MADRID / Inolvidable Shostakovich de Avdeeva en el Círculo de Bellas Artes

Madrid. Círculo de Bellas Artes. Teatro Fernando de Rojas. 14-XII-2025. VII Ciclo “Círculo de cámara”. Yulianna Avdeeva, piano. Shostakovich: Preludios y Fugas Op. 87 (integral).
Es muy justo y oportuno que, en el final del año en que recordamos los 50 de la muerte de Shostakovich, tengamos la oportunidad de escuchar el ciclo completo de sus Preludios y Fugas op. 87. Quien esto firma, desde luego, no recuerda que se haya ofrecido en Madrid íntegro, algo que sí se hace (y en este año también) con los Cuartetos. La oportunidad suponía acceder a una faceta apasionante del compositor ruso, más allá de su creación sinfónica (de la que, por lo demás, casi siempre asistimos a la programación repetida de las mismas cuatro o cinco sinfonías). El interés, sin embargo, no residía solo en la ocasión inhabitual, sino en que este ciclo de Preludios y Fugas, como apunta con acierto Ronald Stevenson en el capítulo correspondiente del libro Shostakovich, the man and his music (Marion Boyars, 1982), es probablemente la obra pianística más significativa de su autor (él mismo pianista y protagonista de algunas grabaciones reveladoras de parte del ciclo).
Señala Stevenson que “el piano, con sus graves resonantes y sostenidos y su agudo más seco y recortado, es capaz, como quizá ningún otro instrumento, de revelar la personalidad dual del compositor, su capacidad para dibujar la tragedia y trazar en los cielos una grotesca imagen gótica”. Destaca el musicólogo escocés otra dualidad: la de la melodía lírica y lo que él llama “polifonía dialéctica”. Parece, en sus palabras, lógico, que el más destacado compositor soviético hubiera escrito su obra más significativa para piano centrado en esta forma polifónica. Para Stevenson, ningún otro compositor como Shostakovich ha encontrado en el piano el depósito adecuado para retratar los extremos de la sátira y la tragedia. Por eso el piano se antoja el instrumento ideal para la expresión de esa personalidad dual. Tiendo a suscribir por completo esa perspectiva.
La historia de la obra es, por lo demás, bien conocida. En 1950, apenas dos años después de haber sido señalado por Zhdanov como “formalista” y “burgués decadente” en el Congreso de la Unión de Compositores Soviéticos, Shostakovich asistió en Leipzig a las conmemoraciones del bicentenario de la muerte de Bach, siendo jurado en el Primer Concurso J.S. Bach que formaba parte de los eventos. Bajo la fuerte impresión que le causaron a la vez la música de Bach y las interpretaciones que de la misma realizó Tatiana Nikolaeva, afronto el reto de emular la aventura que el Cantor de Leipzig había acometido en su día: componer una serie de preludios y fugas en todas las tonalidades mayores y menores, 24 en total. Lo hizo entre 1950 y 1951, y Nikolaeva estrenó la serie en 1952, dejando más adelante dos grabaciones que se consideran, con buena razón, referenciales.
Encontramos en la obra, ecos, claro está, del Cantor, sobre todo en la primera mitad de la serie (así ya en el primer preludio, enunciado sobre las mismas notas, aunque con el acorde sin arpegiar, que el correspondiente de El Clave bien temperado), pero también resonancias judías (octavo preludio) y guiños a la danza (el vals del preludio 15). Hay incluso diseños casi invertidos, como en el preludio 7, una invención a dos voces que casi parece más fuga que preludio. Pero lo trascendente, como apunta con acierto la propia Avdeeva, es que estamos ante un retrato del espectro completo del alma del compositor. Sus palabras son tan elocuentes como acertadas: “El ciclo es una expresión íntima y profundamente sincera de las emociones más profundas del compositor”.

El reto de ofrecerlo íntegro en una sola sesión es mucho más significativo de lo que parece. No solo por la duración (cerca de dos horas y media de música), sino porque exige del pianista un esfuerzo mantenido de concentración especialmente intenso, además de una capacidad camaleónica de versatilidad de expresión y acercamiento. Shostakovich nos lleva por esa variedad de atmósferas a la que apuntaba Stevenson, pero en más de una ocasión (la tremenda fuga del vigésimo cuarto preludio es quizá el ejemplo paradigmático, aunque no el único) lo hace incluso dentro de la misma pieza. El tejido contrapuntístico, extraordinariamente trazado por el compositor ruso, es denso y nada fácil de desentrañar. Tampoco lo son sus ritmos, siempre singulares y a veces continuamente cambiantes (la fuga XV es, en ese sentido, un auténtico mareo). Por resumir, un miura con los cuernos bien afilados.
Es fácil entender que quien se embarque en afrontar esta empresa debe partir de la base de sentirse cómodo en el desentrañamiento del tejido polifónico y en la singular, cambiante y poliédrica atmósfera shostakovichiana. Y la rusa Yulianna Avdeeva, además de formidable pianista, cuenta en este sentido con unas credenciales inmejorables. Ha convivido con la música de Shostakovich desde su infancia, y respecto a su afinidad con el contrapunto, creo que quien haya escuchado su acercamiento a Bach tendrá pocas dudas al respecto.
Avdeeva dictó en la velada de ayer una clase magistral, pianística y artística. Lució con esplendor su técnica de granítica solidez, con una sonoridad que fue leve, ligera, matizadísima cuando así se demandó, pero de una contundencia apabullante, cuando la música lo reclamaba. Pedal justo, articulación primorosa, dibujo rítmico siempre preciso, con acentos precisos e incisivos. La riqueza de colorido que exhibió fue paralela a la variedad de su paleta expresiva. Pero fue en ella, y en su absoluto entendimiento del mundo especial que nos traía cada Preludio y Fuga donde residió el atractivo más especial de lo escuchado ayer.

Shostakovich se mueve entre la ligereza o el humor y el drama o la amargura, a veces expuesta con hiriente contundencia. “Su alma”, recuperando lo que dice Avdeeva. Habría muchos ejemplos de esa sabiduría y sensibilidad artística con que la rusa nos presentó el fascinante caleidoscopio musical de su compatriota. La serenidad, concentrada y expresiva, del primer preludio, con reguladores y matices exquisitos, reiterada en una fuga con toda la grandeza que contiene, sin aparatosidad alguna, fue todo un anuncio. Pero luego mucho más: la ágil ligereza del segundo, los contrastes de los dos motivos (el más solemne en el bajo, el más ligero en la voz aguda) del tercero, con una fuga primorosamente articulada, la cambiante atmósfera de la cuarta fuga.
Y más aún: la animada invención a dos voces del séptimo preludio, con una fuga que explotó de manera primorosa las resonancias del piano, la evocación judía del octavo o su fuga, cambiante y de creciente obsesión. También la duodécima fuga, puro Shostakovich, presentada por Avdeeva con un impulso rítmico y una intensidad expresiva tremenda. El tremendo contraste del decimocuarto preludio, con el trémolo que pasa de una a otra mano y transita del ff al p (este último de más que comprometida ejecución, aquí quizá primó la rusa el matiz sobre la nitidez del trémolo), creando un clima de inquietante desasosiego. Más contraste: el desenfado del vals que aparece en el preludio XV, enfrentado a una fuga de tremenda intensidad, que llegó con crudeza y con un impulso rítmico contagioso. Uno de los momentos más impactantes de un recital en el que abundaron.
Y si alguna de las piezas constituye un sumario de por qué lo que escuchamos ayer fue excepcional, pianística y musicalmente, esa bien puede ser el último preludio y fuga de la serie. Un preludio solemne y con grandeza, pero adecuadamente severo, con rotundos ff de imponente impacto. Y el cierre después, con la doble fuga colosal, una de las muestras más demoledoras de ese Shostakovich cambiante. Empieza serena, incluso introspectiva, y Shostakovich introduce un accelerando poco a poco, que conduce luego a un Più mosso. Lo que empieza en pp en un clima de aparente paz, termina en fff con apabullantes octavas y acordes que, por momentos, parecen evocar la monumentalidad del órgano, pero de algo en lo que hay a la vez grandeza y un toque de emocionado desgarro.
Todo esto llegó de las manos de esa formidable artista que es Avdeeva con una intensidad arrolladora. Quien firma estas líneas, y creo no ser el único, fue consciente de haber asistido a una velada inolvidable, con una música maravillosa de un compositor extraordinario, demasiadas veces incomprensiblemente infravalorado o malentendido, traducida por una intérprete que, en cada actuación que nos brinda, confirma su inmensa categoría. Difícilmente podía cerrarse el año del 50º aniversario de la muerte del compositor con un homenaje de mayor calidad que el sensacional escuchado ayer.
Rafael Ortega Basagoiti


