MADRID / Haydn y Strauss por Luisi y la OCNE: añorando la paz

MADRID / Haydn y Strauss por Luisi y la OCNE: añorando la paz

Madrid. Auditorio Nacional (Sala Sinfónica). 24-IV-2021. Concierto Sinfónico 20 de la Orquesta y Coro Nacionales de España. Valentina Farcas, soprano. Veronica Simeoni, mezzosoprano. Mauro Peter, tenor. Jochen Kupfer, barítono. Coro y Orquesta Nacionales de España. Director del coro: Miguel Ángel García Cañamero. Director: Fabio Luisi. Obras de R. Strauss y J. Haydn.

Muy interesante programa el presentado por el genovés Fabio Luisi (1959) al frente de los conjuntos nacionales para la vigésima entrega de su ciclo sinfónico. En primer lugar, el octogenario Richard Strauss, que, en medio del fragor del final de la segunda Guerra Mundial, en la primavera de 1945, escribe esa atípica partitura que titula Metamorfosis, para 23 instrumentos de cuerda (10 violines, 5 violas, 5 violonchelos y 3 contrabajos). Aunque la obra parte como encargo de Paul Sacher, que la estrenaría, hay distintas especulaciones sobre el germen inspirador último de la obra, desde su propio ocaso vital al declive de toda una cultura. La cita explícita (por los chelos 3 a 5 y los tres contrabajos) del comienzo de la Marcha fúnebre de la Heroica beethoveniana, apenas 9 compases antes del final, y con la mención In memoriam no es, desde luego casual.

Se ha dicho que es una partitura abstracta. Personalmente creo que tras esa abstracción hay una combinación de misterio, desolación, serenidad, ramalazos de desgarro (como esa machacona figura de la misma nota repetida en tres negras que asoma por primera vez en el compás 9, casi escondida en las dos últimas violas, pero que retorna una y otra vez durante toda la obra, a menudo con acento dolorido) y alguna triste exaltación, como en el clímax, antes del etéreo desvanecimiento final.

En segundo término, la Misa en tiempo de guerra de Haydn, escrita en 1796 en los tiempos en que Austria se preparaba para una invasión francesa. Partitura que combina la grandeza, solemnidad y devoción de la música para la liturgia (emocionantes súplicas como la del coro en el Suscipe deprecationem nostram) con la tensión y zozobra del ambiente bélico, especialmente patente en el Agnus, donde las llamadas de las trompetas y timbales tienen tintes militares evidentes, que preludian lo que, de forma aún más desgarrada, ofrecerá Beethoven en el movimiento correspondiente de su Missa Solemnis.

Luisi es maestro con gran experiencia, sólido oficio, notable sensibilidad, gestualidad justa (sin batuta) pero clarísima, y curriculum más que contrastado de trabajo con algunas de las mejores formaciones del planeta. Cuando al frente de la Nacional se pone al frente un maestro de fuste, como es el caso, cabe esperar grandes resultados, y tal fue el caso en la velada de ayer.

El Strauss de Luisi tuvo toda la amalgama antes mencionada: misterio, desolación, desgarro (la citada figura de tres negras acentuada con el énfasis justo, como quien no quiere que el mensaje de dolor pase inadvertido), gradación precisa y muy bien planificada de la dinámica hasta la plenitud de un clímax brillantemente traducido por la cuerda de la Nacional que ayer, liderada por un estupendo Colom, demostró la gran evolución que esta sección de la orquesta ha experimentado en los años recientes. Esta hermosa, profundamente emotiva y crepuscular partitura de Strauss debía obtener la sonoridad llena, redonda y matizada que tuvo, y llegarnos con la claridad de exposición con que lo hizo.

Quienes hayan seguido reseñas anteriores de quien esto firma saben que, en estos tiempos de pandemia, concedo particular mérito a la realización del repertorio sinfónico-coral, porque las distancias, mascarillas, mamparas y demás parafernalia, si afectan a todo, lo hacen mucho más para ese repertorio. Para que se hagan una idea: desde la posición del concertino Colom hasta el podio de Luisi no había menos de 8 metros, con una mampara y dos cantantes de por medio. Que el director estableciera la excelente conexión que tuvo con el concertino es algo que debe anotarse en el mérito de ambos. Que el coro, excelentemente preparado, fuera capaz de una prestación notable y de un empaste de más que estimable redondez con las distancias enormes que separan las secciones (sopranos en el lateral izquierdo de primer anfiteatro, tenores y bajos en el centro, donde antes si situaba todo el coro, y contraltos en el lateral derecho de primer anfiteatro) y a sus miembros (no menos de 4-5 metros entre cada uno) es algo que directamente puede considerarse extraordinario.

El Haydn de Luisi se desarrolló por esa vía cercana a lo históricamente informado en determinados detalles (acentos, baquetas de timbal, austeridad, sin exagerar, de vibrato en la cuerda), pero sin abandonar una esencia bastante tradicional. En todo caso, y como procede en la música del autor de La Creación, el del maestro italiano fue un planteamiento rico en contrastes y expresividad, resaltando adecuadamente los momentos más oscuros (Qui tollis en el Gloria, Et incarnatus en el Credo o comienzo del Agnus) pero con decidido júbilo en muchos otros (comienzo y final del Gloria, final del Credo). Interpretación intensa, con más que notable respuesta del coro y muy estimable de un cuarteto solista en el que soprano y, sobre todo, barítono (la voz, con diferencia, de más presencia del conjunto), brillaron a más altura que mezzo (de voz pequeña, aunque bien timbrada) y tenor.

Estupenda prestación de la Nacional en una música como la de Haydn que, igual que constituye la mejor gimnasia de empaste orquestal, es a la vez un compromiso para los músicos. Además del liderazgo y la ya mencionada conexión excelente con el podio de Miguel Colom, hay que destacar el exquisito solo de chelo de Miguel Jiménez en el Qui tollis, pero también las estupendas contribuciones del clarinete Javier Balaguer y el oboe Robert Silla, además de la incisiva de Juanjo Guillem desde un timbal decisivo en los momentos más dramáticos de la obra, como en algún estremecedor momento del Agnus.

Éxito grande y merecido para un concierto con música hermosísima y admirablemente realizada. En el fondo, desde el crepuscular Strauss a un Haydn que no puede evitar siempre terminar buscando la luz (y encontrándola), ambas obras comparten una cosa: música que añora la paz.