MADRID / Gris tarde con la Suisse Romande, Nott y Midori, para Ibermúsica

Madrid. Auditorio Nacional. 11-II-2025. Ibermúsica 24-25. Orquesta de la Suisse Romande. Director: Jonathan Nott. Solista: Midori, violín. Obras de Debussy (arr. Caplet), Sibelius y Stravinsky.
La ya más que centenaria orquesta de la Suisse Romande volvía a Ibermúsica, ciclo en el que tardó mucho en presentarse (su primera presencia fue ya en este siglo, en 2004). Orquesta que ha conocido entre sus titulares nombres más que ilustres, desde Ernest Ansermet (que la fundó en 1918 y fue su titular hasta 1967, ahí es nada) a Paul Kletzki, Wolfgang Sawallisch o Neeme Järvi, entre otros. Larga y brillante historia la de esta formación. Su actual titular (desde 2017), el británico Jonathan Nott (Solihull, 1962), formado en el mundo de la ópera, ha cultivado luego un repertorio amplio, en el que la creación del siglo XX ha ocupado un lugar especialmente importante, aunque en los últimos tiempos ha estado más centrado en las obras de Mahler.
La solista de la ocasión era la violinista japonesa-estadounidense Midori Goto (Osaka, 1971), conocida en los ambientes simplemente como Midori, formada en la Juilliard y con una larga carrera a sus espaldas (debutó con apenas 11 años). Hacía tiempo que a Midori, que toca un Guarnerius del Gesú “ex-Huberman” de 1734, no se la veía por el ciclo de Ibermúsica (última vez en 2009), por lo que también había expectación en su retorno, sobre todo con un concierto como el de Sibelius, erizado de dificultades y en el que el listón quedó altísimo cuando lo interpretó por última vez en este ciclo, de manera sencillamente memorable, la gran Hilary Hahn (2019), a quien curiosamente recordamos hace apenas unos días, porque debía haber venido a interpretar el concierto de Mendelssohn y no pudo hacerlo por la lesión que la mantiene desgraciadamente alejada de los escenarios hace algunos meses.
Sorprendió un tanto a quien esto firma (y quizá no solo a mi) el orden del programa, con la pieza concertante ocupando toda la segunda parte y la de Stravinsky, que normalmente hubiera sido el final del concierto, como final de la primera. Creo que la razón, a juzgar por el zafarrancho presenciado en el descanso, debía ser logística, es decir, trasladar toda una serie de instrumentos de la gran plantilla de Stravinsky para prepararlos de cara a su transporte para la siguiente escala de la gira (la plantilla requerida por la obra de Sibelius era sensiblemente menor) aprovechando la segunda parte del concierto. Funcional y eficiente en cuanto a la organización de la gira, pero de cara al espectador, un poco raro.
Abría el recorrido el arreglo orquestal de esa maravilla pianística que es el Claro de luna de Debussy, el tercer movimiento de su Suite Bergamasque. Reitero: maravilla pianística. Desde Chopin, pocos (si es que hubo alguno) autores cambiaron la manera de escribir para el piano más que Debussy. La música del Claro de luna es sugerente, evocadora, etérea, extática, de un encanto realmente subyugador… desde el teclado del piano. El arreglo que el amigo y discípulo de Debussy, André Caplet, realizó para orquesta en 1922, no terminaba, según destaca con acierto María Santacecilia en las notas al programa, de convencer al compositor del original. Escuchado el arreglo ayer, no extraña ello al que suscribe, porque el singular juego tímbrico que consigue Debussy con esta música en el piano tiene, creo, más que complicada traslación a la orquesta, por cuidado que sea el arreglo.
Tampoco tuvo, en la batuta de Nott y la orquesta suiza, una traducción que invitara a cambiar de opinión. Quien firma estas líneas se preguntó si no hubiera sido más razonable programar, por ejemplo, el Preludio a la siesta de un fauno.

No está de más recordar, una vez más, que la hoy célebre y muy apreciada Consagración de la primavera de Stravinsky fue recibida con algo más que alboroto cuando se estrenó en 1913, porque estos Cuadros de la Rusia pagana se antojaron poco menos que una provocación cacofónica. Hoy, sin embargo, esta música sin duda atrevida, hiriente, salvaje en muchos momentos, es un clásico calurosamente recibido por el público, que se engancha inmediatamente a una música en la que ritmos frenéticos, de contagiosa intensidad, se hermanan con un riquísimo colorido orquestal y una cautivadora atmósfera en la que hay magia, misterio y drama. Obra de compleja ejecución y más compleja dirección, que demanda la máxima concentración de la orquesta con esos continuos cambios de ritmo y cambiantes acentos tan queridos por Stravinsky, y cuya apabullante intensidad nos mantiene en tensión del primer al último compás.
Esa complejidad de ritmos y texturas hace particularmente necesaria una puntillosa precisión desde el podio. De ahí que, entre nuestros maestros, ese director especialmente preciso en el dibujo rítmico que era Frühbeck de Burgos, tuviera esta partitura como una de las más lucidas de su repertorio. Me temo que no es, en este sentido, Jonathan Nott el paradigma de maestro de gran claridad gestual. Combina una técnica de batuta muy basada en movimientos de muñeca (con algún ramalazo que puede recordar lejanamente los modos, mucho más claros, de Maazel) con arrebatos fogosos en los que brazos y batutas dibujan arabescos de significación no fácil de desentrañar. No es tampoco su manera de subdividir especialmente clara, ni parece el suyo un mando especialmente concernido con la búsqueda de la mayor depuración sonora, el refinamiento tímbrico o el cuidado fino del matiz, sino más bien dirigido a un trazo de bien dibujado cantable, pero más largo (y más grueso) en el discurso.
La orquesta helvética, por su parte, se antojó una formación estimable, de plausible cohesión y no deslumbrante calidad en ninguna de sus secciones. Bastante lejos del sobresaliente nivel que la Tonhalle exhibió en este mismo ciclo hace no mucho tiempo, esta Suisse Romande no parece, desde luego, a la misma altura que en la época de Ansermet o de alguno de sus sucesores antes mencionados. Cuerda suficiente, bien empastada, pero sin la presencia de las grandes formaciones europeas. Madera de plausible calidad, aunque ni los fagots en el inicio ni el clarinete piccolo más tarde deslumbraron. Mostraron mejor nivel los solistas de clarinete, oboe y flauta. Metales algo toscos, no siempre empastados (Danza de la tierra), con las trompetas un punto por encima del resto y las trompas, quizá, en el nivel más discreto. La interpretación de la Consagración de la primavera siempre es bien recibida, porque la brillantez orquestal llama al aplauso, pero quien esto firma debe señalar que la interpretación escuchada ayer, de plausible calidad en cuanto a ejecución, quedó bastante corta en cuanto al juego antes apuntado en el que se diría que ha de haber misterio (muy corto en el principio de la segunda parte, pese a los abundantes ppp en la partitura), drama y crudeza (la danza final, donde se echó de menos densidad e incisión de los acentos). Lo expuesto no es óbice para reseñar que el público recibió con entusiasmo la interpretación de Nott y la formación suiza.

El Concierto para violín de Sibelius se cuenta entre las creaciones más bellas de su autor, y también entre los conciertos para violín más apreciados por los propios solistas, a despecho de las enormes dificultades que inundan la partitura. El emocionante y evocador encanto que encierran sus melodías, la conmovedora nostalgia que en muchos momentos (especialmente en el segundo movimiento) encontramos en su música, hacen de esta obra, con toda justicia, una de las más apreciadas por el público entre las del repertorio concertante para violín. Midori exhibió un sonido de plausible presencia, sensiblemente mayor que el escuchado a Yoo hace unos días. Ello le permite una dinámica más ancha. La japonesa-estadounidense se entregó a la tarea con determinación, y no cabe dudar de sus mejores intenciones expresivas, porque el inicio, susurrado, respondió bien al dolce ed espressivo demandado por el compositor finlandés.
Me temo, sin embargo, que las intenciones no quedaron luego materializadas en un resultado del nivel esperado. Por encima de cuestiones de precisión en la afinación (evidentes en más de un momento) o limpieza de arco y articulación (la cadencia del primer tiempo fue buen ejemplo de todo ello), a quien esto firma le pareció que el resultado quedó lastrado por la palpable falta de fluidez en el discurso, que pareció llevar las inflexiones, la flexibilidad, a un punto en el que el fraseo, más que respirar o resaltar, se quebraba y discurría a trompicones. Lució más Midori en el Adagio di molto, bien cantado en su inicio y con algún pp muy conseguido, aunque en este movimiento no tuvieron las trompas de la orquesta suiza el mejor de los momentos. El temible movimiento final reiteró lo observado en el primero, también con algún pequeño desajuste con la orquesta. El éxito también fue grande para ella, y regaló el Preludio de la Partita nº 3 para violín solo de Bach. Aquí pareció más precisa, pero la lectura, a bastante velocidad y sin respiración, quedó en poco más que un mero ejercicio de virtuosismo. Una tarde musical como la meteorológica en Madrid: gris.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Rafa Martín / Ibermúsica)


