de la intensidad de unos pocos músicos. El Allegro con brio tiene más de brío que de Allegro, pero no deja de ser un movimiento que crece y crece, aunque se repliegue. Soltani, motivado por Fujita, comienza ese canto, lo sigue Capuçon, y entre los tres consiguen de nuevo uno de esos episodios en los que la emoción es más penetrante que dada al pathos. Agilidad a partir del motivo del Scherzo, saltarín en los dedos felices de los tres artistas; Fujita inicia el trío, que no es lírico ni ellos lo pretenden, sino un motivo que acaso quisiera servir a un coro, a una serenata. Este movimiento es el original, aquí no introdujo cambios el compositor. Mas ese canto parece preparar el maravilloso Adagio. Lo inicia Capuçon, motivado por los escasos compases de Fujita, antes y después de sugerir el motivo, y logran una remanso de paz tensa, expectante, al que se une Soltani; una lentitud implacable conduce a un tema cambiante en el que Soltani y Capuçon despliegan serenidad, no melancolía; inquietud, no agobio. Amplia secuencia la de este Adagio que estos músicos convierten en poesía: al final, ¡esa disolución del sonido, ese perderse, ese resolverse…! Y, como si volviéramos al final de esa velada al comienzo de la misma, la agilidad y el júbilo se apoderó de los músicos y el Finale cerró el recital con el mismo ánimo (bueno, después de todo obedecían a Brahms, pero el intérprete puede obedecer de una manera o de otra). La verdad es que no fue eso el cierre. Los tres músicos nos dieron como propina una marcha vienesa de Kreisler, un vals marcha, para ser exactos, una feliz rareza que puso la guinda a este hermoso regalo, tan cerca aún de los Reyes magos.
Santiago Martín Bermúdez


