MADRID / Guiños historicistas de Jurowski a Beethoven

Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 9-IV-2025. Ibermúsica 24-25. Orquesta Filarmónica de Londres. Director: Vladimir Jurowski. Solista: Vilde Frang, violín. Obras de Beethoven y Schumann.
Si la semana pasada recibíamos en Ibermúsica a la Philharmonia, y comentábamos que ha sido una de las más asiduas y veteranas visitantes del ciclo, en esta ocasión volvía a la serie la Filarmónica de Londres, otra de las formaciones habituales, cuyas visitas, desde que se presentó en este ciclo en 1980 (ya ha llovido), componen una lista igualmente larga. La orquesta que fundara Sir Thomas Beecham (más bien, otra de las que fundó, junto a la Royal Philharmonic) venía esta vez de la mano de su anterior titular, ahora director honorífico, el moscovita Vladimir Jurowski (1972), con la contribución de la violinista noruega Vilde Frang (Oslo, 1986).
En el programa, dos obras de Beethoven (Obertura “Coriolano” y Sinfonía nº 5) enmarcaban la pieza concertante, que en este caso era el Concierto para violín de Robert Schumann. La de Coriolano es una música rotunda, tensa, muy dramática, que Beethoven escribió en 1807 como introducción a la tragedia del mismo nombre de Heinrich Joseph von Collin. Y no anda corta de intensidad, como es bien sabido, la archiconocida Quinta Sinfonía, cuyo motivo inicial es de una energía difícil de resistir, y que evidentemente tuvo algo de obsesión para Beethoven, que empleó también ese dibujo rítmico en alguna obra importante coetánea, como la Sonata op 57 “Appassionata”. Completada en 1808, no deja de sorprender que la composición de esta volcánica sinfonía, en medio de la turbulencia personal, con la sordera creciendo de forma importante, y política, con Napoleón invadiendo media Europa, incluida Austría, se diera la mano con la de la mucho más tranquila y lírica Sexta sinfonía, estrenada, de hecho, en el mismo concierto (de interminable programa, por cierto) que la Quinta que nos ha ofrecido la Filarmónica de Londres en la velada que se comenta.
Con un principio y final en Beethoven, la tentación de un monográfico beethoveniano hubiera parecido irresistible, y quien firma estas líneas hubiera, desde luego, aplaudido la decisión, porque el concierto para violín del genio de Bonn es una maravilla, y Vilde Frang lo interpreta, como hemos tenido ocasión de comprobar en otra ocasión, divinamente. En cambio, los hados de las programaciones no son a veces favorables, y se producen repeticiones de obras que, además, no se encuentran entre las más lucidas del repertorio. En efecto, hace menos de un mes que el sinfónico 17 de la temporada de la OCNE incluía en su programa el Concierto para violín de Schumann, compuesto por un Schumann ya mermado, en 1853, a instancias de Joachim que, una vez vista la partitura, tampoco se mostró precisamente entusiasmado. Escuchada la obra una y otra vez, uno no se sorprende de que Clara, Joachim y Brahms decidieran no estrenar ni publicar el concierto, que permaneció por tanto sin número de opus. Hay en él, claro está fogonazos, ramalazos del talento de Schumann, especialmente en el tema encantador del segundo movimiento. Pero la obra se antoja demasiadas veces reiterativa, sin vibración especial, un tanto ingrata (porque difícil, es un rato largo) para el solista, y con un tercer tiempo que parece, más bien es, una amable y simpática polonesa pero que no termina de despegar. Una sensación que también impregna buena parte del primer movimiento.
Es conocida la querencia de Jurowski por eso que llaman la tercera vía, es decir el guiño, aunque a medias, a la práctica históricamente informada en la interpretación del repertorio clásico y romántico. La declaración de intenciones fue explícita en cuanto a plantilla e instrumentos. Cuerda de 10/10/6/6/4 para las tres obras, con timbales de época y trompetas naturales (para las obras de Beethoven solo, la de Schumann contó con trompetas con pistones). Se permitió, eso sí, utilizar cuatro trompas y tres trompetas en la sinfonía de Beethoven (la partitura prescribe dos y dos, pero no es excepcional que se aumente su número). Como cabía esperar, conociendo sus modos, el ruso se inclinó por un uso parco del vibrato, ataques rotundos (sin exagerar), acentos bien marcados y contrastes patentes. Construyó así una interpretación de buena factura de Coriolano, con adecuada intensidad, contundente afirmación y bien delineados matices. Siempre con mucha claridad en la exposición y con una respuesta orquestal impecable en cuanto a ajuste y precisión. Otra cuestión es que la cuerda, para el contingente empleado, dejara cierta sensación de cortedad de volumen en los violines (20 en total) frente al poderío evidenciado por los seis violonchelos, de estupenda presencia y hermosa sonoridad.
Vilde Frang es una violinista a la que hemos visto crecer artísticamente de manera considerable de unos años a esta parte. Extrae un bello sonido de su Guarneri del Gesu de 1734, rico en colores y matices, de buena presencia y redondo timbre. Muy precisa de mecanismo y afinación, clara en la articulación, de arco ágil, la noruega brindó una excelente interpretación del concierto schumanniano, al que extrajo todo el partido posible, especialmente en la parte que mejor se presta a ello, el Langsam central. El canto de Frang junto a los chelos en el inicio de este tiempo fue, probablemente, el momento más hermoso de su interpretación, también porque es el que musicalmente parece más logrado.
Y aunque el movimiento final es más amable que arrebatador, es testimonio de su excelente hacer que cosechara un gran éxito. Anunció, en parlamento inaudible para todo aquel que estuviera, creo, más allá de la tercera fila de butaca de patio, una propina que los amigos de Ibermúsica nos identificaron después: la Giga senza basso del compositor barroco italiano Antonio Maria Montanari (1676-1737), el cuarto movimiento de su Sonata en re menor. Página preciosa, de contagioso impulso, en la que Frang lució su saber musical y su gran virtuosismo. Preciosos colores, contrastes y ritmos los que pudimos escuchar en esta hermosa propina.

Podría tal vez haberse esperado más agresividad de Jurowski en la Quinta, teniendo en cuenta esa cercanía, al menos parcial, al historicismo. Hubo, ciertamente, buenas dosis de energía e intensidad, rotunda afirmación en el inicio, nada descafeinado ni plomizo. Tempi de adecuada, no arrebatada vivacidad, incluso con algún guiño a cierta flexibilidad. Interpretación dibujada con claridad y, como antes en la obertura, bien conseguidos contrastes, acentos y matices, pero sin ese fuego especial que caracterizaba el incandescente acercamiento de Harnoncourt.
Buen canto de chelos y violas en el principio del Andante con moto, y exquisitos matices pp de la cuerda sobre el canto de la madera. Bien afirmado el Scherzo, con trompas rotundas, bien empastadas (muy precisas toda la tarde, con apenas un mínimo atisbo de roce en el comienzo del desarrollo del primer tiempo), y siempre con un discurso de absoluta claridad extraído por la flexible batuta de Jurowski, clara y no aparatosa. Bien llevada la transición al allegro final, con buena retención de la tensión y bien dibujado crescendo hasta la explosión de ese último tiempo. Cierto también que esa transición llegó sin la anchura, sin ese estirar la descarga de tensión que hemos admirado en otras ocasiones, tanto en interpretaciones más tradicionales como en las que, más decididamente inmersas en el historicismo, se han inclinado por mayor voltaje. En todo caso, interpretación de muy notable energía, admirablemente traducida por una orquesta precisa y ajustada en todas sus secciones. Se omitió la repetición de la exposición, y se construyó con solidez el final, apropiadamente triunfal, como una rebelión luminosa contra el más oscuro fatalismo del comienzo. Brillante final que, cuando se ejecuta con la precisión y energía con que lo hizo la orquesta británica, es anticipo de cálida recepción del público. La hubo, claro está. Y, naturalmente, con el orgánico que se había empleado, lo que pedía el cuerpo era más Beethoven, así que Jurowski y la Filarmónica londinense ofrecieron una lectura fulgurante de otra obertura del genio de Bonn: la compuesta para el ballet Las Criaturas de Prometeo. Se lució aquí el virtuosismo de la formación, muy exigida por el tempo rapidísimo impuesto desde el podio, que me recordó al empleado por Daniel Harding al frente de la Deutsche Kammerphilharmonie de Bremen. Lo que se dice un final en lo más alto para un concierto excelente, en el que los guiños historicistas de Jurowski a Beethoven tuvieron, qué duda cabe, un gran interés.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Ibermúsica)


