MADRID (IBERMÚSICA) / Brillantes jóvenes

MADRID (IBERMÚSICA) / Brillantes jóvenes

Madrid, Auditorio Nacional. Sala Sinfónica. 6 y 7 – XI – 2019. Ibermúsica 50 años. Orquestas y solistas del mundo. Orquesta Nacional Filarmónica de Rusia. Director: Vladimir Spivakov. Solistas: María Dueñas (violín), Ivan Bessonov (piano). Obras de Massenet, Paganini, Rachmaninov y Chaikovski.

Por encima de la gran calidad de la orquesta en sí, lo mejor de esta doble actuación madrileña de la Nacional Filarmónica de Rusia, segunda ocasión en la que aparece en el ciclo de Ibermúsica, ha sido la magnífica contribución de los dos jóvenes solistas.

La granadina María Dueñas, con apenas 16 años y ya un imponente curriculum de galardones en distintos certámenes internacionales, incluyendo también la composición, nos dejó una magnífica impresión no sólo en el aspecto técnico, sino por una concepción musical sólida y bien madurada.

Dueñas toca el Guarneri del Gesu “Muntz” de 1736 cedido por la fundación Nippon. Hemos escuchado, sin embargo, bastantes violinistas con carreras establecidas tocando instrumentos estupendos pero que no alcanzan a producir la cantidad y calidad de sonido que consigue la joven granadina.

Algo que fue evidente desde el mismo comienzo del endiablado y pirotécnico Primer Concierto de Paganini, con el que debutó, y supongo que también impresionó, en el Musikverein vienés. Prodigiosa mano izquierda, afinación exquisita, vibrato justo, sonido grande, redondo y de gran belleza, arco ágil y generosa amplitud de matiz. Sobre esos ingredientes elabora Dueñas no sólo una pasmosa demostración de excelencia técnica y mecánica, sino, por encima de todo, un gusto exquisito en el canto, como quedó evidenciado en el segundo tiempo, delineado con envidiable lirismo y con un rubato de tintes belcantistas siempre oportuno y equilibrado.

Por encima del asombroso dominio de toda la panoplia pirotécnica que demanda Paganini en lo puramente técnico y mecánico, es en el canto del segundo tiempo donde uno aprecia lo mejor del arte musical de Dueñas, que evidenció una sorprendente madurez y solidez conceptual, exponiendo su discurso con gusto exquisito. Tras la nueva demostración de malabarismo en el rondó final, planteado con gracejo y vitalidad envidiables, el público estalló en una enorme, entusiasta y bien justificada ovación. Y Dueñas, como si lo que había ofrecido no fuera en sí mismo un miura, se despacho con una soberana (y no hay que decirlo, técnicamente impecable) interpretación de la tercera Sonata de Ysaÿe, donde de nuevo demostró que no sólo es una violinista extraordinaria, sino que ha alcanzado una madurez musical envidiable para su edad.

Edad que casi comparte con Ivan Bessonov, apenas un año mayor que Dueñas, también ya poseedor de galardones e igualmente interesado en la composición. En otras palabras, otro supertalento. Bastó el comienzo del Segundo Concierto de Rachmaninov para apreciar cualidades parecidas en Bessonov a las descritas para Dueñas. Gran solidez técnica, seguridad en el mecanismo, ancha dinámica al servicio de un sonido que nunca pierda la belleza y redondez, y concepción musical de casi insólita madurez y consistencia.

Como antes en Dueñas, el lírico canto del adagio sostenuto estuvo admirablemente construido por Bessonov, bellísimamente matizado y fraseado. Y ese mismo lirismo apareció también, con exquisita sensibilidad, en la magnífica Träumerei de las Escenas de niños schumannianas regalada como propina, elección en las antípodas de lo efectista pero que obtuvo una interpretación que fue capaz de generar un espectacular silencio del público, hipnotizado por la emocionante interpretación del espigado pianista ruso.

Lástima que su excelente hacer tuviera que lidiar con el tosco y nada matizado acompañamiento de Spivakov. Me temo que el violinista-director ruso ha sido, por desgracia, el lunar de estas dos veladas. Su gesto es demasiado rudo y a menudo confuso, de manera que muchos ataques no responden a la unanimidad que una formación excelente como la que tiene en las manos es capaz de conseguir. Cuando en alguna ocasión la indicación fue más precisa, también lo fue la respuesta. Es una lástima que su buen entendimiento de las inflexiones de tempo no se acompañe de paralela atención en la dinámica, que resultó sistemáticamente estrecha.

Ya en la Danza navarra de El Cid de Massenet que abría el primer concierto, planteada por lo demás con encomiable vitalidad, se apreció tal estrechamiento, quedando la dinámica limitada al mezzo forte o intensidades superiores.

Desgraciadamente la tónica se mantuvo en las interpretaciones de Chaikovski (cuyo 126 aniversario del fallecimiento se cumplía precisamente el día de la primera velada) ofrecidas a lo largo de los dos días. La selección ofrecida de fragmentos de El lago de los Cisnes y El Cascanueces, el primer día, y la Obertura-Fantasía “Romeo y Julieta” y la Quinta Sinfonía, el segundo día.

Apenas pudimos escuchar con fidelidad alguno de los numerosísimos momentos en los que Chaikovski pide pp, ppp o pppp e incluso ppppp. Como ya el matiz piano era en realidad mezzo forte o incluso forte en algunas ocasiones, se llegaba con extrema facilidad a las tres f o más. En el mencionado Concierto de Rachmaninov, Bessonov, que ni mucho menos va corto de sonido, luchó con denuedo por imponer sus tres “f” al forte indicado para el acompañamiento en momentos del primer movimiento. Pero luchaba en desventaja frente al torrente de decibelios desencadenado por el titular de la formación.

Lástima, insisto, porque Spivakov dibujó con tino el ritmo en la selección de los ballets, pese a algún momento de aceleración exagerada, como en la Danza napolitana de El lago de los cisnes, donde llevó al espléndido solista de trompeta al límite, cumpliendo éste, dicho sea de paso, a la perfección la casi inverosímil demanda. En la Sinfonía, los tempi parecieron bien juzgados y las numerosas inflexiones de tempo demandadas por el compositor, bien traducidas.

Pero Chaikovski es un músico sutil, y el exceso decibélico le resta emotividad, tensión y contraste, y le suma demasiado efectismo. Y, por desgracia, si Chaikowski parece a algunos un músico “facilón” es justamente, en muchas ocasiones, por interpretaciones que, como estas, se centran en los decibelios, porque mucho de eso hace poco favor a las muchas “nueces” que la música contiene, si se me permite la expresión.

La tempestad decibélica se manifestó igualmente en una excesivamente tempestuosa lectura del intermedio de La Boda de Luis Alonso de Giménez, el primer día, y la Danza rusa de El Cascanueces más una danza georgiana ofrecidas el segundo día. Magnífica respuesta de la orquesta en todas sus familias, con estupendos solistas. Se habló ya del trompeta, pero hay que mencionar igualmente a los de oboe, trompa, fagot, clarinete y flauta, y también a una espléndida sección de cuerda y unos metales de una seguridad y brillantez indudables.

En todo caso, nos queda el gratísimo recuerdo de una magnífica orquesta y dos estupendos y más que prometedores solistas. Unos jóvenes de brillantez indudable.

Foto: Rafa Martín / Ibermúsica