MADRID / Imponente Chaikovski por Rana con la Filarmónica de Radio Francia y Franck

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 5-V-2025. Ibermúsica 24-25. Orquesta Filarmónica de Radio Francia. Director: Mikko Franck. Solista: Beatrice Rana, piano. Obras de Chaikovski y Debussy.
En el último concierto de la temporada para la Serie Barbieri de Ibermúsica, volvía, 6 años después de su última presencia en Ibermúsica, la Orquesta Filarmónica de Radio Francia, también esta vez con su titular, el finlandés Mikko Franck, al frente. La solista de la ocasión era la joven italiana Beatrice Rana (Copertino, 1993), que ya nos ha causado una fuerte impresión en visitas anteriores. Aunque el programa seguía el diseño clásico de obertura (en este caso el Preludio a la siesta de un fauno de Debussy), concierto (nº 1 para piano y orquesta de Chaikovski) y obra sinfónica (El Mar, también de Debussy), la dimensión de la obra concertante y la propia logística aconsejaron dejar que ocupara la primera parte del concierto, con las dos piezas de Debussy en la segunda.
El Primer concierto para piano de Chaikovski fue objeto de diversas revisiones, y el número de ediciones distintas de la partitura es un auténtico pandemonium. La más conocida y habitual es la última, de 1889, pero conviene apuntar que algunos intérpretes (Kirill Gerstein, por ejemplo) han interpretado y grabado la segunda (1879) que contiene sensibles diferencias con la que estamos habituados a escuchar (entre ellas, un comienzo de la parte solista a base de acordes arpegiados mucho menos rotundo que el que nos resulta familiar). Obra, en todo caso, de virtuosismo grande y muy visible, pero, como siempre en Chaikovski, también impregnado de gran intensidad y variedad de emociones. Música prolija en inflexiones de matiz y tempo, con muchos pasajes cadenciales (además de la tradicional cadencia en el tramo final del primer movimiento) que invitan al solista a desarrollar con especial libertad, más que otros conciertos del repertorio, la recreación de la partitura. Demanda del pianista una técnica sobresaliente, capaz de manejar los poderosos acordes, los trepidantes pasajes de octavas y las fulgurantes filigranas con la misma soltura que los rápidos pasajes en los que una ligereza en el control de la pulsación es esencial. Sin ella muchos tramos (especialmente en el segundo movimiento, pero no sólo en él) pierden la esencia de su encanto. Más allá de esas demandas técnicas, la atención a las numerosas indicaciones expresivas y agógicas del compositor resultan igualmente críticas. Diríase que la música de Chaikovski, por rica en la variedad de sus efusiones (me permitirán los lectores la figura para ilustrar el mensaje), rechaza un metrónomo rígido y único.

Beatrice Rana ya nos ha demostrado en anteriores comparecencias que posee los ingredientes de una gran pianista. La técnica es superlativa. Tiene el sonido, hermoso siempre, poderoso (como en el principio de la obra, o en los abundantes, trepidantes y rotundos pasajes de octavas), pero también capaz de la levedad requerida (el pasaje indicado p dolce e molto espressivo en el tramo inicial del Poco meno mosso del primer movimiento fue sencillamente primoroso, como también el quasi adagio en la cadencia del mismo movimiento y en la sección allegro vivace assai del segundo, de una agilidad, elegancia y ligereza envidiables). Tiene la articulación, de absoluta nitidez, la dinámica, anchísima, capaz de los ppp más delicados y de los fff más rotundos (conseguidos, por cierto, con una facilidad y relajación de las manos verdaderamente extraordinaria). Tiene también el manejo estupendo del pedal, muchas veces buscador de grandes e impactantes efectos en una largueza sin duda intencionada (porque, por el contrario, cuando así lo considera, lo emplea con pertinente sobriedad). Y, sobre todo ello, despliega una gran personalidad interpretativa. Una que no se encorseta, que se lanza a por la música con libertad en su intención rapsódica, más allá de que su idea se atenga a moldes más o menos (en su caso, muy a menudo, menos) convencionales. La fantástica cadencia del primer tiempo permite apreciar hasta qué punto esa intención alcanza extremos de recreación casi suspendida y otros de une trepidación frenética, pero todo armado siempre con una coherencia y solidez realmente admirables.
La italiana, además, no es la típica solista que se siente en la obligación de brillar por encima de todo y de todos. Sabe identificar cuando, por mucha filigrana que tenga su escritura, el centro de atención está en manos de la orquesta, y en ese momento adopta el papel secundario que corresponde. No hay, dicho de otra forma, esa batalla solista-orquesta que muchas veces presenciamos en este concierto. Lució un canto exquisito en el Andantino semplice, y eligió un tempo vivo, con envidiable energía y vibración, para el Allegro con fuoco, culminado con un brillantísimo final. Como cabía esperar, la interpretación de la italiana fue recibida calurosamente por el público, y Rana regaló una propina también formidablemente interpretada: el sexto Estudio del primer libro de los compuestos por Debussy, Pour les huit doigts. Otra demostración de una articulación, agilidad y levedad excepcionales. Una maravilla, vaya.

Las dos obras que ocupaban la segunda parte son dos de las creaciones orquestales más conocidas y apreciadas de Debussy. El Preludio a la siesta de un fauno (1894) tiene, como señala oportunamente Teresa Cascudo en sus notas, un “carácter libre y sensual”, reflejo de la “ensoñación del protagonista”, encarnado en el conocido solo de flauta inicial. Música evocadora, llena de magia y sugerencia en un dibujo insinuado con sutil delicadeza. Los tres “esbozos sinfónicos”, como Debussy denominó a la pieza, que componen El Mar (1903-5) tienen carácter, dimensiones y hasta ambiciones distintas. Imágenes diversas, desde el misterio del inicio (“Del amanecer al mediodía en el mar”), a la tempestad del más intenso de los tres (“Diálogo del viento y del mar”), pasando por el más ligero vivo segundo esbozo (“Juegos de olas”).
Hay algo especial en la música orquestal de los impresionistas. Algo difícil de definir, una suerte de devenir sonoro singular sin el cual la propia música pierde parte de su esencia. No es (aunque en muchos momentos forma parte de ello) meramente levedad. Hay algo de insinuación difuminada, casi fluctuante. Recordaba, mientras escuchaba estas interpretaciones, el mensaje que Celibidache le dirigía a la Filarmónica de Berlín en el ensayo inicial de su inolvidable Séptima de Bruckner, refiriéndose al trémolo inicial de los violines: “no tenemos un trémolo tradicional, de los que significa agitación, sino un trémolo de colorido, de los que crea un clima, un carácter… debe ser lírico, pero denso…” Y, tras explicar a la orquesta cómo conseguir tal cosa, decía “sin esta idea del trémolo como pluralidad, la música francesa es imposible de interpretar”. Más allá de la reconocida tendencia del maestro rumano (memorable intérprete, por cierto, de este repertorio) al maximalismo, la afirmación contiene un mensaje, creo, indiscutible: la sonoridad con la que esta música debe llegar debe ser especial… so pena de que pierda en el camino la misma esencia de su belleza y carácter.
Este preámbulo procede para poner el contexto adecuado a lo que escuchamos en el concierto que se comenta. La Filarmónica de Radio Francia es una orquesta muy estimable, no excepcional, con una madera excelente, cuerda empastada y de buena sonoridad, especialmente en la sección grave, y metales, sobre todo trompas y trompetas, de ejecución limpia, pero timbre a menudo áspero y a veces (trompetas en el último esbozo de El Mar) incluso algo estridentes. Mikko Franck (Helsinki, 1979) es maestro de sólido oficio, muy propio de la escuela finlandesa, con esa forma peculiar (debida a problemas físicos de diversa índole) de dirigir, en bastantes momentos, sentado. Pertenece, casi como Rouvali (39), a una generación intermedia entre los más veteranos, como Vanska (72), Saraste (69), Salonen (66) y Oramo (59), y los más jóvenes, como Mäkelä (29) o Peltokoski (25). El gesto es siempre claro y preciso, y la intención en el acompañamiento al Concierto de Chaikovski, más que plausible (aunque menos cercana al criterio de la italiana que el ofrecido por su compatriota Mäkelä al frente de la Orquesta del Concertgebouw en 2020, mejor fusionado conceptualmente con la solista). El resultado, en cuanto al ajuste con la pianista, no fue siempre el mejor, pero ya se sabe que, en estos tiempos, los conciertos con solista tienen el tiempo de ensayo demasiado tasado.
En las obras de Debussy, lucieron los solistas de madera (flauta, oboe, corno inglés, especialmente) de la orquesta, pero lo escuchado, siendo correcto, no tuvo la evocadora sugerencia de ensoñación que esperamos del Preludio. El Mar, por lo demás bien matizado y ejecutado, no consiguió llegar como esa suerte de devenir sonoro mencionado, con esa tímbrica y colorido especial al que hacía referencia Celibidache. Una sonoridad que es densa pero no pesante, llena pero no maciza. Cuando terminó El Mar, el que suscribe tuvo la sensación de que el color de lo que había escuchado estaba más cerca de las grandes masas de Respighi que de ese Debussy que crea con tanta maestría “impresiones sonoras” de otro ámbito. La recepción fue más cordial que entusiasta, pero Franck, que ofreció un parlamento de nuevo poco audible (la gente además se obstinó en hablar mientras él lo hacía), regaló el otro momento especial (junto al Concierto de Chaikovski) de la velada: una solemne, brillante y expresiva interpretación del Preludio op. 7 (versión orquestal del original para piano) del compositor finlandés Heino Kaski (1885-1957). Con todo, el recuerdo queda para un Primero de Chaikovski realmente magnífico.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Rafa Martín/Ibermúsica)


