MADRID / Haïm y Le Concert d’Astrée: barroco italiano para Ibermúsica

Madrid. Auditorio Nacional. 3-XII-2025. Ibermúsica 25-26. Le Concert d’Astrée. Directora: Emmanuelle Haïm. Solistas: Carlo Vistoli, contratenor. Emöke Baráth, soprano. Obras de F. Durante, D. Scarlatti, L. Leo, P.A. Locatelli y G.B. Pergolesi.
Tras su muy exitoso debut en Ibermúsica en la temporada pasada, con un programa dedicado a Haendel y Bach, volvía al ciclo el grupo francés Le Concert d’Astrée, con su fundadora, Emmanuelle Haïm, como parte de una gira por Francia (Compiègne, Aix-en-Provence, Lyon, Grenoble, Dijon, para culminar en París el próximo día 5) y España (Barcelona, Oviedo y Madrid). El concierto suponía el debut en Ibermúsica de la soprano húngara Emöke Baráth, a la que hemos escuchado con frecuencia en Madrid en otros eventos.
El programa, en esta ocasión, estaba dedicado al barroco italiano, en su mayoría centrado en la Scuola Napoletana. Puede quizá considerarse, y no faltaría alguna razón, que la propuesta, muy camerística en algunas obras y de intimidad religiosa en otras, no era la más apropiada para una gran sala de 2300 personas. Pero también sería importante recordar que es un saludable ejercicio, para un público tan acostumbrado a no salirse (o hacerlo muy raramente) del gran repertorio sinfónico, verse impelido a explorar territorios más ignotos. El barroco italiano ocupa, sin duda, un lugar importante entre ellos. Que el programa de mano no incluyera mención alguna de ejecuciones anteriores en la serie de ninguna de las obras (como hace habitualmente) es un signo patente, aunque indirecto, de que las obras que se escucharon ayer eran primicia en el ciclo de Ibermúsica. Incluso el bastante conocido Stabat Mater de Pergolesi, que era sin duda la partitura más significativa del evento. Hay que aplaudir, por tanto, el empeño del grupo francés y de Ibermúsica en empujar al público a abandonar por un momento su zona de confort.
Se abría el recorrido con el Concierto nº 5 en La mayor, de los Concerti a quattro que Francesco Durante compuso entre 1730 y 1740. Como señalaba oportunamente Lorena Jiménez en las notas para este mismo concierto escuchado en Oviedo el martes de esta misma semana, se trata de una breve partitura que se mueve en la estela formal de los conciertos venecianos, elegante y luminosa, con un bonito diálogo de violines primeros y segundos en el Largo central y una plausible animación en los extremos.

Domenico Scarlatti, mucho más conocido entre nosotros por su monumental colección de Sonatas para teclado, escribió su Salve Regina en La mayor en Madrid, entre 1756 y 1757, poco antes de su muerte. Página de notable belleza, que utiliza a menudo, como tantas otras de la época, el recurso al cromatismo descendente como expresión del dolor. Especialmente atractivos los dos últimos números, Nobis post hoc exsilium Ostende, con un notorio cambio de carácter en el tramo final y, especialmente, el último, O Clemens, O pia.
Aún más desconocido para buena parte del público resultaría la figura de Leonardo Leo, que sin embargo es una de las figuras más destacadas de la Scuola Napoletana. Es una curiosa experiencia contrastar el diferente planteamiento de Leo para el mismo texto del Salve Regina, que sólo se mueve hacia la súplica más doliente en un emotivo Ad te suspiramus, pero que en general transita entre la placidez y la animación casi operística (así en el Eja ergo).
Un Locatelli atípico (que, como apunta Jiménez, no forma parte de la precitada Scuola), alejado del virtuosismo violinístico por el que es más conocido, abría la segunda parte, con la Sinfonía fúnebre compuesta para las exequias de su propia mujer, en Roma. Música previsiblemente desolada, con un insistente ritmo punteado en el bajo continuo inicial proporcionando el componente de marcha fúnebre que cabe esperar en ese contexto. Solo el último número, La consolazione, proporciona cierto alivio.
Y del dolor al dolor, porque el Stabat Mater que un joven Pergolesi, ya muy enfermo de tuberculosis, escribió en sus últimas semanas de vida, es sin duda una de las cimas del barroco en cuanto a manifestación del dolor. Los choques de disonancia dibujan un clima patetismo profundamente emotivo desde el mismo inicio, una música que nos impacta desde un sobrecogedor dibujo de la más estremecedora desolación, trazada con una sencillez que resalta su belleza y refuerza su impacto.
Se presentó Haïm con un orgánico limitado: contingente de cuerda de 4/4/3/2/1 más laúd y órgano positivo (este en manos de la propia Haïm). Aunque la reducción frente al empleado el año pasado (6/6/4/4/2) es lógica por el repertorio, alguno se preguntará si no quedaría algo corto, en una sala tan grande, para las localidades más alejadas de la escena. No puedo asegurar que no sea así. Tampoco el órgano positivo, apenas perceptible, contribuyó en una labor de continuo que, de tan discreta (también en el laúd), apenas tuvo presencia apreciable.

El acercamiento de la directora francesa y su grupo a este repertorio primó la elegancia, el buen canto y la ajustada matización sobre la riqueza de contrastes, la mayor variedad de affetti que uno aprecia en este repertorio en intérpretes como Dantone o Antonini, más inclinados a destacar las aristas. El Concierto de Durante que abría el concierto llegó así con animada elegancia, pero sin especial vibración, y un ajuste de la cuerda que, en los pasajes más rápidos (algunas cascadas de semicorcheas), pudo haber sido más precisa. Se mostró seguro el contratenor Carlo Vistoli en el Salve Regina de Scarlatti. Buena voz, especialmente en los registros medio y agudo, ambos con notable presencia y atractivo color. Especialmente atractivo su canto en el emocionante O Clemens, O pia, y excelente agilidad en el Amen final.
Baráth se mostró segura en la obra de Leo, con alguna tirantez ocasional en ataques aislados en la zona aguda, pero muy buena agilidad en momentos como el Ad te clamamus. Como en el caso de Vistoli, sus cadencias y adornos estuvieron bien dibujados y equilibrados, sin los excesos extravagantes que con cierta frecuencia escuchamos a algunos cantantes. Preciosa su expresión en el Ad te suspiramus, y muy apropiadamente operístico el tramo final de Eja ergo.
Aunque dotada de correcta solemnidad, pareció a quien firma estas líneas un punto plana la Sinfonia fúnebre de Locatelli, en la que cabría esperar acentos más incisivos y desgarrados (otra vez los affetti, que se antojaron aquí un tanto limados), y contrastes más acusados. Mejorable ajuste de la cuerda en el Non Presto y en La consolazione. Quizá, globalmente, la obra menos conseguida del programa.
Lo contrario llegó de la mano de la que era, con pocas dudas, la partitura nuclear: el Stabat Mater de Pergolesi. La orquesta ofreció aquí una prestación impecable, y los dos solistas, con excelente equilibrio vocal, consiguieron una convincente expresión de la emotiva desolación trazada por el músico italiano. Momentos aislados de menos intensidad (la menor comodidad de Vistoli en el registro grave durante el Eja mater, la relativa grisura de Fac ut ardeat) quedaron minimizados por otros de más evidente emoción, como el penúltimo número, Quando corpus morietur, uno de los pasajes más estremecedores de una obra que los tiene en abundancia. Muy acertado dibujo del Amén final. La bellísima música de Pergolesi llegó con la calidez esperada al público, que recibió con palpable entusiasmo la que fue, probablemente, la mejor interpretación del concierto. La siempre simpática directora francesa retornó entonces a su territorio favorito para ofrecer dos perlas handelianas que resultaron una verdadera delicia. El dúo de Maddalena y Cleofe Dolci, chiodi, amate spine, de La Resurrezione, y el dúo Who calls my parting soul from death del oratorio Esther.
Se cerraba así, con la preciosa música de Haendel en manos de uno de sus más destacados intérpretes, el año para el ciclo de Ibermúsica, dado que la tormenta política que vivimos ha obligado al aplazamiento (aún sin fecha) de la gira de la Sinfónica Nacional Juvenil de Venezuela, que iba a ofrecer la Leningrado de Shostakovich el próximo lunes.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: A. Bofill)


