MADRID / Gran éxito de Mäkelä en su debut en Madrid con la Orquesta del Concertgebouw

Madrid. Auditorio Nacional. 28-I-2025. Ibermúsica 24/25. Orquesta del Concertgebouw de Ámsterdam. Director: Klaus Mäkelä. Obras de Chin, Wagner y R. Strauss.
Llegó al fin el esperado debut madrileño del finés Klaus Mäkelä (Helsinki, 1996), cuya meteórica carrera ha traído ríos de tinta. A sus 28 años, Mäkelä, actualmente titular en París y Oslo, ya tiene asegurado su nombramiento, a partir de 2027, para dos de los podios más anhelados de cualquier director, los del Concertgebouw –formación con la que hace este debut en la capital española– y la Sinfónica de Chicago. Que dichos nombramientos tengan efecto en un par de años no resta un ápice de excepcionalidad al hecho. Con 31 años Mäkelä habrá llegado más alto que la mayor parte de los directores en décadas de carrera. Que eso sea lo más adecuado para él y para las orquestas es algo que está por ver, y sobre lo que hay división de opiniones. La prensa ha acogido con mayoritario entusiasmo la fulgurante trayectoria del finés (ayudada por la todopoderosa agencia Harrison Parrott y el soporte de Universal), aunque se han dado también algunas expresiones de rotunda decepción por considerar que es un maestro de lucida estética en el podio y notable empatía con músicos y público, pero sin demasiada enjundia que transmitir. Algo que iría en la línea de aquello que se atribuía a Pierre Boulez: “Algunos directores están bien preparados, pero no saben transmitir sus ideas a la orquesta. Otros son buenos comunicadores y transmiten bien… pero no tienen nada que transmitir porque no han profundizado lo suficiente en la partitura”.
Cuando quien esto firma vio los dos conciertos del joven finés en Granada el pasado verano, confesó desde estas líneas un entusiasmo limitado, pero también expectante, porque aunque lo escuchado distó de parecerme tan excepcional como a otros, la Orquesta de París está lejos, muy lejos, de la neerlandesa que nos visitaba esta vez en Madrid, y de la estadounidense, que hace tiempo que no pisa nuestro país (y me temo que “lo que te rondaré, Morena”). Había que esperar a ver a Mäkelä con una orquesta de primera y aquí la teníamos. El primer programa, además, permitiría apreciar lo que el finés era capaz de aportar, más allá de su reconocida eficacia gestual y capacidad de conexión con músicos y público. Y se trataba de un programa rodado, ya que el mismo Mäkelä lo presentó en Ámsterdam esta pasada Navidad.
Abría la velada una partitura singular que ya escuchamos en este ciclo a Gustavo Gimeno al frente de la Filarmónica de Luxemburgo (enero de 2022, no de 2021 como señala el programa de mano): Subito con forza, de la coreana Unsuk Chin (1961), obra encargada por la orquesta que la ofrecía hoy, la del Concertgebouw (junto a BBC Radio 3 y la Philharmonie de Colonia) que, también con Mäkelä en el podio, estrenó en septiembre de 2020 (recordemos, plena pandemia).
Los apenas cinco minutos de música requieren una plantilla masiva. Se demandan (partitura visible en la página del editor Boosey & Hawkes https://www.boosey.com/cr/music/Unsuk-Chin-subito-con-forza/104326) maderas a 2, parejas de trompas y trompetas, timbales, piano, dos percusionistas más que se encargan de una panoplia instrumental variadísima: el primero se ocupa de vibráfono, crótalos, platillos, marimba, bombo, triángulo, caja, pandereta y gong, y el segundo de xilófono, marimba, campanas tubulares, látigo, güiro, 3 cajas, platillos, pandereta y bombo. A fe que no les falta tarea. La plantilla de cuerda tampoco es precisamente corta: se demandan 14/12/10/8/6 o, como mínimo, 10/8/6/5/3. Aunque desde mi localidad no pude precisar el número de violines y violas, a juzgar por el de chelos y contrabajos diría que la cosa estaba más cerca de ese mínimo.
Como señalé en la ocasión precitada del concierto de Gimeno, el homenaje beethoveniano de la partitura es evidente desde el contundente acorde inicial de la obertura Coriolano con que se inicia. La obra se mueve en curioso y entretenido juego de colores y timbres, buscando con cierta frecuencia esos contrastes explosivos tan caros al compositor de Bonn. Mäkelä, con su mando decidido, claro y la ya habitual fogosidad, condujo una interpretación intensa y rica en esos contrastes, recibida con aplausos más corteses que entusiastas.

La segunda obra del programa, pese a contener en el título (Idilio de Sigfrido) el nombre del gran héroe de la tetralogía de Wagner, es una partitura nada heroica y, en cambio, tiene buenas dosis de poesía y lirismo, pero también momentos de más efusión, como corresponde a lo que, en realidad, era el regalo de un Wagner enamorado a Cosima Liszt. Mäkelä pareció inclinarse hacia una lectura algo ligera de textura, muy dirigida al lado más dulce (que indudablemente hay) pero dejando un tanto atrás el contrasta con los ramalazos más efusivos (que también hay). El recorrido, traducido de forma impecable por la orquesta, de estupenda prestación, quedó para el firmante algo corto de la emoción, de esa que sin duda Wagner pretendió despertar en su esposa con tan bello presente.
La culminación de este primer programa llegaba de la mano de uno de los mejores maestros de la orquesta que haya dado la historia: Richard Strauss, con su extraordinario poema sinfónico Una vida de héroe, que el pasado año, por estas fechas, pudimos disfrutar dentro de la serie de Ibermúsica en una estupenda interpretación dirigida por Pablo González a la Dresdner Philharmonie. Se resalta a menudo como algo negativo el descomunal ego de Strauss en esta obra autobiográfica en la que él mismo se retrata como el héroe. Qué quieren que les diga: si uno viviera en aquellos años y escucha una obra maestra como esta creo que entrarian ganas de decir: Sr. Strauss, mírese el ombligo cuanto le plazca, y por favor, siga escribiendo obras como esta. Lo señaló el mencionado Pablo González en su parlamento introductorio para esta misma obra el pasado año: “una de las más apasionantes aventuras musicales jamás escritas”. Cuánta razón.
La inició Mäkelä con su habitual y extrovertida determinación, y la orquesta se preocupó bien pronto de lucir su excelencia. Rotunda la cuerda grave y los trompas en el épico inicio (El héroe, o sea, el mismo Strauss). Ácidas, intencionadamente incisivas las maderas en el sarcasmo de los adversarios del héroe (léase los críticos), y musical, aunque sin alcanzar la medida de la mejor precisión, el concertino Vesko Eschkenazy en los muy temibles pero encantadores solos que se le encomiendan como parte del retrato de Pauline, la mujer de Strauss, en la compañera del héroe. Hubo bonitos diálogos del propio Eschkenazy con el solista de oboe y más tarde con el clarinete, en este mismo episodio. Muy poderosos los metales en una rotunda traducción del siguiente número, el campo de batalla del héroe, y muy evocador el capítulo más pródigo en autocitas de Strauss (Till Eulenspiegel, Muerte y Transfiguración, Don Juan, Zaratustra, entre otras), las obras de paz del héroe. El número final, la retirada del mundo y la consumación del héroe, llegó igualmente traducido de manera espléndida por la orquesta, brillantísima en todas sus familias, con especial mención para las magníficas intervenciones de arpas, fagot y corno inglés (la española Miriam Pastor). La cuerda, siempre de sonoridad redonda, llena, ajuste generalmente impecable y con imponente presencia, brilló con especial fortuna en el tramo final, donde se le exige una largueza especial de expansión.
En cuanto a la visión de Mäkelä, la impresión que quedó al firmante fue la de una interpretación entusiasta, más afortunada en la faceta más brillante y exaltada, generalmente bien planificada, pero algo corta de sutileza en momentos que demandan más sugerencia y contrastada expresión, como el minuto final de la obra, que hubiera pedido, creo, sobre esos acordes “zaratustrianos”, un crescendo de gran impacto… y un diminuendo posterior de calado, al menos, similar. Ese final de esta apasionante aventura tuvo sin duda su magia, pero, con una formación tan estupenda como esta, pudo tal vez haberla alcanzado de mayor entidad si así se hubiera pedido desde el podio. Ni que decir tiene que el éxito, como cabía esperar, fue arrollador. No hubo, sin embargo, propinas. En todo caso, un excelente concierto de una orquesta formidable con un joven y muy talentoso director que sin duda está en alza y del que, obviamente, cabe esperar mucho progreso dado que no deja de encontrarse en el principio de su brillante carrera.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Rafa Martín/Ibermúsica)


