MADRID / Gran música, admirablemente interpretada

MADRID / Gran música, admirablemente interpretada

Madrid. Auditorio Nacional. Sala Sinfónica. 31-X-2020. Brindley Sherrat, bajo. Orquesta Nacional de España. Director: David Afkham. Obras de Vaughan-Williams y Beethoven.

Digamos de entrada que el sexto concierto sinfónico de la temporada de la Nacional, bajo la batuta de su titular, David Afkham, fue hermoso en la concepción del programa y magnífico en su realización. Pero repasemos de entrada, como tengo por costumbre, el apartado de la seguridad.

Poco que comentar respecto a lo reseñado la semana pasada con ocasión del concierto dirigido por Urbánski. Protocolo similar, con cuidado desempeño del mismo por el amable personal de la sala, y con las mismas virtudes, pero también con las mismas cosas mejorables. Se podría, quizá (aunque es evidente que complicaría la logística en cuanto a la venta de entradas) permitir el agrupamiento de convivientes (lo que ahora no ocurre) y establecer la distancia de una butaca libre a ambos lados de tal agrupamiento, pero la disposición actual es, pese a la separación un tanto artificial de los citados convivientes, suficientemente buena, con el pero, ya apuntado la semana anterior, de la anulación poco explicable de la mitad de los laterales de primer anfiteatro, las tribunas a ambos lados del órgano y las sillas del coro. Con todo, sigo encontrando necesario recomendar al público que omita los gritos de ¡Bravo!, porque por merecida (en esta ocasión, muchísimo sin duda), es una práctica fuertemente emisora de aerosoles y por tanto de evidente riesgo. Por fortuna no hubo ninguno en mis inmediaciones, pero confieso que me hubiera tensado bastante estar en el segundo anfiteatro, donde hubo profusión de los mismos. Lo pondré en mayúsculas para que se me entienda mejor: NO GRITEN, SE EMITEN MÁS AEROSOLES Y AUMENTA EL RIESGO DE CONTAGIO. Sustituyan los gritos por más aplausos, incluso en pie. Los músicos, seguro, sabrán entenderlo.

Decía que el programa fue hermoso en su concepción. Para empezar, porque no se escucha mucho por estos lares la música de Vaughan-Williams, aunque al que suscribe el compositor británico le parece uno de esos autores del mayor interés al que, con excepción de su país de origen, los programas no tratan con la justicia debida. Creo que el público coincidió en apreciar la belleza de la selección (siete de las nueve) de Canciones de viaje del compositor, música llena de lirismo, a menudo de nostalgia, y siempre de sugerente evocación, sobre poemas del gran autor escocés Robert Louis Stevenson. Fueron servidas con excelencia por la bonita voz del bajo británico Brindley Sherrat, que lució elegancia en la expresión y el matiz y un timbre atractivo, elevándose por encima, él quizá más que casi ninguno, de la incomodidad de cantar con mascarilla, consiguiendo lo casi inverosímil en tal tesitura: que hasta su dicción resultara bastante clara (aunque evidentemente en ningún caso lo que hubiera sido escucharle sin la boca enmascarada). Impecable, atento y preciso acompañamiento de la Nacional y Afkham.

La Heroica después, obra a la que me referí recientemente en la reseña del concierto que abría la temporada de la Sinfónica de RTVE. Esta partitura revolucionaria, verdadero terremoto que sacudió todos los cimientos del sinfonismo conocidos hasta entonces, tiene en sus persistentes acentos en partes débiles del compás, o en pasajes que demandan una precisa y bien empastada articulación (como ocurre en el de los violines primeros, c. 567 y siguientes del primer movimiento, o el siempre comprometido scherzo), un reto constante y complejo para toda orquesta, pero mucho más aún en las circunstancias actuales de distancia y de dificultad de escucha al compañero. Más aún cuando los tempi responden a la urgencia demandada por Beethoven, algo que sin duda Afkham impulsó ayer. Pensaba, desde la incomodidad de mi propia mascarilla de alta protección, en la propia incomodidad de los músicos, interpretando una obra que no por bien conocida es menos compleja y que, en la actual tesitura, de hecho, ve notoriamente incrementada su dificultad. Por ello merecen el mayor y más caluroso aplauso los excelentes músicos de la Nacional, entregados con evidente compromiso para conseguir lo que sin duda ofrecieron: una estupenda interpretación de esa obra monumental que es la Heroica.

Afkham, por su parte, fue autor esencial en tal logro, construyendo una versión enérgica, decidida, cruda en sus acentos y disonancias, adecuadamente anotadora de algunas prácticas históricamente informadas como la relativa austeridad en el vibrato de la cuerda, el empleo de baquetas duras en el timbal o (como antes hicieran Harnoncourt o, en esta misma sala el año pasado, Salonen) el acertado empleo de trompetas naturales (con desempeño sobresaliente de los músicos de la Nacional encargados del cometido). Tempi en el lado urgente, ligero incluso el Adagio assai del segundo movimiento, para nada pesante o caído. Concepción adecuadamente apasionada en el primer movimiento, trágica en el segundo, vivaz en el tercero (mención especial para la magnífica cuerda, el solista de oboe y los trompas) y apropiadamente exaltada y vital en el último. Debo confesar cierto desconcierto experimentado ante el muy personal inicio del cuarto movimiento, con la cascada inicial de notas de la cuerda en un extraño acelerando de encaje sumamente difícil (y solventado con encomiable empaste por la cuerda de la Nacional) al que no terminé de encontrar el fundamento. No se repitió el procedimiento cuando el pasaje reitera el diseño justo al inicio de la coda final, y quien esto firma, tal vez pecado de la tradición, casi lo prefiere en esta forma final. Mínima objeción, en todo caso, a una versión estupenda y realizada con excelencia.

Concierto, pues, magnífico en el resultado, recibido con calor por el público y con evidente agradecimiento por músicos y director, complacidos de que la gente se anime, pese a la que está cayendo, a acudir a la sala. Por escrito sí puede hacerse sin riesgo: ¡Bravo!