MADRID / Incandescente Primera de Mahler por Dudamel y la Sinfónica de Londres

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 9-V-2025. Ibermúsica 24-25. Orquesta Sinfónica de Londres. Director: Gustavo Dudamel. Obras de Mozart y Mahler.
El cierre de la Serie Arriaga en la temporada de Ibermúsica no podía tener una orquesta más relevante en el ciclo que la Sinfónica de Londres, que se presentó en Ibermúsica en 1974, es decir, hace más de medio siglo. He renunciado a contar las actuaciones, que totalizan una lista interminable en el programa de mano. La formación británica, creo que con pocas dudas la de más alto nivel de su país, es siempre garantía. Y el concierto, pese a su desusado horario nocturno por coincidir en día con el sinfónico 22 de la Orquesta Nacional, tenía además otro ingrediente de interés: el debut al frente de la orquesta londinense del mediático director venezolano Gustavo Dudamel (Barquisimeto, 1981), al que en el ciclo solo hemos podido ver una vez, este mismo año, al frente de la Sinfónica Simón Bolívar. En aquella ocasión con Mahler (Tercera) en los atriles, y con resultados, como apuntamos desde estas líneas, que no pasaron de lo correcto.
Nuevamente Mahler, compositor al que el músico se siente especialmente unido, aparecía en este concierto, esta vez con su Primera Sinfonía “Titán” que, por duración, permite incorporar otra obra en el programa. En este caso fue la última sinfonía de Mozart, la Jupiter. Último Mozart y primer Mahler, pues, en una unión interesante. Si hacemos caso a Peter Gülke (en su ensayo, “Un mundo en un ciclo”) y al gran defensor de esa tesis, Nikolaus Harnoncourt, la Jupiter, última de la trilogía sinfónica mozartiana y escrita, como las otras dos, en un trazo creador fulgurante generado en apenas dos meses (junio-agosto de 1788), es la culminación de una suerte de “oratorio instrumental” (las tres últimas sinfonías), y la que, en palabras del añorado fundador del Concentus Musicus de Viena, constituye la “respuesta final” a unas “tensiones redirigidas, no resueltas”, en las dos sinfonías anteriores. Partitura brillante, afirmativa, con un cuarto movimiento colosal, en el que Mozart incorpora una fuga con cinco temas, que cierra la obra, y en el que apenas asoma una relativa melancolía en un segundo movimiento que nos gana de inmediato por su contagiosa belleza.

Cien años después, en 1888 (aunque iniciada antes), escribía Mahler el que sería su debut en el campo de la sinfonía, concebido no obstante en origen como poema sinfónico en cinco movimientos, de los que el segundo, Blumine, fue luego eliminado. Una obra que nos lleva desde el canto la naturaleza del primer tiempo (“como un sonido de la naturaleza”, subtitula Mahler ese movimiento tras la indicación de tempo) a la monumental, exaltada exuberancia del último, transitando por el hermoso Ländler del segundo movimiento y la curiosa caricatura del célebre Frère Jacques, en modo menor, del tercero, un movimiento fascinante que transita entre lo grotesco y lo popular, charanga callejera popular incluida. El Mahler de los extremos, que tan bien retratara Leonard Bernstein en su inolvidable artículo (“Mi tiempo ha llegado”, publicado en High Fidelity en septiembre de 1967), se hace aquí muy presente para despertar la más rica y contrastante variedad de sensaciones en el oyente, a través de una composición de asombroso colorido orquestal y emocional. La naturaleza, la danza, lo popular, lo refinado, lo apasionado, lo sereno, lo grotesco, lo exaltado. Todo tiene lugar en esta impactante sinfonía.
Hemos comentado en otras ocasiones sobre Dudamel. El maestro venezolano ha sido aupado a los más altos peldaños del escalafón mundial de la dirección orquestal, y es, muy probablemente, el director actual más conocido del gran público no melómano. Hay en ello, como ya hemos apuntado anteriormente, razones musicales y extramusicales. Entre las segundas, un fuerte aparato de propaganda con base política no es la menor, pero tampoco es la que nos ocupa aquí. Y entre las musicales, creo que es indiscutible afirmar que el talento y capacidades de Dudamel son excepcionales. Lo comentó de manera rotunda, en conversación con quien esto firma, hace ya años, Benjamin Zander, director de la Boston Philharmonic y mahleriano de pro. Y hay que coincidir con el maestro angloestadounidense. Dudamel tiene una memoria portentosa (lo dirige absolutamente todo de memoria) y se desempeña con un gesto claro, atento y preciso, de los que arrastra con singular magnetismo, y que con los años va ganando en variedad y eficiencia. Marca lo justo, pero indica de forma cristalina lo que quiere en cada momento. Y lo que quiere, guste más o menos, lo tiene también clarísimo. Es un maestro implicado y que implica a los músicos con extrema facilidad, porque tiene eso tan apreciado en un director (y que no tan frecuentemente se encuentra) que se llama carisma. Toma riesgos, sin duda consciente de que ello implica un precio, que está dispuesto a pagar por conseguir la intensidad pretendida.

Se acercó el venezolano a la última sinfonía mozartiana con un nutrido orgánico de cuerda (me pareció contar 12/10/8/6/4 desde mi posición), decisión que no encontrará objeción por mi parte. En una sala de 2300 personas, lo he dicho muchas veces, no tiene sentido afrontar el repertorio clásico con plantillas raquíticas. Bien es cierto que su decisión, sumada a alguna otra, tiene también sus implicaciones, como comentaré después. El Mozart de Dudamel es, a juzgar por lo escuchado en la Júpiter, bastante comme il faut. Tiene vibración, intensidad, energía y variedad dinámica y de acentos, pero no se adentra en las aristas que destacaba el añorado Harnoncourt (con el que trabajó, junto a la Simón Bolivar, en Salzburgo) ni nos remueve con la tremenda agitación que consigue Currentzis (autor de una interpretación inolvidable de esta misma obra en este ciclo, en 2021). Pero su Júpiter, planteada con decisión, buenos matices, y acertados reguladores, tuvo una vibración muy adecuada en el movimiento inicial (con repetición de la exposición), rico en reguladores bien graduados y con un desarrollo impecablemente construido.
Tranquilo el Andante cantabile, sin repetición de la primera parte, con finos matices y bella sonoridad de la cuerda. El Minueto tuvo gentil apariencia galante, amable, sin especial rotundidad en los acentos, y el Trio pudo haber tenido algo más de sal (tal vez algún acento más, quizá uno ligero en el acorde inicial de la madera, por ejemplo). Impuso Dudamel una velocidad vertiginosa para el Molto allegro, ofreciendo el primer ejemplo de los riesgos que antes apunté. La indicación y el compás (2/2 alla breve), además de la propia naturaleza de la música, invitan a pisar el acelerador, pero encajar perfectamente el empaste de la articulación de algunos pasajes de la cuerda, a esa velocidad, es complicado, y más cuando el contingente que se maneja es, como era el caso, importante. Aquellos pasajes en que la ejecución era, además, en forte, que demandaban pasar más arco, suponían más riesgo de que el encaje no fuera perfecto. Y, en efecto, pese a que la cuerda de la orquesta londinense es magnífica, esos pasajes no quedaron tan impecablemente cuadrados como otros. Pero, a cambio, es cierto que la interpretación tenía un nervio y energía contagiosos. Dudamel, que repitió la exposición, armó estupendamente el desarrollo y construyó con ejemplar claridad la fuga. Coronó un final trepidante para una interpretación mozartiana tan tradicional como disfrutable.
Comenté antes que en la Primera de Mahler (como, en realidad, en muchas de sus obras) encontramos de todo. Es un gigantesco, complejo y abigarrado caleidoscopio musical, uno que nos apabulla en su asombroso viaje por tantas y tan distintas sensaciones y emociones. Y Dudamel se mueve más que bien en esas aguas, y más cuando tiene en sus manos una orquesta tan estupenda como la Sinfónica londinense. Desde el fino pp del inicio, con las estupendas trompetas fuera de escena, creó el venezolano, poco a poco, el clima luminoso, bucólico, bellísimo, de ese primer movimiento que tan bien respondió a la petición de Mahler: como un canto de la naturaleza. Dibujó inflexiones y matices con tanta precisión como acierto (y las demandas de Mahler, en ese sentido, son inacabables), y edificó el clímax de forma ejemplar, para conseguir que nos llegara jubiloso, intenso, exaltado, arrebatado en el final.

Es probable que el hermoso Ländler del segundo movimiento marcara uno de los momentos álgidos de la velada. No es frecuente escuchar su comienzo manejado con tan hermoso manejo de la agógica. Ni es fácil que una orquesta se pliegue con tanta agilidad al nada fácil juego de rubato que demandó el venezolano en este movimiento. Lo inició la cuerda grave con un fraseo intencionadamente pesante, que aceleró, con ejemplar graduación, hasta el tempo básico de esta danza tan cercana al vals. El Trio se dibujó de manera exquisita en el cantable, con un precioso rubato, algo aplicable incluso en mayor medida a su segunda parte. Movimiento que, en su flexibilidad agógica, ejemplificó el asunto de los riesgos antes mencionado, pero también demostrativo de que, muchas veces, asumir esos riesgos ofrece un resultado interpretativo de una intensidad muy especial.
Magnífico el solista de contrabajos en el inicio del tercer tiempo, con ese retrato grotesco, en forma de marcha fúnebre, del conocido Frère Jacques. Dudamel trazó con mano maestra el pasaje más paródico (Mit parodie, indica Mahler), otra vez con ejemplar manejo de la agógica. También sobresaliente el manejo de las transiciones, como la que precede al retorno último de la marcha fúnebre inicial. Matizadísimo final del movimiento. E inmediatamente, attacca con una explosión incontenible que respondió perfectamente a la indicación tempestuosa de Mahler (Stürmisch bewegt). Nuevo ejemplo de los riesgos: tempo frenético, de los más rápidos que quien firma estas líneas ha escuchado. Y, sin embargo, qué bien cantado el tan emotivo segundo motivo, sobre la indicación sehr gesangvoll, tan explícita en su dirección cantable.
El movimiento entero tuvo en las manos de Dudamel un estupendo juego de tensiones, pero sin perder nunca de vista una estupenda claridad en los planos. Movimiento muy bien construido y con un tramo final armado de forma sobresaliente (estupendas las violas en el comienzo). El voltaje subió y subió, hasta un frenesí arrollador. En el juego de riesgos, parte de la claridad de los pasajes finales de las trompas, y también de los dos acordes finales de la obra, se perdió en el fragor del arrebato. ¿El precio de la intensidad? Puede ser. Es una elección, y plausible, como tantas. Porque de lo que no cabe duda es de que la intensidad de lo que escuchamos fue altísima.
La Sinfónica de Londres evidenció, una vez más, su gran clase. Cuerda de ejemplar afinación y magnífico empaste. Madera formidable, capaz de colores y matices exquisitos. Metales de excepcional brillo y redondez, quizá con las trompas (autoras, pese a todo, de algunos momentos excepcionales) como lo menos destacado. Se plegó con envidiable flexibilidad a la demanda, nada fácil, del director debutante con la orquesta. Comprensible, pese a la hora, el encendido entusiasmo del público ante una interpretación incandescente.
Rafael Ortega Basagoiti


